Las mujeres serranas y el adolescente español
Entre los muchos retratos y descripciones de la sociedad dominicana escritos por viajeros o residentes extranjeros en el siglo XIX, hay varios elaborados por testigos muy penetrantes que supieron captar rasgos distintivos de lo que hoy llamamos sociedad criolla.
Una de esas descripciones fue realizada por un oficial español que desembarcó con las primeras tropas enviadas desde Cuba para tomar posesión del territorio dominicano una vez que éste fue anexado a España en 1861.
Este oficial tenía apenas diecinueve años cuando llegó a Santo Domingo con el rango de subteniente de infantería, y apenas había sido ascendido a teniente "por mérito de guerra" cuando fue herido y hecho prisionero por el ejército restaurador en Santiago en septiembre de 1863.
Su nombre era Adriano López Morillo, persona muy observadora y muy consciente de la importancia que tenían tanto para la historia de España como para la dominicana los acontecimientos que se desarrollaban entonces en la isla de Santo Domingo.
Luego de apresado, López Morillo fue enviado a la aldea de Jánico junto con una veintena de compañeros y allí permaneció como prisionero de guerra hasta abril de 1865, cuando fue canjeado por un oficial del ejército restaurador poco antes de la salida de las derrotadas tropas españolas.
Al principio de su prisión en Jánico López Morillo y sus compañeros fueron engrillados, pero poco tiempo después fueron tratados como "presos de confianza" y allí tuvieron la oportunidad de moverse libremente, sin salir de la zona, durante casi dos años.
López Morillo, pues, tuvo la oportunidad de conocer directamente a los pobladores de aquel poblado que entonces tenía diecisiete bohíos, y pudo así aprender de las costumbres de aquella gente pobre pero trabajadora que cultivaba tabaco como cultivo comercial y mantenía a sus familias bien alimentadas con una variedad de víveres y viandas.
Con el tiempo López Morillo llegó a ser general de brigada del ejército español y, ya en su madurez, dedicó varios años a escribir sus recuerdos de la anexión y guerra de Santo Domingo, los cuales aparecieron en un manuscrito inédito en Gijón, España, que fue editado y publicado en tres volúmenes por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1983.
Para este autor resultaba algo digno de notar la variedad de colores de piel de la población dominicana y en varios pasajes de su obra se refiere repetidamente a este fenómeno. En uno de los primeros párrafos en que describe el panorama racial dominicano, López Morillo recuerda:
"La población dominicana resulta multicolora. Más de la mitad de sus habitantes eran negros retintos descendientes de congos, cafres, carabalís, lucumís y otros pueblos de África. Estos negros presentan en sus fisonomías las modificaciones que experimentó su raza en América al cabo de algunas generaciones.
"El resto de la población lo constituían bastantes mulatos, mestizos de negros e indias, y viceversa, mestizos de blanco e india, y blancos. En el Cibao se conservaba el tipo blanco más puro, y lo mismo en la Capital. En el ramal de montañas del Cibao, conocido por la sierra, habitan muchos blancos y mestizos de agradable presencia.
"Las mujeres de la sierra gozan de justa fama de bonitas y, efectivamente, son muy agraciadas, de hermosos y expresivos ojos y color ligeramente acarminado, carácter esencial que no vi en el resto del país".
Más adelante dice: "Durante los veintidós años que los haitianos dominaron la parte Este hicieron cuanto pudieron por concluir con la raza blanca favoreciendo los cruzamientos y contribuyendo a la confusión de colores y fisonomías que hoy se ven".
...
"Hemos visto en la época de la anexión de Santo Domingo bastantes blancas unidas a mulatos, muy pocas viviendo con negros, y contados blancos unidos o aplazados (en concubinato) con negras.
...
"Las uniones entre uno y otro sexo no tenían siempre lugar por medio del sacramento del matrimonio; lo general era el aplazamiento (el concubinato)... El amancebamiento era la forma ordinaria de unirse en Santo Domingo, sin que tal estado causara el menor escándalo porque así vivía la mayoría, y hasta la poligamia existía allí bajo forma distinta a la de los países musulmanes, pero existía, e indudablemente la tradición en las costumbres la ha perpetuado".
Para aquéllos que no estén familiarizados con el término, López Morillo utiliza una traducción literal de la expresión haitiana plaçage para referirse a una forma de concubinato.
Tal como dice este autor, los matrimonios formales eran pocos, no tanto por falta de religiosidad de la población, como por la escasez de clero y por la despoblación del país que mantenía a las pocas aldeas bastante alejadas entre sí. El costo de los matrimonios también desalentaba la celebración de este sacramento.
A continuación de otras noticias y descripciones sobre este mismo fenómeno, López Morillo sigue diciendo que "la inmensa mayoría no se casa, vive en concubinato, que allí, según indiqué, no produce ningún escándalo pues es cosa corriente que una joven abandone la casa paterna y vaya a unirse con el hombre a quien ama sin que se rompan los lazos de amistad ni las relaciones de familia, y en la mayoría de los casos celebran con bailes y cerveza la unión".
