Tribulaciones Antillanas de Tenorio

José Zorrilla (1817-1893), prolífico poeta y dramaturgo español autor de la celebérrima obra dramática Don Juan Tenorio, representada por vez primera en Madrid en 1844 e inspirada en El burlador de Sevilla y convidado de piedra atribuida a Tirso de Molina, hizo de México y Cuba destinos de su periplo vital. Un contrapunto existencial de éxitos editoriales y continuada cosecha de aplausos teatrales, conquistas amorosas y generoso padrinazgo de amigos, con contradicciones insalvables entre un padre severo conservador y un hijo de alma atormentada liberal. Quien confesara al recapitular: "Yo he vivido siempre con la sonrisa en los labios y con la boca llena de alegres palabras; pero he llevado siempre la tristeza en el corazón…Yo soy un hombre muy alegre y un poeta muy triste". Síntesis llana de un literato romántico que fuera aclamado por sus congéneres antes de cumplir los 20 abriles, al leer acongojado en 1837 su elegía a Mariano José de Larra en el sepelio de esta joven figura de la vida literaria y la sátira política española, quien apenas frisaba los 27 al momento de su suicidio por motivo pasional.

En sus memorias Recuerdos del tiempo viejo, publicadas originalmente por entregas semanales en El Imparcial de Madrid a partir de 1879, narra Zorrilla las peripecias de su fecunda carrera literaria, los enredos con editores y productores teatrales acerca de las debidas compensaciones económicas y los derechos de propiedad intelectual de sus obras. Las penurias financieras, las vicisitudes amorosas y familiares, el incesante trabajo como escritor y el codeo con personalidades de la época en los ambientes literarios y teatrales de las principales capitales de Europa y América que frecuentó. Considerado un libro singular -"el gran libro de memorias de la literatura española del siglo XIX" le llama un editor-, a juicio del poeta catalán Pere Gimferrer, "nada se ha escrito tan vívido sobre la farándula, sobre la existencia aventurera allende el mar, con salvajes fastos coloniales en Cuba o en México, hecha escala paradisíaca en las pasarelas de París, desde un Madrid de ruedo valleinclanesco".

Al morir su padre -una clave en su quehacer literario nunca reconocido como válido por éste- Zorrilla declara que su "cerebro se entenebró y no volví a tener rumbo…viví al azar, esperando morir sin desear ni temer la muerte. Aborrecí todo lo pasado". Tras una estancia en París acogido por don Bartolomé Muriel, un veracruzano afluente, "hombre de mundo, caballeroso y, de aristocráticas costumbres", quien le brindó morada y cierto apoyo pecuniario. Dejando atrás amores y descendencia -entre ellos una "preciosísima chilena, casada con un rico inglés", de "ojos pardos, grandes, luminosos y tranquilos", a quien leyó unas cartas que resultaron fatídicas en reunión de sociedad-, se embarcó hacia Londres. En Southampton zarpó a finales de 1854 en el vapor Paraná rumbo a México, cargado de cartas de recomendación para enderezar sus pasos en América. Al embarcarse, Losada, un relojero con quien había hecho buenas migas, le metió en el fondo de su equipaje 40 relojes destinados a México, confiado en que su nombradía le franquearía la revisión de aduanas. "Pero, hombre -le dije-, ¿y si me registran el equipaje?". La respuesta del relojero no se hizo esperar: "Juanbelz, que estará presente, lo declarará suyo, pagará y no haremos economía."

Una travesía azarosa por las condiciones del barco durante la cual se formó un grupo de amigos circunstanciales -un general García Conde y su hermano, un Baralt, Juanbelz, dos franceses. "Injeríase de cuando en cuando en nuestra sociedad un personaje de color dudoso, de ojo vivo y escrutador y de rizado cabello, limpia y atildadamente vestido y pretenciosamente calzado, que entendía de todo, y de todo hablaba y a todos conocía, pero cuyo nombre no supimos nunca, porque ni él nos lo reveló ni nos atrevimos a preguntárselo. Baralt, conocedor de las Antillas y de sus habitantes, hizo de él mil conjeturas a cual más disparatadas; pero aquel casi afeminado, tan cortés y bien educado como incomprensible personaje, hablaba de la política, la literatura y los personajes influyentes de España y de las Antillas con un conocimiento y un aplomo, con una moderación y un tacto tan especiales, que descarriaba todos los cálculos de Baralt, que le dio por espía de alto copete, por jugador afortunado y por todo, en fin, menos por lo que era.

Y así llegamos a San Thomas nueve días más tarde de lo que debíamos; es decir, el 28 de diciembre en lugar del 16". Retenidos en esta isla para ser transferidos a otra nave que los llevaría a destino, aguardando en una fonda "la comida que habíamos pedido el general, el marsellés, Goupil y otros cuantos habíamos formado grupo y sociedad aparte, cuando se presentó un negrito con una carta dirigida a los señores Zorrilla y Baralt, dentro de la cual venía una tarjeta que decía: 'El presidente de la república de Santo Domingo espera que el señor Baralt y el señor Zorrilla le honren aceptando su hospedaje y su mesa. El dador les guiará a su casa'. No había medio de rehusar, por más que Baralt y yo no alcanzábamos el motivo de tal invitación de parte de un personaje a quien ni uno ni otro conocíamos. El negrito nos condujo a una cercana y preciosa casa de campo, en cuya sala baja nos introdujo, y en la cual nos recibió con el más cordial apretón de manos, llevándonos en seguida al comedor, el desconocido, atildado, rizado y pretenciosamente calzado compañero de navegación, que era el presidente Báez."

