Remembranzas Automotrices
Siempre viví a pocos pasos de la 30 de Marzo (antigua José Dolores Alfonseca), que nace como kilómetro 0 de la Carretera Duarte en el costado Norte del Parque Independencia, donde se emplazaba el Hotel Presidente. Establecimiento que alojó a un joven de Navarrete llamado Joaquín Balaguer Ricardo cuando Trujillo lo nombró Abogado del Estado en los inicios de su régimen. Antes de trasladarlo a una habitación de la Mansión Presidencial, elevada en la colina de San Carlos, donde hoy se halla el Palacio Nacional -quizá a sugerencia de su pariente Bienvenida Ricardo, consorte entonces del bisoño dictador. Esta arteria, hoy venida a menos por la indolencia municipal y la ignorancia pretenciosa de urbanistas con mira corta, fue clave en la dinámica modernizadora de la ciudad. La recorría a diario varias veces, a pies, en guagua o en carro de concho, como lo hacía con la doctor Delgado y la 16 de Agosto, las vías que conectaban a los barrios de San Carlos, San Juan Bosco, Villa Consuelo, con la ciudad intramuros y Gascue.
Allí se situaban en los 50's el Hotel República, la Compañía Dominicana de Teléfonos, una clínica, las ferreterías El Gallo (en el triángulo que forma la desembocadura de la Abreu) y la Piñeyro (frente a la calle Padre García), la academia comercial del doctor Fernando Silié Gatón, la emblemática Barra Payán que hoy sobrevive con éxito. Empresas de equipos y materiales eléctricos, algunas aún funcionando. Tres estaciones de gasolina: dos en la intersección con la avenida Mella próximas a la bomba Esso propiedad de Luis Amiama Tió y una tercera en la esquina noroeste con avenida México. Gasolineras que se triplicaban al cambiar de nombre la calle y llamarse avenida San Martín. Pero lo que más llamaba mi atención como niño y adolescente eran las distribuidoras de vehículos, gomas y repuestos, algunas de las cuales también importaban electrodomésticos. Particularmente cuando llegaban los nuevos modelos que se exhibían relucientes en los salones frontales, con sus catálogos a color y llaveros promocionales.
Iniciando con la Santo Domingo Motors Company que representaba las líneas de automóviles Chevrolet y los aristocráticos Cadillac, fundada en 1920 por el legendario empresario italiano don Amadeo Barletta Barletta, quien debió abandonar el país en 1937 por conflictos con el dictador. Estableciéndose en Cuba, donde mantendría, bajo la razón social Ambar (Am de Amadeo y Bar de Barletta), la consignación de ambas marcas. Tras la muerte de Trujillo, Barletta regresó al país y readquirió sus operaciones, ampliándolas con la adición de otras marcas. A pocos pasos se hallaba Atlas Comercial Co., una de las empresas que formaban el holding de Trujillo y sus asociados al frente de la cual se hallaba Francisco "Paquito" Martínez, hermano de María, la dinámica consorte de "el Jefe". Manejaba, entre las líneas de General Motors, Pontiac, Oldsmobile, Buick y las camionetas GM. Administrada por don Enrique Peynado Soler, quien hizo historia en este ramo de negocios al crear Delta Comercial en 1962, concesionaria de la Toyota.
Remontando, más adelante, en la primera planta del edificio blanco de E.O. Garrido Puello (el respetado don Badín), se exhibían los camiones de carga y volteo Diamond T, muy acreditados por su fortaleza, y los autos Kaiser y Henry J, fabricados por la Kaiser and Frazer. Luego encontrábamos a Del Río Motors, frente a la avenida México en la curvatura de la Duvergé, propiedad del empresario español Celedonio del Río, una de las que más frecuentaba ya que los vendedores me daban un trato amable, sabiendo obviamente que sólo era un muchacho curioso y nunca un comprador potencial. Tenía la representación de la casa Ford Motors, con sus marcas Ford (autos y camionetas), Mercury y Lincoln, automóviles de elegancia imponente. Los llaveritos, parte de la publicidad objetiva, eran entonces mi predilección, junto a los panfletos promocionales que me ponían a viajar sobre las ruedas de la imaginación. Y en Del Río Motors eran usualmente generosos.