Estas fiestas eran llamada "guateques", palabra que ha caído en desuso de la misma manera que dejó de utilizarse comúnmente la palabra "fandango" que estuvo tan en boga a finales del siglo XVIII. López Morillo dedica varios párrafos a la descripción de los guateques:
"Todos los domingos y días de grandes fiestas las gentes bien acomodadas de los campos iban a las poblaciones para sus asuntos a pasar el día con sus amigos. Marchaban en pequeñas caravanas, alegres y engalanados con lo mejor de sus cofres, regresando por la tarde para armar su guateque".
...
"En el guateque no sólo se bailaba, sino que también acompañaban el baile con canciones y alusiones de inspiración de la tierra. Las libaciones entre los hombres eran continuadas, haciéndose gran uso de la cerveza, el romo o ron que ellos mismos fabrican, dando por resultado que surgieran disputas y salieran a relucir los machetes, causándose terribles heridas y aun la muerte.
"Lo tribunales no tomaban siempre cartas en el asunto para perseguir al homicida, el cual, con cambiar de residencia durante una temporada por temor a los deudos o parientes de la víctima, podía considerarse a salvo. El dominicano no es vengativo ni alevoso, olvida con facilidad y no guarda rencor."
En plenitud de su juventud López Morillo tuvo también ojos para fijarse en las mujeres cibaeñas y serranas, a las cuales dedicó también algunos párrafos, entre ellos los siguientes:
"La mujer allí, como en todos los campos de América, es aficionadísima a las ropas de matices deslumbrantes y abigarrados. A pesar del mal gusto con que se visten, no cabe duda de que están más en carácter en aquellas selvas, alegres y lozanas, los colores chillones que no los oscuros y serios.
"Era muy corriente ver a las graciosas campesinas muy peinadas, con flores en la cabeza, con un "túnico" muy planchado, arrastrando la cola y descalzas. Así se ataviaban la mayoría de las mujeres que vi en los campos, y no pocas amenizaban sus ocios chupando un "túbano" o fumando su "cachimba".
"Hay una mezcla tal de razas que es difícil o punto menos imposible descubrir el tipo predominante. Hemos visto en aquellas selvas mujeres muy agradables y hasta bonitas, sumamente excitantes y muy apasionadas.
...
"En el río Yaque en Santiago he visto a las lavanderas en completa desnudez u ostentando por todo ropaje un trapo que cubre a modo de hoja de parra el sitio en que los escultores ponen a sus Venus aquel velo púdico. También observé, próximas al paraje en que nos bañábamos algunos oficiales españoles, mujeres desnudas solazándose en el agua, y entre ellas dos o tres alemanas de nívea piel".
Su nombre era Adriano López Morillo, persona muy observadora y muy consciente de la importancia que tenían tanto para la historia de España como para la dominicana los acontecimientos que se desarrollaban entonces en la isla de Santo Domingo.
Luego de apresado, López Morillo fue enviado a la aldea de Jánico junto con una veintena de compañeros y allí permaneció como prisionero de guerra hasta abril de 1865, cuando fue canjeado por un oficial del ejército restaurador poco antes de la salida de las derrotadas tropas españolas.
Al principio de su prisión en Jánico López Morillo y sus compañeros fueron engrillados, pero poco tiempo después fueron tratados como "presos de confianza" y allí tuvieron la oportunidad de moverse libremente, sin salir de la zona, durante casi dos años.
López Morillo, pues, tuvo la oportunidad de conocer directamente a los pobladores de aquel poblado que entonces tenía diecisiete bohíos, y pudo así aprender de las costumbres de aquella gente pobre pero trabajadora que cultivaba tabaco como cultivo comercial y mantenía a sus familias bien alimentadas con una variedad de víveres y viandas.
Con el tiempo López Morillo llegó a ser general de brigada del ejército español y, ya en su madurez, dedicó varios años a escribir sus recuerdos de la anexión y guerra de Santo Domingo, los cuales aparecieron en un manuscrito inédito en Gijón, España, que fue editado y publicado en tres volúmenes por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1983.
Para este autor resultaba algo digno de notar la variedad de colores de piel de la población dominicana y en varios pasajes de su obra se refiere repetidamente a este fenómeno. En uno de los primeros párrafos en que describe el panorama racial dominicano, López Morillo recuerda:
"La población dominicana resulta multicolora. Más de la mitad de sus habitantes eran negros retintos descendientes de congos, cafres, carabalís, lucumís y otros pueblos de África. Estos negros presentan en sus fisonomías las modificaciones que experimentó su raza en América al cabo de algunas generaciones.
"El resto de la población lo constituían bastantes mulatos, mestizos de negros e indias, y viceversa, mestizos de blanco e india, y blancos. En el Cibao se conservaba el tipo blanco más puro, y lo mismo en la Capital. En el ramal de montañas del Cibao, conocido por la sierra, habitan muchos blancos y mestizos de agradable presencia.
