MUDANZAS

Mudarse de una casa a otra, aunque sea en el mismo pueblo, deja marcas en el alma, y más cuando una se muda de un país a otro muy distinto. La mudanza deja heridas difíciles de cicatrizar. Me contaba una amiga que se muda de Denver a Miami, a causa de un mejor empleo, que su hijo de tres años se niega al cambio. Argumenta que no quiere dejar su habitación, el patio en el que juega y tiene su columpio, sus compañeritos de la escuela, y supongo que algunos juguetes que irán a parar a la basura o a alguna tienda de cosas usadas. Le dije a mi amigo César Mella, prestigioso psicólogo nuestro, que escribiera sobre el tema. Él conoce a fondo el alma humana y sabe los problemas que causa dejar un lugar donde se ha vivido por mucho tiempo para tratar de afincarse en otro.

Para mí una mudanza, por cerca que sea y aún a un lugar mejor, significa dejar atrás parte de mi vida. En los años 80 me mudé del barrio don Bosco a Gazcue y aunque estaba a pocos pasos de uno y otro, y me iba a un apartamento propio, el sólo hecho de dejar atrás a los vecinos, de empacar y desempacar, de no saber en qué caja estaban muchas cosas (y mira que las tenía marcadas) me ponía los nervios de punta. Tanto así que, en los casi veinticinco años que viví en ese querido apartamento frente al mar, me quedó una caja sin abrir y así, en su vieja caja, traje la vajilla para Denver. Aquí también duró un tiempo sin abrir, hasta que nos mudamos a otra casa.

Y eso pasa con la gente que viene a NY creyendo que encontrará la solución a sus males. Mary-Ely Grateraux escribió "Voces de la Inmigración", un libro muy interesante, basado en entrevistas que hizo a niños y niñas que fueron traídos por sus padres a vivir en La Gran Manzana. En él se encuentran revelaciones desgarradoras de hijos que, después de algunos años, ven que lo que fue su familia, su padre, su madre y sus hermanos, ya no son los mismos. Una de esas niñas dice que vive con una tía y que su madre vive en otro Estado con un hombre que no es su padre. Otra dice que su padre y un hermano están presos y su madre tiene tres trabajos y no tiene tiempo para ella, que no le gusta su escuela, que sus compañeros se ríen de ella porque no sabe inglés, y así, hasta un sinfín de situaciones que crean traumas para toda la vida.

Ahí tenemos la novela de Junot Díaz, que es la vida de una madre y de un par de hijos con todos los inconvenientes y los sinsabores que les generó una cotidianidad plagada de soledad, de cultura muy distinta y que terminó en tragedia. Ángela Hernández escribió "Mudanza de los Sentidos", basada en una niña que, de un campo de Constanza, va a vivir en la Capital, y en ella se ven claramente, además de las dificultades, los cambios que se producen en la familia. Si no haces lo que te dice el grupo que te rodea, eres un nerdo. Quizás por eso los emigrantes viven pegado unos a otros. Como quiera que lo vea una mudanza genera un cambio de vida y hasta mudarse del campo a la ciudad crea un trauma. Se emigra buscando mejor vida. ¿Y...?  Denver, Colorado


En los casi veinticinco años que viví en ese

querido apartamento

frente al mar, me quedó

una caja sin abrir y así,

en su vieja caja, traje la

vajilla para Denver.