Haciendo frente, al lado de la estación de gasolina de Papucho Morales, se encontraba la Mercedes Benz, de su propiedad. Más arriba, contigua al hogar de mis abuelos, luego del tío Jesús del Castillo, se ubicaba la Caribbean Motors Co., llegando el inmueble hasta la calle Padre García. Negocio de la familia Trujillo con Paquito Martínez al frente y Manuel Resumil Aragunde de apoyo administrativo, que operaba también una división de equipos médicos, la Caribbean Medical Supplies para suplir de camas de posición, camillas y otros dispositivos a hospitales y clínicas. Esta empresa representaba los vehículos de la Chrysler: Dodge, De Soto, Plymouth y Chrysler. Eran más celosos en el acceso a los vehículos, que mantenían lustrosos a golpe de lanilla y cera. Pasando la San Juan Bosco, se encontraba Antilla Motors de don Antonio Martínez Francisco, importadora de los afamados todoterrenos Jeep Willys, los camiones Mack y los motores Mercury.
Ya como San Martín, esta vía continuaba con la compañía Anglo Americana, de Torben Broberg, que distribuía los autos ingleses Morris, MG deportivos y sedanes, y Jaguar, en la que trabajaba mi amigo el "Peje" Guridi. La Dominican Motors Co., administrada por Manolín Alfaro Ricart y situada en la Isabel la Católica, muy distante de esta arteria automotriz, distribuía el Ford Consul, un vehículo manufacturado por la Ford en Inglaterra en los 50's hasta iniciar los 60's, así como el Ford Zephyr. El Prefect y el Hilman, como Quisqueya Motors. La razón Figueroa y Socías traía los Volkswagen, que se pusieron de moda como medio de terror al formar la flota siniestra del Servicio de Inteligencia Militar, y el Studebaker. Empresas Dominicanas importaba los Fiat. Luego Idelca, de Amado Hernández y mi primo Bon Piantini del Castillo, los BMW. Ramón Menéndez, los autos Nash. Otras marcas circularon, como Packard, Vauxhall, Peugeot, Saab.
En la esquina de la Martín Puche con avenida Francia estaba la Reid & Pellerano, sociedad de los jóvenes empresarios Donald Reid Cabral y Rogelio Pellerano Romano (hermano de Máximo), a la que prestaba su concurso valioso Mr. Reid, un experimentado banquero retirado, padre escocés de Donald. Se hallaba a una casa de la mía y la vi crecer junto conmigo, como si integráramos un espejo indisoluble. Distribuidora de los resistentes automóviles ingleses Austin que ganaron pronto el mercado del transporte de concho. Y de los acreditados "yipes" Land Rover. Yo era de esa casa, acogido por el afecto paternal de Donald, quien permitía que me subiera a los yipes para jugar en ellos. Los llaveritos de cada año, con la silueta de los Rover y los Austin, estaban garantizados. Desde temprano, a las 7 a.m., llegaba Donald para abrir el portón al maestro Pita y sus mecánicos, vestidos con mamelucos grises.
En mi casa no hubo automóvil. Los tíos Arístides Álvarez Sánchez, Toño Pichardo Sardá, mi padrino Eurípides Roques Román, el primo Bon Piantini del Castillo, don Luis Padilla, la camioneta de Papito Quiroz, el Opel y el Austin de don José Aníbal Cruz, y un viejo Hilman del tío Biembé Pichardo que duró poco, fueron los medios privados de transporte que me sirvieron. Luego la Rambler de los Silié y la guagüita de Miguel Cocco. Pero siempre pude viajar, alado por la imaginación, en los últimos modelos de la 30 de marzo.
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