Personalidades Poliédricas

Rodolfo Coiscou Carvajal (1867-1933), junto a su hermano gemelo Barón, fue de los graduados en la segunda camada de maestros salida de la Escuela Normal dirigida por Eugenio María de Hostos, en 1886. Licenciado en Medicina en el Instituto Profesional, se doctoró en Medicina y Cirugía en la Universidad de París, con una tesis sobre la albuminuria. Médico obstetra y pediatra, ejerció la profesión en el Hospital Militar y en el Padre Billini. Catedrático universitario, encabezó el decanato de nuestra Facultad de Medicina, incursionando también en política. Diputado, presidió la Cámara en 1916, así como el ayuntamiento de Santo Domingo, fungiendo como secretario de la legación diplomática dominicana en Francia, Bélgica y Holanda. Como tantos positivistas y liberales, fue masón activo. Así lo hace constar Haim López-Penha en su Historia de la Masonería en Santo Domingo.

Oriundo de Barahona, era hijo de Silvain Coiscou y Polixema Carvajal Franco. Junto a los doctores Francisco Henríquez Carvajal y Arturo Grullón -ambos asociados a la obra de Hostos, uno como colaborador clave y otro como alumno aventajado- formó el equipo que brindó atención médica en 1903 al Maestro en su lecho final en estancia Las Marías, en las cercanías del balneario de Güibia. Matrimoniado con Altagracia Henríquez Perdomo, fue tronco de una familia eminente en la vida profesional, intelectual y artística de la vieja ciudad capital.

De la unión de su vástago Máximo Coiscou Henríquez (1898-1973), jurista que originalmente estudió Farmacia -historiador, investigador documentalista en los archivos europeos y columnista de pensamiento conservador cuya obra está pendiente de rescate-, con la pintora, educadora, librera, escritora y feminista Delia Weber (1900-1982), salió una hornada mágica. Médicos, acupunturistas, profesores de periodismo, poetas, esotéricos, artistas, editores y libreros de avanzada. Integrada a la vanguardia de la resistencia antitrujillista, que alcanzó en Juventud Democrática su máxima expresión orgánica pública a mediados de la década del 40 del siglo XX, estos jóvenes engrosaron la lista negra de los desafectos, como figura en relación anexa a memorándum de Anselmo Paulino al rector de la Universidad, de fecha 8 de diciembre de 1947: Rodolfo, 2do. Derecho, Antonio, 2do. Medicina, y Enrique, 4to. Medicina, eran encartados como "comunistas". "Ojo mágico", a cargo de la Secretaría de Interior y Policía, encarecía "tomar las disposiciones de lugar para evitar que puedan llevar a cabo sus ilegales actividades en esa Universidad".

Desde que tuve uso de razón política supe del taller artístico de Delia Weber y de la Casa Weber, ubicada en la calle Arzobispo Meriño, verdaderos santuarios progresistas. Cuando animado por la curiosidad adolescente de aprender nuevos mundos me asomé por vez primera a sus mostradores y estanterías, recibí las orientaciones de su amable matrona y de su hijo mayor Rodolfo. La vieja casona colonial era una mezcla de librería y de centro de arte aromatizado con el perfume de inciensos orientales, con la singularidad de exhibir retratos y otras obras realizados en hilos de oro y plata. Se ofrecían cursos de pintura y pirograbado. Así como retratos y nombres confeccionados en hilografía, una técnica dominada por Enrique, uno de los hijos de la artista graduado médico en Santo Domingo y Puerto Rico, innovador en el uso de la acupuntura en el país.

Fascinado entonces por la poesía, allí encontré la más completa colección de la editorial Losada de Argentina con títulos de poetas como Pablo Neruda, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Nicolás Guillén, César Vallejo, Manuel del Cabral, Walt Whitman, en económicas ediciones de bolsillo. Obras de Miguel de Unamuno, Rabindranath Tagore, Azorín, Franz Kafka, Miguel Ángel Asturias, Horacio Quiroga, Jean Paul Sartre, Albert Camus, José Enrique Rodó, José Ingenieros, Ricardo Guiraldes, que fui comprando poco a poco, a la medida de mis posibilidades, para saciar mi sed de saber.

Luchadora contra la primera intervención norteamericana -como otras damas emblemas del talante corajudo de la mujer dominicana-, Delia Weber fue una adelantada a su época y al medio que la rodeaba. Pionera del cine, participó como actriz en el cortometraje de Francisco Palau Pichardo, Las emboscadas de Cupido, en compañía de unos simpatiquísimos Pedro Troncoso Sánchez, Rafael Paíno Pichardo y Evangelina Landestoy, estrenado con rotundo éxito en 1924. Activista del club Nosotras y de la Acción Feminista Dominicana, fue maestra normalista y alumna de los pintores Celeste Woss y Gil y Abelardo Rodríguez Urdaneta. Autora de libros de poesía, cuentos y ensayos, en su bibliografía figuran Ascuas vivas (1939), Encuentro (1939), Los Viajeros (1944), Apuntes (1949), Los bellos designios (1949), Lo eterno (1949), Dora y otros cuentos (1952), Espigas al Sol (1959), Estancia (1972), La India: Renacimiento en Bengala. Personalidad de Rabindranath Tagore (1985), Pensamiento inédito (1987). Tanto Diógenes Céspedes como José Alcántara Almánzar, en sus antologías de la narrativa vernácula, coinciden al seleccionar a Dora, de corte psicológico, como uno de los mejores cuentos dominicanos del siglo XX.

