Reivindicación de José Angel Buesa
La poesía se compone de mil y un cantares. Una tipología del verso tal vez pueda conducirnos a establecer paradigmas, pero soy desafecto a las conclusiones radicales. Los poetas refunfuñan porque la poesía no se lee. Siempre se ha leído, pero es consumo de élites en toda época y geografía. Muchos poetas son nonatos y algunos lograron crecer hasta alcanzar alturas gigantarias. No pocos consiguen un renombre que llega incluso a los que nunca los han leído o a los que tal vez posaron sus ojos en un par de sus poemas. Elegidos de los dioses son aquellos cuyas creaciones poéticas fueron celebradas por generaciones, leídas o recitadas por millares y cantadas por trovadores que las llevaron a viva voz por los rincones de la aldea global.
Hay una poesía de alto voltanaje y hay una poesía que no pudo salir de su concha. Pero, hay también una poesía impropiamente considerada menor que supo eludir el anonimato y afrontar agravios para ubicarse en el gusto y la aprobación de mayorías. Habrá siempre una poesía que nos llegará a nuestros sentidos en buena forma y existirá siempre otra que no nos hará tilín. Pero, discrepo de quienes se niegan a considerar poeta al bardo que se enseñoreó con la rima o al combatido aeda que levantó sus versos centrados en un solo desvelo, en un solo objetivo, en un solo tema. Yo no puedo desdeñar a Héctor J. Díaz como poeta por sus versos desengañados y de humor negro de quien Freddy Miller decía que sus poemas buenos habían ganado la posteridad y los malos se hicieron populares. Neruda, que tiene poemas desechables y que sigue siendo uno de los más grandes poetas del orbe, siempre habrá de ser recordado por sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (“Me gustas cuando callas porque estás como ausente...”). Cuando Lisette Alvarez popularizó su poema 20 el mundo pudo conocer al cantor de Chile en sus atributos románticos más perdurables (“Y el verso cae al alma como al pasto el rocío”). Sus “Cien sonetos de amor” son tarea de hombre que desde el verso dibuja la sensualidad en sus más hondas reverberaciones románticas. Cuando Serrat cantó a Machado el poema hizo un surco de viento y tonadilla que tiene linaje de supervivencia, y a mí siempre esos versos cantarines me parecieron de factura menor. Y Machado es Machado. Poeta entre poetas, quiero decir. “Misterioso y silencioso, luminoso y profundo” le llamó Darío que no es paja de coco.
José Angel Buesa fue un poeta natural. Hilvanaba el verso con una destreza que debiera ser irrefutable, como irrefutable ha de ser su condición de poeta. Neoromántico, fue por muchos años el poeta más leído y recitado en toda Hispanoamérica y el único que logró vender un millón de copias de los más de veinte cuadernillos que conformaron sus libros, una hazaña que no ha podido superar poeta alguno en nuestra lengua. Poeta de tono menor, sentimentalmente excesivo, domador de la rima y su música, ¿y qué? Buesa fue un cantor que logró ensartar vocablos con diafanidad y sutileza casi mágicas. Estuvo cuarenta y nueve años produciendo poesía, en la cresta de la ola, autoeditándose, y por tres décadas fue el poeta más popular en su Cuba nativa. Se inicia en 1932 con “La fuga de las horas”, al año siguiente publica “Misas paganas”, y en 1936 con “Babel” su estro se eleva a un nivel de que ese mismo año Juan Ramón Jiménez lo incluye en una antología y los cubanos le otorgan el Premio Nacional de Literatura. Lo antologa también Leopoldo Panero en su “Antología de la Poesía Hispanoamericana”. Le siguieron sus cuadernillos “Canto final” (1938) y “Muerte diaria” (1943) hasta que llega en este último año “Oasis” que se convertiría en el más conocido de sus libros por contener los poemas con los que terminó de consagrarse ante su enorme y variado público. El poeta Cintio Vitier lo incluye en su famosa antología “Cincuenta años de poesía cubana 1902-1952” pero al presentarlo le lanza un dardo que hirió de muerte la poesía de Buesa, pues desde entonces la crítica lo menospreció y los llamados “poetas cultos” desestimaron su compañía. Cintio dijo de Buesa que practicaba “un lirismo amoroso de musicalidad fácil y temática monocorde”, criterio que fue respaldado en esa época por Roberto Fernández Retamar y Max Henríquez Ureña.
