Otro más muerde el polvo

Septiembre de 1993 en la Gran Manzana, la noticia alcanzó la primera página del New York Times, presentada en forma amena, sentimental y reveladora de características culturales particulares. Manny Ramírez había llegado a las Grandes Ligas tan sólo dos años después de que los Indios del Cleveland lo escogieran en la primera ronda. Su primera reacción, una llamada telefónica a la inmigrante pobre en el Washington Heights de sudores y fríos, frustraciones y sueños devenidos pesadillas, a la mujer que lo había traído al mundo en Villa Duarte, a orillas de un Ozama que corre desde antes que lo surcaran bajeles y bergantines españoles y sus orillas se poblaran de miseria.

"¡Mami, mami, me subieron a las Mayores!", así, en español, se leía en la nota en inglés impecable, adelanto visionario de una carrera deportiva memorable, devorada por mí con orgullo y fruición en aquel Nueva York feliz que estrenaba colores de otoño. El rigor en el estilo del periodismo deportivo de los grandes diarios del mundo no cesa aún de entusiasmarme, y es que la cobertura de ese mundo de músculos, triunfos, hitos y desgracias ocupa a las mentes más privilegiadas de una profesión tan controvertida. "¡Mami, mami, me subieron a las Mayores!", graduación definitiva en el deporte por excelencia en la República Dominicana de la niñez; un peldaño más hacia la fama, la fortuna, la adoración de los fanáticos, el reconocimiento público, pero también hacia un universo de fantasía y oropeles que, como Saturno, devora a sus propios hijos.

Veinte años no son nada para unas letras de tango, pero muchísimo para una existencia humana, sentenció el genial Enrique Pinti. ¿Será cierto? A sus 21 años, ya Manny tejía leyendas en el patrullaje beisbolero del jardín izquierdo. Se fue en blanco en su primer partido en uniforme mayor, pero al día siguiente desapareció la bola que le sirvió otro dominicano, Mélido Pérez, y así empezó una fiesta de jonrones que ya sobrepasa los 500 y lo ennobleció con la compañía del legendario Lou Gehrig en el récord insigne de enviar la esferoide por encima de la barda cuando las bases registran ocupación completa. Catapultado doce veces por los fanáticos al Juego de Estrellas, jugador más valioso en una Serie Mundial, nueve "Silver Sluggers", promedio de por vida por encima del mágico .300, en fin, un bate y una personalidad igualmente explosivos.

En sus años con los Medias Rojas de Boston, Manny alcanzó la cima del estrellato y también del escándalo por su conducta desaprensiva hacia los fanáticos, los medios de comunicación y compañeros de juego. Vivía en el lujoso Ritz Carlton y, como mega astro, dejaba una estela a su paso. Recuerdo un mediodía en Lennox Square, un centro comercial en la prestigiosa zona de Buckhead, en Atlanta, horas antes de un partido inter-ligas entre los Medias Rojas y los Bravos al que acudiría con mi familia. Mis hijas se preguntaban qué pasaba, por qué la repentina conmoción: Manny Ramírez andaba de compras y su figura inconfundible de 190 libras, seis pies y unas trenzas larguísimas pero menos que sus cuentas bancarias, resaltaba entre la multitud que le solicitaba autógrafos.

La noche del jueves fue la otra explosión de Manny, y no con el bate del estrellato e instrumento implacable de castigo para los pitchers enemigos con el que desafía lanzamientos rompientes, en trayectoria casi invisible de curvas o "sliders" imprevistos que se estrellan furiosos contra el madero nudoso, a menudo a más de 100 millas por hora, y rebotan en territorio no reclamado o en las afueras del parque tras contravenir la física por más de 400 metros. Probado su consumo de sustancias prohibidas, el comisionado de béisbol decidió suspenderlo por 50 partidos. Maestría en las manos, estulticia en el cerebro.

