Memorias de un Olvidado

Ahora que se conmemora el cincuentenario del ajusticiamiento del tirano, conviene desempolvar de los baúles del olvido nacional a una figura cojonuda y discreta, cuyas notas de esos eventos testimoniando su actuación me fueran enviadas hace unos años por una de sus hijas, vía correo electrónico. Extraviadas entre los vericuetos de los archivos de mis computadoras personales aparecieron esta semana en una Toshiba que me fuera robada. Agrimensor y abogado, Ángel Severo Cabral nació en 1910 en San José de Ocoa. Funcionario de la Casa Vicini, compartió allí labores con el entrañable Manuel de Ovín Filpo, un ingeniero agrónomo español avecindado en el país a mediados de los 50, amigo de Juan Tomás Díaz y quien prepararía los cartuchos mortales de la escopeta recortada que usó Antonio de la Maza la noche del tiranicidio. Los ingenios de la familia Vicini, junto al Central Romana, eran las únicas unidades azucareras que la voracidad de Trujillo no había engullido. En la mira insaciable del dictador -así testificó al autor Elizardo Dickson- estaba la compra compulsiva de los mismos.

En la empresa laboraba también Viriato A. Fiallo Cabral, un médico condenado al ostracismo interno, quien encabezaría el vigoroso aldabonazo que fuera Unión Cívica Nacional, vital en la ola democratizadora de la transición post trujillista. Y obvio, Juan Bautista Vicini Cabral, Gianni, uno de los directores de la Casa. Discreto como una sombra que se pierde en las paredes, el jovial Gianni fue uno de los hombres de negocios sondeados por el embajador Joseph Farland, al igual que a su primo Donald Reid Cabral, Andrés Freites, gerente de la Esso, Manuel Tavarez Espaillat, y médicos como Jordi Brossa y Luis Manuel Baquero. Con la asesoría del nicaragüense Pancho Aguirre -establecido en Washington con conexiones en los círculos de poder norteamericano-, Gianni, Donald, Freites y otros, harían lobby para influir en los planes de la administración Kennedy.

Vinculado a Pedro Livio Cedeño -quien frecuentaba su oficina de la Casa Vicini-, a Juan Tomás Díaz, cuya finca y casa visitaba, a Antonio de la Maza y a otros conspiradores del 30 de mayo, Severo se convirtió en pieza clave del complot magnicida. Reservado, sereno y sistemático, era figura de convergencia, relacionado con el viejo frente interno que desde mediados de los 40 encabezaban los hermanos Antinoe y Viriato Fiallo Cabral, contraparte local de los planes expedicionarios fraguados desde el exilio por Juancito Rodríguez y sus asociados (Cayo Confites y Luperón). Conectado a los hombres de acción y al grupo político del 30 de mayo, Bernard Diederich consigna la idea que el jefe de estación de la CIA tenía de Severo: "Cabral would impress my bosses with the caliber of men we are now dealing with". Así devino enlace para agenciar armas vía Lorenzo Berry Wimpy y guardarlas con Thomas Stocker, un ex oficial naval radicado desde 1942 en las cercanías del puerto para vigilar las operaciones navales del Eje.

Verificada la muerte de Trujillo, debía tomar una estación para radiodifundir la proclama. Tras la eclosión libertaria fue dirigente de UCN, de línea dura en los planes de destrujillización. Cobardemente asesinado en 1965, cuando intentaba mudanza de sus enseres desde la Padre Billini, episodio que presencié. Transcribo sus Notas que saldrán por entregas.

"Cuando tuvimos noticias de los desembarcos de patriotas, primero en Constanza y después en Maimón y Estero Hondo, renació la esperanza en el pecho de los dominicanos que habíamos sufrido los horrores de una larga represión. Allí estaba en tierra dominicana lo más granado de nuestra juventud en el exilio. Allí estaba decidida a ofrendar su vida generosa y valientemente por el hermoso ideal largamente acariciado de la libertad. Pero no duró mucho esa esperanza. Los exiliados no habían coordinado sus planes con la resistencia en el país y fueron abandonados por Fidel Castro, faltando a sus compromisos. Sin ayuda ni del interior ni del exterior, en un medio inhóspito, sin alimentos, rodeados por campesinos sumisos, por la prédica y el terror, los expedicionarios fueron diezmados, apresados en su mayor parte, torturados y muertos.

Una gran angustia se apoderó de muchos dominicanos, proveniente de su impotencia frente al drama que se venía desarrollando en la montaña. Esa angustia y esa impotencia encendieron en el alma el propósito firme de luchar hasta resolver el drama nacional. La juventud comenzó a organizarse y otra vez se volvieron a vivir momentos de angustia. El aparato de terror de la tiranía cebó en ellos sus instintos criminales. En las casas de torturas denominadas "La 40" y en la de "El 9", ubicada en ese kilómetro de la carretera Mella, fueron torturados inmisericordemente jóvenes procedentes de las más conocidas familias de la capital, de distintos puntos del país y de toda extracción social. La mayoría de ellos no tenía más culpa que la de haber aceptado ser afiliado a un movimiento organizado en células, cuyos fines todavía no les eran bien conocidos. Algunos murieron mientras eran torturados y otros fueron asesinados.