Buesa lo que hizo entonces fue multiplicar sus cuadernillos (en total, publicó veintiuno), desestimó la figuración pública (huía a los homenajes y beatificaciones) y no dejó de escribir la poesía que identificó su exitosa carrera literaria. Alguna vez le llamaron poeta de choferes y cocineras, pero Pío Serrano afirma que no era cierto y que fueron muchos los que supieron conciliar la lectura –y aprendizaje, digo yo- de sus poemas con las obras de Neruda y Lorca. Que para mí, dicho a estas alturas, vale lo mismo el “Poema del renunciamiento” que el poema 20 de Neruda o uno cualquiera de sus sonetos de amor.
Buesa no fue un versificador, término fusilero utilizado corrientemente para empequeñecer la obra de un poeta. Fue un poeta con formación que conocía a la perfección a Víctor Hugo y Leconte de Lisle, cuando anduvo tras los pasos del romanticismo, pero cuando se hizo modernista trasladó sus querencias a Verlaine, Valéry y Darío. Hay una faceta de Buesa que poco se conoce. Fue traductor y gracias a ese ejercicio, del que se exige un buen conocimiento de la lengua original y atributos literarios en firme, tradujo a poetas latinos, franceses, italianos, ingleses, portugueses, alemanes y orientales. En su época, en Cuba se conocieron las obras de Verlaine, Paul Valéry, D’annunzio, Oscar Wilde, Rilke, Heine, Horacio, Walt Whitman, gracias a las traducciones de Buesa. Fue él quien tradujo a otras lenguas “Los trofeos” de José María Heredia. Sus libros se publicaron en España, México, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Cuando triunfó la revolución cubana, Buesa tenía ya casi tres décadas de vigencia poética. Publicó entonces, entre 1959 y 1960, cuatro libros: “Poemas prohibidos”, “Versos de amor”, “Libro secreto” y una selección de sus mejores poemas. Fue entonces cuando decidió partir de Cuba y desde entonces sus libros dejaron de publicarse allí, aunque siguieron circulando de forma clandestina. A partir de los años noventa volvió a ser reeditado en su patria.
Buesa salió exiliado hacia México y luego recaló en Santo Domingo, laborando como profesor de Literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Llegué a conocerlo entonces en las aulas del campus uno, donde hoy está la tienda Ikea. Aquí publicó su “Método de versificación” (Centurión, 1974) y el que fue su último libro “Año bisiesto. Autobiografía informal” (UNPHU, 1981). Moriría un año después en la capital dominicana. Justo en una tierra donde por décadas sus poemas constituyeron una auténtica fiesta, leídos, aprendidos y declamados en la radio, en la televisión, en las serenatas, en los encuentros festivos y en las tertulias fraternas, donde amor y romance fueron faena de lances sensuales y enlaces que se consumaron en el altar. De seguro que alguna vez tuvo oportunidad de encontrarse con Juan Llibre que inmortalizó en su voz muchos de esos poemas inolvidables que mi generación y las anteriores tuvieron como herramienta de combate, sentimiento, amor y gozo.
“Pasarás por mi vida sin saber que pasaste./ Pasarás en silencio por mi amor, y, al pasar,/ fingiré una sonrisa, como un dulce contraste/ del dolor de quererte...y jamás lo sabrás”. Llibre todavía parece resonar con su voz de seda y azafrán: “Te digo adiós, y acaso te quiero todavía...” Buesa es el poeta romántico por excelencia de Hispanoamérica. No encuentro con quién compararlo. Los jóvenes poetas de hoy debieran intentar conocer su obra y no hacer caso a quienes lo desdeñan. Un poeta que aquí vino a dejar junto a su aliento final sus últimos versos, en ofrenda tal vez a los miles que en nuestro país, de punta a punta, formaron una muy amplia legión de seguidores. En Santo Domingo está registrado su último poema titulado “Yo soy aquel”, que termina con unos versos que son a la vez testamento y epitafio: “Viví mi libro y escribí mi vida,/ y el resto –poca cosa- se lo dejo a la muerte”.