Purísima coincidencia que la noticia del baldón me llegara en instantánea BlackBerry, después de deleitarme por enésima vez con "We will rock you", la magistral obra de teatro basada en la música de Queen: "Another one bites the dust", otro más muerde el polvo. Con "We will rock you" en miles de gargantas y palmas, la hinchada convierte en un jolgorio los campos de fútbol. De nuevo, la información sobre Manny escaló la primera página del New York Times y, por supuesto, de Los Angeles Times, porque los Dodgers y los fanáticos angelinos que ya habían aprendido a idolatrar al casquivano dominicano del Alto Manhattan están tan confundidos y decepcionados como el mánager Joe Torre.

Ignoro si esta vez hubo llamada familiar, con lágrimas en vez de alegría. La música de Queen es tan fantástica como la voz de Freddie Mercury o Farrokh Bulsara, su verdadero nombre, para quien la diva Montserrat Caballé no escatimó elogios desde aquella aparición histórica pre-Olimpíadas y la grabación conjunta de "Barcelona". Las letras de otra de sus soberbias creaciones, la "Rapsodia bohemia", aplican: "¿Es ésta la vida real?/ ¿Es esto sólo fantasía?/Atrapado en un deslizamiento de tierra/no hay escape de la realidad/Abre tus ojos/mira a los cielos y ve/Soy sólo un pobre chico/No necesito compasión/Fácil vine, fácil me voy/....Mama/la vida recién comienza/pero ahora me he ido/y lo eché todo a perder/Mama/no fue mi intención hacerte llorar.../nada realmente importa."

Los humanos tenemos una capacidad cuasi ilimitada para crear; y renovar lo ya creado en un derroche de imaginación; y enriquecer al mundo con destellos de genio; y producir alegrías y emociones estéticas; y trasponer el límite físico aparente; y dejar impresos en jalones la potencia del cuerpo y espíritu en la competencia deportiva. Mas, y en un recordatorio de nuestra imperfección y recorte de los ímpetus que nos remontan al espejismo de un Olimpo, también tenemos una capacidad cuasi ilimitada para destruir. Incluso, a nosotros mismos.

Un pobre chico de Villa Duarte atrapado en un deslizamiento, no en segunda o tercera, sino en su propia vanidad. La sustancia descubierta en la orina de Manny Ramírez ayuda a la recuperación después del consumo de esteroides o químicos para aumentar el rendimiento físico. Tan cerca del sol, Manny Ícaro-pícaro, que terminó quemado.

Duele, y sí que importa. La gloria, la adulación, la fama, conllevan responsabilidades. Los Esquivadores de Los Ángeles lo promovían ya como símbolo de una cultura con arraigo en la California de historia hispana, y de ahí que una sección de asientos en el Dodger Stadium fuese bautizada "Mannywood", el bosque de Manny, en alusión inteligente a la posición que ordinariamente cubre. Es un símbolo más roto, una desgracia, una vergüenza, una afrenta a una comunidad que como su madre en sus tiempos pobres en el Alto Manhattan, deja el lecho cada mañana con el sueño de un futuro mejor. Pero también es una derrota del sentido del "fair play", el juego limpio que se supone caracteriza los deportes en los que tanto o más que destrezas, también se miden valores. Engaño, peor, traición al espíritu deportivo.

Tal vez no sea el final de la carrera de Manny, pero sí el principio de otra con el estigma del engaño como obstáculo insuperable para llegar al Salón de la Fama y completar así la leyenda del hombre que venció la tara de inmigrante desarrapado y se instaló sin máculas en la historia de un deporte que paulatinamente ha igualado a negros y blancos, mulatos y amarillos, no precisamente porque vistan un uniforme. Manny adjetivado dominicano, nada impedirá que la lectura ligera de las crónicas de esta vergüenza asimile la falsedad al carácter de nuestro pueblo, sin reparar en que otros peloteros también han consumido las mismas fórmulas. Sólo que otro escándalo, el de Alex Rodríguez, está muy reciente en la imaginación popular.

Se hablará mucho sobre estos héroes de latón y de cómo con su conducta errada han enviado la señal equivocada a la juventud y niñez que los sigue. De asteroides a esteroides. En el deporte y en la vida, nada es definitivo hasta el final mismo. El fracaso no es caer, sino no levantarse.