“Nadie me verá llorar”

Es el título de una novela escrita por Cristina Rivera Garza que leí hace muchos años, pero cuando me gusta un libro lo vuelvo a leer y éste me cautivó. La portada está ilustrada por una pintura de Frida Kahlo, en la que una mujer se lanza desde lo alto de una torre. Es el suicidio de Dorothy Hale, en 1936. (Tenga cuidado, cuando lo lea no trate de suicidarse aunque crea que tiene motivos suficientes. Mejor déle un palo en la cabeza a quien le dé motivos, pero tampoco lo mate). Al leerlo por segunda vez no pude apartarme de sus páginas como lo hice al principio. Con él me ha quedado para siempre un sabor dulce y amargo porque la sensación que despierta el personaje Joaquín Buitrago, fotógrafo de putas y retratista de locos en un manicomio, conoce al personaje principal: Matilda Burgos.

“¿Cómo se convierte uno en fotógrafo de locos?”, le pregunta Matilda.

“Mi primera mujer no pude conservarla, aunque lo deseé con toda mi alma. La confianza en mi mujer era del tamaño exacto de la soledad de un hombre. Lo peor que le puede pasar a un hombre no es recordar la historia, sino tener la conciencia de contarla...”, le contesta, Joaquín.

Ella es loca de remate, con la lucidez que solo tienen las mujeres que escapan del horror de la cotidianidad y de las reglas establecidas. “Nadie me verá llorar”– responde y continúa: “La vainilla es una orquídea, ¿lo sabías? Su voz es de mujer. Solo olerá de lejos y se puede distinguir si es cimarrona, mestiza o de tarro. La vainilla, aunque se alimenta de su raíz, necesita como las mujeres, de un árbol para enredarse y no morir. Pero una vez separada del árbol la vainilla también se vuelve amarga. ¿Sabías eso, Joaquín? ¿A qué me sabe Santiago? Sabe a lo que sabe la muerte cuando tienes la vainilla amarga dentro de la boca. Sabe a golpe. Sabe a encontrarla y dejarla ir, sabe a la vida cuando se acaba, sabe a ti y a mí. Sabe a ganas de morirse, a filo, a clavo, a fuete, a algo con que te golpean. Sabe a la lengua cuando la tienes inmóvil entre los dientes. Cuando olvidé su rostro, me bastó el nombre para suavizar las aristas de la vejez.”

“Cualquiera puede hacer el amor, Joaquín. Bastan dos palabras, algunos billetes, promesas, mentiras. Las que pueden dormir al lado de un hombre despierto, ésas son las difíciles de encontrar cariño... ¿Todavía quieres saber cómo se convierte una en loca, Joaquín?”

Ya ustedes ven cómo en estos diálogos sueltos, unas cuantas reflexiones desperdigadas hace conocer lo que piensa y lo que siente la loca Matilda y el morfinómano Joaquín. Es posible que pasando por bisabuelas, abuelas, madres y nosotras mismas tengamos algo de Matilda y la vainilla se nos vuelva amarga. Es una novela que nos lleva a pensar, a meditar y a reflexionar. Quizás la encuentres en Librería Cuesta. Esta novela es parte de mis Saudades.

Moca