La Weber, quien dedicó buena parte de su vida al magisterio como profesora de dibujo y a la promoción cultural, expuso en las principales galerías del país desde finales de la década del 20. Bodegones, retratos, paisajes, ocupaban su paleta creadora. Fue galardonada en dos ocasiones con el premio de pintura en el concurso de E. León Jimenes (1971 y 1972), figurando su obra pictórica reseñada en la monumental Memoria de la Pintura Dominicana del historiador y artista Danilo de los Santos, así como en la compilación enciclopédica del crítico Cándido Gerón.

De los hijos de Delia Weber tuve relación cercana con Rodolfo (1924-2008), abogado, graduado en la Escuela Diplomática, poeta de la generación del 48, catedrático, periodista y editor tenaz de la serie Antología de Nuestra Voz, con medio centenar de títulos publicados en esta colección. En 1953 cumplió condena de cárcel por distribuir libros prohibidos bajo la dictadura. Hombre bueno, honrado, correcto, fue una presencia permanente, sin estridencias, en coloquios culturales, tertulias, conferencias, peñas de artistas y escritores, como la que se celebraba en el Hostal Nicolás de Ovando bajo el alero estimulante de Juan Bosch, Pedro Mir y Silvano Lora. Catedrático en la UASD y la UCE, donde desempeñó funciones directivas y fundara talleres literarios. Autor de obras poéticas como Velero del Regreso (1950), Luz Herida (1981), El Origen sin Origen (1993), Se están comiendo a Margarita y otros canibalismos: cuentos, vivencias, poemas (1986). Un compilador sistemático y divulgador incansable editó El vedrinismo (1983), La Poesía Sorprendida: antología poética (1985), El Postumismo, Historia de la cultura dominicana (1992), Homenaje al padre de la patria, Juan Pablo Duarte, Del Pensamiento de Máximo Gómez (2001).

Director de la revista Letra Grande, de la página literaria de La Nación, así como del suplemento cultural del Nuevo Diario, Rodolfo fue un generoso auspiciador de nuevos talentos, como lo consigna en forma testimonial el poeta fenecido Ramón Francisco en su obra Sobre Arte y Literatura. Amante del espacio amurallado de la vieja ciudad del Ozama, declaró poéticamente, hace más de medio siglo: "Existo en la ciudad del silencio. Permanezco, milenio tras milenio, ahorcado en la antena del recuerdo". Entre sus hermanos, Antonio fue médico cardiólogo notable y escritor de cuentos. Y el ya referido Enrique Máximo, médico también y reputado artista.

Máximo Coiscou Henríquez procreó con la vegana sancarleñizada Violeta Guzmán Gonell (hermana de Babín, Babia y Babio Echavarría) a un ser humano extraordinario: Grey Coiscou Guzmán, médico psiquiatra egresada de la UASD y la Universidad Central de Madrid, poetisa, ensayista, revolucionaria cabal, autora del valioso libro Testimonios, editado en dos volúmenes, pendiente un tercero, en el cual da cuenta de la experiencia de Juventud Democrática a través de aportes de sus miembros sobrevivientes. Catedrática de la UASD y la UCE, ejerció la psiquiatría social, siendo una de sus pioneras. Militante del movimiento clandestino 14 de Junio, mujer de fina sensibilidad poética y prosa tersa, fue llamada al lado del Señor hace apenas una semana. Al enterarme el sábado leyendo en el Listín Diario la columna emocionada del Bacho Pérez Peña, traté de alcanzar el sepelio, anunciado para las 10 de la mañana. Algo que me fue imposible.

Sin embargo, esa hermana querida cuyas vivencias compartí desde niño yo y adolescente ella -residente ella en la cuesta de la sancarleña 16 de agosto a pocos pasos de la casa de mi abuela en La Trinitaria, y prima de las hermanas Cruz García a las que visitaba en la Martin Puche, a dos casas de mi hogar- quiso resolver el impasse. En la estantería de mi habitación -que de antemano había programado organizar ese sábado- aparecieron sendos volúmenes de su obra Testimonios, cuya existencia desconocía. Cómo fueron a parar allí, es algo que todavía es un misterio. Pero lo importante es que ese sábado Grey vino a mí, con el sello profundo de su ardor pasional, su limpia estampa de hembra de una sola pieza, su palabra encendida transmitiendo el testimonio.

Silvano Lora, Miguel Alfonseca, Condesito, Giovanni Ferrúa, Humberto Soto Ricart (La Bruja), y su admirado Manolo Tavares Justo -quien le encomendó escribir la historia de las luchas antes de emprender el ascenso a Las Manaclas para ganar la gloria- ya la habrán recibido en el concilio donde moran los buenos.