El siguiente punto de recalado antillano sería Jamaica, donde se debía realizar otro transbordo y los viajantes pasaron tres días. Allí nuestro autor se explaya ante el impacto del paisaje y formula alcances sobre los hábitos laborales y el mulataje. "En las Antillas se respira con su caliente atmósfera el ambiente de la pereza, y se engendran en el corazón y el espíritu el amor al ocio y el prurito de los deleites". La teoría del determinismo geográfico cobra cuerpo en las afirmaciones de Zorrilla. "Aquella exuberante naturaleza que produce unas plantas, unas flores, unos árboles y unas frutas tan grasas, tan fragantes, tan pomposas y tan sabrosas; aquella gente mestiza tan holgazana, tan decidora, tan alegre, tan provocativa y tan sin cuidados; aquellas mujeres de tan poca ropa vestidas y de tan poco pudor dotadas…, porque allí con nada se vive y con todo alimenta la tierra, contamina al más puro, seduce al más casto, empereza al más activo y materializa al más espiritual".

"Allí vi y admiré por primera vez el plátano, razón vegetal y palpable de la innata holgazanería de aquellas razas; cifra viva en la cual escribió la naturaleza el consejo de 'no trabajéis'". Toda una teoría, revestida de poesía, elabora Zorrilla sobre este fruto. "¿Cómo ha de ser trabajadora la raza a quien pone Dios el alimento entre los labios, sin más trabajo que el de comerle? Allí gusté el azucarado zapote, la suavísima chirimoya y la fragante piña, reina de las frutas; y allí sesteé acunado por la brisa del mar en una hamaca de seda, oreado por los ondosos ramos de la palmera, arrullado por el trino del sinsonte y del salta pared, despertando asombrado de admiración ante el vuelo y zumbido del colibrí". También acudió el escritor y sus amigos a las reuniones nocturnas de los metodistas, los anabaptistas y de "las ocho o diez sectas que allí pacíficamente se reúnen en sus capillas, para oír las lucubraciones estrambóticas de sus fanáticos predicadores". Llegando a persuadirse de que "los católicos somos los que menos devoción y compostura guardamos en nuestros templos".

A bordo del White capitaneado por un inglés, zarparon de Jamaica rumbo a Cuba. El capitán Lees había reclutado como tripulación "la heterogénea chusma que había podido encontrar". Su autoridad se apoyaba en dos poderosos brazos "y en los de ocho ingleses…que, como él, tenían siempre el puñal y el revólver a la cintura, y en el bolsillo la llave del camarote que guardaba las armas del buque". Una velada se armó en la travesía. Con champagne obsequiado por el capitán, "la señorita Brummer, alemana, rubia, blanca, larga y flexible como una Margarita de goma alargada a fuerza de estirarla, había ejecutado al piano unas sonatas monstruosamente difíciles con la precisión inflexible y falta de claro oscuro de un autómata de Nuremberg; nuestro francés M. Charles había berreado una Marsellesa pur sang. Baralt había dicho algunos versos suyos y míos; yo había salmodiado el canto de El Pirata de Espronceda, y un mejicano había fraseado de la manera más picaresca y característica una de aquellas intencionadas cantinelas mejicanas, que rebosan gracia y gotean malicia". Al amanecer divisaron la isla de Cuba.

Al desembarcar en La Habana Zorrilla y sus amigos fueron a comer a la fonda del teatro de Tacón y asistieron de incógnito a la ópera Lucía di Lammermoor que esa noche se representaba. Ubicándose el autor de Don Juan en el fondo de un discreto palco a fin de no ser reconocido, parlamentando en francés del brazo de la señorita Brummer. Tras la pernoctación en un hotel, "a las nueve de la mañana, el doctor Zambrana se presentó en mi aposento y me dijo: 'No puede usted negar quien es, y vengo a saludarle con algunos amigos que le estiman'. Abrazáronme y colmáronme de caricias él y una docena de cubanos…y me rogaron que me quedara en La Habana, prometiéndome éxito en la publicación o en el negocio que emprendiera". Excusándose por deber llegar a México primero, Zorrilla prometió retornar a esta Cuba hospitalaria, "dejándoles no muy contentos y tal vez casi ofendidos de mí".

Se hizo a la mar rumbo a su prolongado destino mexicano, penetrando las aguas del golfo, engolfándose en sus vaivenes, donde le esperaría el último tramo del régimen de Santa Ana y la revuelta liberal, la Guerra de Reforma juarista, la invasión francesa y la imposición del Imperio de Maximiliano, quien en 1865 le nombró director del Teatro Nacional. Regresaría a Cuba.