"Las mujeres de la sierra gozan de justa fama de bonitas y, efectivamente, son muy agraciadas, de hermosos y expresivos ojos y color ligeramente acarminado, carácter esencial que no vi en el resto del país".
Más adelante dice: "Durante los veintidós años que los haitianos dominaron la parte Este hicieron cuanto pudieron por concluir con la raza blanca favoreciendo los cruzamientos y contribuyendo a la confusión de colores y fisonomías que hoy se ven".
...
"Hemos visto en la época de la anexión de Santo Domingo bastantes blancas unidas a mulatos, muy pocas viviendo con negros, y contados blancos unidos o aplazados (en concubinato) con negras.
...
"Las uniones entre uno y otro sexo no tenían siempre lugar por medio del sacramento del matrimonio; lo general era el aplazamiento (el concubinato)... El amancebamiento era la forma ordinaria de unirse en Santo Domingo, sin que tal estado causara el menor escándalo porque así vivía la mayoría, y hasta la poligamia existía allí bajo forma distinta a la de los países musulmanes, pero existía, e indudablemente la tradición en las costumbres la ha perpetuado".
Para aquéllos que no estén familiarizados con el término, López Morillo utiliza una traducción literal de la expresión haitiana plaçage para referirse a una forma de concubinato.
Tal como dice este autor, los matrimonios formales eran pocos, no tanto por falta de religiosidad de la población, como por la escasez de clero y por la despoblación del país que mantenía a las pocas aldeas bastante alejadas entre sí. El costo de los matrimonios también desalentaba la celebración de este sacramento.
A continuación de otras noticias y descripciones sobre este mismo fenómeno, López Morillo sigue diciendo que "la inmensa mayoría no se casa, vive en concubinato, que allí, según indiqué, no produce ningún escándalo pues es cosa corriente que una joven abandone la casa paterna y vaya a unirse con el hombre a quien ama sin que se rompan los lazos de amistad ni las relaciones de familia, y en la mayoría de los casos celebran con bailes y cerveza la unión".
Estas fiestas eran llamada "guateques", palabra que ha caído en desuso de la misma manera que dejó de utilizarse comúnmente la palabra "fandango" que estuvo tan en boga a finales del siglo XVIII. López Morillo dedica varios párrafos a la descripción de los guateques:
"Todos los domingos y días de grandes fiestas las gentes bien acomodadas de los campos iban a las poblaciones para sus asuntos a pasar el día con sus amigos. Marchaban en pequeñas caravanas, alegres y engalanados con lo mejor de sus cofres, regresando por la tarde para armar su guateque".
...
"En el guateque no sólo se bailaba, sino que también acompañaban el baile con canciones y alusiones de inspiración de la tierra. Las libaciones entre los hombres eran continuadas, haciéndose gran uso de la cerveza, el romo o ron que ellos mismos fabrican, dando por resultado que surgieran disputas y salieran a relucir los machetes, causándose terribles heridas y aun la muerte.
"Lo tribunales no tomaban siempre cartas en el asunto para perseguir al homicida, el cual, con cambiar de residencia durante una temporada por temor a los deudos o parientes de la víctima, podía considerarse a salvo. El dominicano no es vengativo ni alevoso, olvida con facilidad y no guarda rencor."
En plenitud de su juventud López Morillo tuvo también ojos para fijarse en las mujeres cibaeñas y serranas, a las cuales dedicó también algunos párrafos, entre ellos los siguientes:
"La mujer allí, como en todos los campos de América, es aficionadísima a las ropas de matices deslumbrantes y abigarrados. A pesar del mal gusto con que se visten, no cabe duda de que están más en carácter en aquellas selvas, alegres y lozanas, los colores chillones que no los oscuros y serios.
"Era muy corriente ver a las graciosas campesinas muy peinadas, con flores en la cabeza, con un "túnico" muy planchado, arrastrando la cola y descalzas. Así se ataviaban la mayoría de las mujeres que vi en los campos, y no pocas amenizaban sus ocios chupando un "túbano" o fumando su "cachimba".
"Hay una mezcla tal de razas que es difícil o punto menos imposible descubrir el tipo predominante. Hemos visto en aquellas selvas mujeres muy agradables y hasta bonitas, sumamente excitantes y muy apasionadas.
...
"En el río Yaque en Santiago he visto a las lavanderas en completa desnudez u ostentando por todo ropaje un trapo que cubre a modo de hoja de parra el sitio en que los escultores ponen a sus Venus aquel velo púdico. También observé, próximas al paraje en que nos bañábamos algunos oficiales españoles, mujeres desnudas solazándose en el agua, y entre ellas dos o tres alemanas de nívea piel".
"Las mujeres de la sierra gozan de justa fama
de bonitas y, efectivamente, son muy agraciadas,
de hermosos y expresivos ojos
y color ligeramente acarminado,
carácter esencial que no vi en el resto del país".
de bonitas y, efectivamente, son muy agraciadas,
de hermosos y expresivos ojos
y color ligeramente acarminado,
carácter esencial que no vi en el resto del país".
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