El Servicio de Inteligencia Militar (SIM), era la organización encargada de estos macabros menesteres. Ya hacía tiempo que esta organización había alcanzado siniestra notoriedad. Cada vez que una persona desaparecía o era apresada sin que se volviera a saber de ella, todo el mundo sabía que había actuado el SIM. En el año en que estas cosas sucedían, 1959, y en los siguientes, nadie se sentía seguro; los atropellos y la muerte acechaban por todas partes. En los sitios más insospechados había un "informador". La mayoría de los dominicanos se eximía de salir de sus casas en las horas libres. La necesidad de la muerte de Trujillo surgió como surge en una comunidad cualquiera la necesidad de matar una alimaña que se convierte en un peligro para todos sus miembros. Es posible que se pudieran contar por millones las personas que buscaban mentalmente la fórmula, o trataban de idear los medios, que pudieran librar a la república del tirano.

Ya se podría vislumbrar el fin cercano del régimen y había que estar prevenido para esa eventualidad. Habría que tomar medidas de distinto orden, pensar en las reformas que era necesario establecer en el país y en la constitución de los partidos políticos que garantizaran un proceso democrático. Invité al Licenciado José Francisco Tapia a un análisis de la situación y a tomar algunos acuerdos con el fin de ir materializando estos propósitos. Visité diversas provincias del sur con el fin de iniciar la formación de núcleos que fueran allegando los elementos más honestos de las diversas regiones del país, de modo que reunidos en un mismo partido político pudieran influir saludablemente, a la caída de la tiranía, en los destinos de la república. Escribí, con Tapia, los fines de la organización, con anotaciones para un plan de gobierno. Celebramos, en mi casa, una primera reunión con representantes de San Juan, Azua, San Pedro de Macorís, la capital y San Francisco de Macorís. Allí fueron aprobadas las bases de la organización así como su designación de Acción Democrática Dominicana.

Más tarde el Lic. Tapia hizo contacto con una organización que estaba surgiendo en Santiago, con fines semejantes a la nuestra, y resolvimos unificarlas. En una próxima reunión figuró también como asistente el Dr. Federico Carlos Álvarez y en ella resolvimos llamar a la agrupación resultante Frente Cívico de Unidad Nacional, que ya tenía la pretensión de reunir en una sola organización todos los movimientos que pudieran existir, con fines parecidos. Para esa época estuvieron en contacto conmigo algunos jóvenes deseosos de organizar un complot. Había que obtener armas y reunir elementos de probado valor, discreción y confianza. Era una labor difícil entonces. Una indiscreción podía costar la vida.

Asistí a unas cuantas tertulias donde se hablaba con confianza de la situación política del país y estudiaba las gentes. Así establecí contacto con Pedro Livio Cedeño, quien se agregó al golpe que tramábamos. El contaba con otra persona de las condiciones requeridas y, pasado algún tiempo, se enteró de otro complot que se preparaba alrededor de Juan Tomás Díaz. Ya habíamos hablado de la conveniencia de que contáramos con este General como elemento de gran ascendiente entre las fuerzas armadas. Pedro Livio había sido militar y era amigo de Juan Tomás Díaz. Este tomó referencias con distintos amigos y relacionados que me conocían y me mandó a llamar. Hablamos. Me explicó sus planes y discutimos posibilidades y finalmente me encomendó hacer las conexiones necesarias para obtener armas del exterior. La señora Flérida de Berry fue la intermediaria. Se pensó originalmente traer esas armas por avión. Había que tener un sitio en el país donde se pudieran dejar caer, y preparar un número de hombres que, primero, hiciera las señales convenidas y, luego de tenerlas, las transportara.

Durante unos dos meses se estuvieron buscando sitios apropiados pero, sobre todo, la gente que estuviera dispuesta a realizar esta arriesgada labor. De ello se encargaron, en el Cibao, el Dr. Carlos Federico Álvarez y el Lic. José Francisco Tapia; en el sur, el Dr. Roberto Arias y el señor Federico Perdomo. Los sitios cuidadosamente marcados en los mapas fueron sobrevolados y considerados inadecuados y entonces se convino en el transporte por mar. Acompañado de José María Cabral Vega encontramos el sitio inobjetable para que atracara un bote en una noche oscura, que pudiera ser bajado desde un barco. Hubo viajes y consultas y cuando, finalmente, parecía que las gestiones habían fracasado, me ofrecieron tres rifles M-1, con 750 tiros. Esto no hubiera servido para los diversos planes propuestos antes para llevar a cabo el atentado, pero últimamente habían surgido nuevas posibilidades que sólo exigían un número limitado de armas."