Lecturas a decir Cosas por Anibal de Castro

El sentido común es la mercancía mejor distribuida en el mundo, visto que cada hombre está convencido de que lo tiene en abundancia. Lo dijo René Descartes hace no menos de cuatro siglos, y sobran evidencias de que continúa inalterable ese eficiente sistema de mercadeo a que aludía con sorna el gran filósofo francés.

Es a otro francés, no filósofo sino cineasta, a quien tal vez un déficit de lógica cartesiana lo ha arrastrado a una celda en Zurich, Suiza, por un delito que cometió hace 31 años, igual lapso que la dictadura de Trujillo tan fácilmente olvidada. A la espera de una decisión judicial que podría reenviarlo a los Estados Unidos para responder por un extravío sexual, el gran Román Polanski, cuyo genio trasunta en cada uno de sus filmes, se preguntará por qué a sus 77 años aún la Justicia norteamericana no lo ha perdonado. O qué hizo mal para que Suiza, en cuya hedonística Gstaad posee una casa que visitaba con frecuencia, de súbito recuerde las cuentas sin saldo que dejó en Los Ángeles, California, donde tuvo sexo con aquella niña de 13 años a la que previamente había drogado, atiborrado y literalmente cubierto de champán, y de donde huyó el día antes de que lo sentenciaran. Material de espanto para el Hollywood de celuloide.

El talento sin probidad es un azote, repetimos sin mucha convicción por nuestras tierras subdesarrolladas mientras volteamos las narices hacia otro costado para proteger el olfato. Inaceptable, cierto, pero mucho más en el Continente cuna de la civilización. Mal centrado, el debate inquiere por qué 30 años y un talento cinematográfico probado una y otra vez han sido insuficientes para que los vaqueros del oeste norteamericano, donde Polanski ha sido galardonado in absentia, se olviden de un fugitivo cuando hay tantos otros, con crímenes más horrendos pendientes, a mansalva.

Por qué durante tres décadas Francia protegió a un ciudadano con cargos judiciales tan pesados a cuesta debería ser el tema obligado en el país de las luces, del Derecho, madre nutricia de Temis, a la que describen vendada para no distinguir la condición del acusado. ¿O tal vez para no diferenciar entre acusado y acusadores o evitar que sus ojos se cubran de injusticias?

Polanski es judío, nacido en Francia desde donde pasó a Polonia. Su familia fue aniquilada en Auschwitz y a duras penas escapó del gueto en Cracovia, en su niñez. En 1968, una banda adscrita a un culto satánico asesinó brutalmente a su esposa, la actriz Sharon Tate en una orgía de sangre a tono con una película de horror. Y sí, tanta tragedia merecería conmiseración, solidaridad y pena, sentimientos que en modo alguno deberían tranmutar en absolución. Otra tragedia sería, de consecuencias más severas por alcanzar categoría social, que el pathos se sobrepusiera al régimen de la ley.

Las explicaciones abundan. Que en Francia miran con ojos benignos las desviaciones de sus iluminados; que la inteligencia es allí un bien tan admirado que deviene en indulgencias plenarias cuando el superdotado se desvía. Vertebra el argumento el caso de otro famoso, el escritor Jean Genet, carne de presidio en múltiples oportunidades por su conducta lasciva, proclividad a la violencia, prostitución y robo.

Y sin embargo, entre el delito y la cárcel, aquel hombre cuya madre, una prostituta, lo dio en adopción antes de que caminara, se convirtió en uno de los más grandes escritores franceses del siglo pasado. No obstante la magnitud de sus múltiples delitos, de su vida desordenada y poco edificante --no porque fuera homosexual, que era su derecho por decisión o naturaleza--, Jean Paul Sartre, Pablo Picasso y Jean Cocteau fueron sus defensores.

Un artículo periodístico en la prensa londinense recuerda lo que Cocteau argumentó para lograr que el Presidente francés finalmente concediera un perdón irrevocable al truhán y literato: Genet robaba para nutrir su alma y su cuerpo. Vaya sofisma.

Los filmes de Roman Polanski combinan la belleza de una cinematografía sublime con guiones de excelencia literaria, actuaciones impecables y un cortejo abierto de la tragedia como circunstancia inevitable. Tramas complejas que nos obligan a pensar, nos llenan de dudas e inquietudes que no se resuelven a la ligera. En unos, la redención es posible. Como en El pianista. En otros, un karma. Como en Tess, con una Nastassja Kinski de labios en invitación constante a que los exploren, esplendorosa, tal vez más que como imaginó Thomas Hardy a la protagonista de su novela, perfeccionada por Polanski en el cine.

Es tal vez en una de sus obras menos celebradas y que por tema (la tortura durante las dictaduras militares) y autor literario (el chileno Ariel Dorfman) nos toca a los latinoamericanos más de cerca, La muerte y la doncella, donde podrían encontrarse trazos que se confunden con la tragedia de Polanski, su karma, con la angustia de sus días presentes tras las rejas en una prisión suiza.

Por puro azar, víctima y victimario concurren en el escenario de una casa campestre en un confín sudamericano. Allí, con un solo testigo que a la vez es árbitro, se desdobla el conflicto en toda su extensión, que no es otro sino el viejo tema de la verdad y la justicia, del arrepentimiento y el castigo. Nunca queda claro si Paulina perdona al Dr. Miranda, el hombre que la violó y torturó y que esconde su vesania detrás de un carácter aparentemente apacible, de modales refinados y gustos cultivados. Pero al menos el victimario se vio forzado a confrontar a su víctima, a admitir el crimen y rogar perdón.

Samantha Gailey sí que ha perdonado a Polanski públicamente e incluso pedido que el caso sea archivado. Paradójicamente, la hoy madre de tres niños, casada y con deseo patente de consignar al pasado para siempre el drama que ha arropado su vida, afirma que los medios le han hecho más daño que Polanski. Con su perdón, facilitado con algún desembolso de monto ignorado, busca zafarse de la atención mediática que la ha perseguido como una obsesión y robado el descanso que le correspondería de ser, simplemente, otra ama de casa más en Háwai, con un esposo y familia a quienes prepararles la cena cada atardecer. Que el victimario sea famoso ha potenciado la aflicción de la víctima: ¿razón suficiente para que el castigo sea mayor?

El tiempo no borra el delito, aunque muchas veces sí el dolor de la víctima. El olvido, cuando es individual, remite a la tranquilidad de espíritu, a la paz interna, al encuentro sereno con uno mismo. El perdón sigue a la catarsis y deviene en panacea, punto final a las circunstancias trágicas que desestabilizaron el reservorio de emociones. La víctima finalmente se ha impuesto con hidalguía al victimario.

No puede ese olvido, sin embargo, alcanzar categoría colectiva so pena de que los cimientos de la sociedad se tambaleen al resquebrajarse sus instituciones y los principios que las sustentan. Con propiedad lo expone un editorialista británico: "El olvido es una cuestión privada, personal. Como lo es la curación después de un asalto sexual. Pero el sistema de la justicia criminal no trafica con curaciones u olvidos. Tiene un propósito, que es asegurar que aquellos que violan la ley, sin importar quiénes, sean responsabilizados y afronten las consecuencias que determine la corte".

Celebremos el genio de Polanski y deleitémonos con sus filmes de acción trepidante, de estética deslumbrante y creatividad sorprendente. Y celebremos también que la Justicia norteamericana entienda que la capacidad para brindar placer estético nunca podrá ser patente de corso para delinquir.