Mañana es mañana y viceversa
La democracia dominicana no comenzó a construirse hace cincuenta y cinco años, como corrientemente se afirma. A la defenestración de la dictadura, vendrían años de incertidumbre, establecimiento formal de agrupamientos partidarios, rebatiñas políticas y personales que arrastraban desde el exilio algunos de los líderes que se habían visto obligados a tomar el camino del destierro, asonadas, gobiernos efímeros, destrujillizaciones vacilantes, jefaturas de facto y una guerra civil. Un breve interludio de siete meses en el que se colocaron las astas para elevar la bandera de la democracia, pero la enseña no llegó a ondear pues, tras las sombras, estaban ocultas las cizañas y las ambiciones que pusieron fin a aquel corto intento de dar un nuevo orden a la realidad dominicana.
A las primeras elecciones auténticamente libres de diciembre de 1962 le sucedió otra, cuatro años después, encauzada en medio de dudas, inseguridades y temores. La guerra fría que sufría el mundo tuvo su epítome entre nosotros, con versiones y subversiones que no encaminaron a satisfacción la democracia pregonada. De todos modos, tomémosle como punto de partida, aunque a regañadientes. Para mí, la democracia dominicana comienza a nacer con propiedad a partir de 1978 con el ascenso al poder de don Antonio Guzmán y luego con la elección de Salvador Jorge Blanco. El primero tiene un final trágico y el segundo deja las bases para una secuela dramática. El Joaquín Balaguer de esta insólita nueva era gubernativa es diferente al de los doce años, aunque el formato manipulador renace y la democracia vuelve a resentirse.
A partir de 1996, comienza una nueva etapa de nuestra saltarina y reticente vida democrática –después de tantas dificultades para asentarse- que ha seguido sin mayores inconvenientes hasta nuestros días. Cada gobernante adopta su estilo. Cada colectivo político establece sus estrategias. Cada ciudadano manifiesta sus quejas o pregona los logros de sus ideales y proyectos. Y en el centro, con altas y bajas, una prensa libre acoge todas las propuestas, se expande la opinión pública bajo distintos formatos mediáticos, las entidades de la sociedad civil cobran mayor fortaleza, sectores minoritarios adquieren incidencia social y política, y cada cual engarza aspiraciones constitucionalmente establecidas dentro de un número variopinto de agrupamientos partidarios. El país crece, la nación se desarrolla, la economía se estabiliza y, a pesar de amagos insolventes, presiones indebidas, discrepancias latentes y virulentas formas de enfocar el presente y el futuro, la República se sitúa en un espacio privilegiado frente a casi todos los países de la región y a no pocos situados más allá. Negarlo, no importa en el ángulo donde nos coloquemos, es una de esas incongruentes maneras con que algunos ejercen el derecho a la opinión.
En el ínterin, los líderes mayores de aquél proceso fueron desapareciendo uno tras otro. Nuevas cabezas dirigentes surgieron, en algunos casos al amparo de aquellos genios tutelares, y otros se han ido abriendo espacio por cuenta propia en este nuevo periodo de nuestro desarrollo democrático. Conforme las tácticas y las estrategias, las militancias, los discursos, las experiencias y las proyecciones, cada uno de los nuevos líderes realizan aportes irrebatibles al fortalecimiento de esa democracia que siempre tiene retos que vencer y que se construye día a día, en medio de tropiezos, vaivenes y metas aún por cumplir.
Hemos parido una democracia que ha costado esfuerzos inauditos. Pero está ahí. Con más luces que sombras. Frank Moya Pons lo ha explicado convincentemente. Tenemos un país mejor que hace cincuenta y cinco años. La República Dominicana no es siquiera la de los ochentas, mucho menos la de los sesentas o setentas. El crecimiento es imparable y el desarrollo que exhibimos era inimaginable hace apenas poco más de cinco o seis lustros. Los retos, empero, siguen siendo muchos. Resulta innecesario enumerarlos porque todos, gobernantes y gobernados, los conocemos. Pero, el país está llamado a enfrentarlos en los próximos años. Toda democracia tiene sus momentos de debilidad. Está reciente aún el suceso que conmocionó el orbe con Estados Unidos pasando por una dura etapa financiera que amenazó con el colapso de muchas de sus fortalezas. Europa aún enfrenta desafíos de difícil solución. España, que siempre es para nosotros un referente obligado, ha visto nacer una nueva clase política que ha enfrentado con dureza el bipartidismo reinante hasta hace pocos meses. En Brasil se ha virado la tortilla y el impeachment contra Dilma Rouseff perfila un futuro nada predecible.
El nuestro pues, sigue siendo un mejor país. Solemos denostarlo cuando nuestros apremios no encuentran solución. Ha sido habitual, incluso, negarlo cuando por bien o por mal nos toca buscar refugio fuera de nuestras fronteras. Es corriente que lo ninguniemo cuando el Guacanagarix nos sale por los poros y hierve la sangre a causa de una herida, de una insatisfacción, de una afrenta. Resulta imperioso volver las caras hacia las hojas verdes de febrero, como cantaba el poeta Lamouth, para seguir construyendo una mejor nación. Aquí nos trajo la cigüeña y aquí nos llevará la parca. Este es nuestro espacio, nuestra geografía, nuestro mundo. Aquí hemos crecido y envejeceremos. Aquí crecen nuestros hijos y comienzan su andadura inocente nuestros nietos. Aquí nos quedamos. Aquí pues, es donde debemos seguir construyendo la nación que queremos, sin los absurdos de la negación del progreso, sin los aspavientos que la cotidianidad nos hace emitir, sin las apetencias desmesuradas que originan desvergüenzas, sin los agobios que producen los que siembran el caos, sin las cizañeras urdimbres de la división intrapartidaria y los desacuerdos dolorosos que afectan viejas fraternidades a causa del abandono de la fe nacionalista.
Antes, en todo el mundo, hablábamos del mañana –del futuro- con la seguridad de que nos deparaba un tiempo mejor. Ese futuro llegó en una forma diferente a como la soñamos desde los ideales o desde las utopías. Hace rato que está instalado entre nosotros y cada día nos fatiga con sus ramalazos. Ahora, el mañana –el futuro- está lleno de dudas, de preguntas sin respuestas, de certezas no bien clarificadas. Por momentos, parece incluso lúgubre. Empero, el país dominicano tiene perspectivas nada sombrías, salvo que seamos pesimistas irremediables. Estamos llamados, entre todos, a construir una nación cada vez mejor. El mañana está abierto al mañana mejor al que aspiramos. En la economía, en la seguridad ciudadana, en el bienestar social, en el desarrollo cultural, en la formación educativa, en el progreso político. El país está obligado a ser mejor. Yo vislumbro, en los próximos cuatro años, un país decidido a seguir consolidando su democracia y una nación donde en medio de las diferencias de cualquier tipo, sus líderes se unan y se comprometan a trabajar en acciones comunes que sus respectivos liderazgos deben contribuir a encaminar. El dramaturgo belga Maurice Maeterlinck escribió: “Piensa y di en este momento cosas que te parezcan demasiado bellas para ser verdaderas en ti; serán verdaderas mañana si hoy has conseguido pensarlas y decirlas”.
Mañana vamos a seguir construyendo el mañana que hace tiempo comenzamos a levantar. Mañana vamos a seguir viendo el mañana como una posibilidad abierta de redención y de progreso. Mañana vamos a ejercer el derecho que nos permite seguir vigorizando el mañana que merecemos. Todos, sin excepción. Mañana es mañana, y viceversa.
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