Vida efímera de los insumergibles
Cada vez que al Jefe le llega una carta de tipos como este, opta por reírse a carcajadas y es cuando se le ve relajado, cosa rara, al menos en público. La gente piensa que el Jefe ríe poco, pero yo lo entiendo y lo justifico, porque desde el amanecer está en su puesto, previendo las jugadas de los malos dominicanos que pululan en el exterior, con un ojo puesto en los laborantes internos, que nunca faltan, y el otro en los funcionarios remolones y corruptos, que sobran. Dígame Usted, en puridad, si alguien con esa carga sobre los hombros puede andar como una rosita o unas Pascuas, dando palmaditas bonachonas y dejando pasar las tropelías. Por supuesto que no, por eso yo entiendo al Jefe, y por eso cuando pasa por mis manos, antes de llegar a las suyas, una de las cartas escritas por alguno de esa selecta docena de tipos que yo llamo "Los Insumergibles", me apresuro a pasarla a su despacho, porque sé que no más verle la firma, estalla en carcajadas.
Claro que formar parte del reducido grupo de "Los Insumergibles" es un privilegio que no saben que lo han merecido, ni siquiera esas mismas personas. Para que me entiendan, imaginen que son dueños de una finca donde se hace solo su voluntad y tienen en sus manos el destino de cada animal que le sirve. Si está de mal humor, puede que mande a azotar uno de sus mulos, o dejar pasando hambre a un cerdo; o decida que esa gallina altiva que le pasa por al lado deberá regresar desplumada, condimentada y humeante a su mesa, a la hora de la cena, simplemente porque se le antojó sacrificar a esa, y no a otra. Imagine que los animales domésticos le tienen pavor, precisamente porque saben que de su talante al levantarse, y de nada más, depende su buena o mala estrella del día. O que ese sea, precisamente, su último día. Entonces, si usted es capaz de imaginarse en ese rol de semidios, comprenderá que llega un momento en que decretar perdones o muertes llega a tornarse muy aburrido, y es cuando salta la necesidad de tener a mano, con la mayor discreción, por supuesto, algunos motivos de burla y relajamiento, el armar algunas claves que solo puedan captar los entendidos, los jugadores escogidos de esta secreta charada del choteo y la chercha. Y como en este oficio de mandar nada se agradece más que una carcajada, porque los sinsabores y angustias, las decepciones y el tener que decretar lo terrible es lo que se sobra, entonces comprenderá como, casi sin ponernos de acuerdo, cuando pasaban por nuestras manos las cartas firmadas por alguno de "Los insumergibles", aquello era siempre motivo de satisfacción, como lo era poderle endulzar esa vida que el Jefe lleva.
Por supuesto que todo comenzó después que el mismo Jefe nos incitase a ello, claro que sin tener que explicárnoslo, porque las explicaciones, como suele decir "...déjenselas a los maestros, los diplomáticos y los curas: un Jefe de verdad no tiene nada que explicar". Él pocas veces comenta con nosotros sus pensamientos más íntimos, apenas habla, solo lee los cientos de cartas e informes de cada día, sin inmutarse, aunque los que lo conocemos sabemos, por ejemplo, que un guiño involuntario de su ojo izquierdo significa "este miente y me quiere joder", y que un tamborileo imperceptible de su mano derecha sobre el escritorio quiere decir "este dice la verdad, y por eso lo jodo yo". Tres bostezos cuando lee un documento es "actuar de inmediato" y un murmurar un nombre equivale a "mándenle a ese hijo de puta un raso en servicio especial, para que acabe de quitármelo de arriba". Eso hemos aprendido a su lado durante tantos años, como también saber, y no decirlo a nadie, que el Jefe es un vacilador, un jodón de alto vuelo, con un sentido del humor algo anticuado y municipal, es verdad, pero sumamente agudo y selectivo, y que cuando ríe, ríe de verdad. Porque hasta eso se lo toma en grande.
El Jefe nos animó, sin decirlo, a conformar y organizar este mecanismo relajante que es ponerle ante sus ojos, cada cierto tiempo, una de aquellas cartas descaradas que "Los Insumergibles" podían mandarle desde cualquier punto del país donde viviesen, porque en rigor, estaban desperdigados por casi todas las provincias, o mejor dicho, casi cada provincia tenía un "insumergible". Aquella primera vez no tuvo más que insinuar, mirando de soslayo, no a la carta que recién acababa de leer, sino a uno de los premios ganados por sus caballos, y que usaba como pisapapel, que "... cada vez que llegue una de estas, me la pasan enseguida, como también las de Fulano, Mengano o Zutanejo, porque son iguales..." No hizo falta más, y como siempre hacíamos, sus más cercanos colaboradores nos quedamos en la oficina hasta bien entrada la madrugada hurgando en aquellas cartas lambonas y cara duras, buscando qué las hacía tan importantes a los ojos del Jefe, si se trataba de remitentes que no ostentaban cargos públicos ni partidistas, no poseían grados militares, ni compartían delaciones ni chismes confidenciales que debían ser conocidos por el Generalísimo. Y nos alumbramos, cuando estábamos casi al tirar la toalla.
En efecto, lo que tenían en común Fulano, Mengano o Zutanejo era una desvergüenza de campeonato, una absoluta falta de sentido común y de sentido del ridículo propio, que les permitía escribir sus misivas, sin remordimiento ni tacto alguno, en las que lo mismo serruchaban el piso a un funcionario envejecido proponiéndose para sustituirlo, o se proclamaban "el único verdadero amigo que el Jefe tiene en este común...". Eran cartas abyectamente pedigüeñas, desaforadamente viles, tanto, que en vez de causar repulsión terminaban provocando carcajadas y el deseo de ver a uno de aquellos bufones en plena actuación circense. Por eso al Jefe les encantaba leerlas y retenía sus nombres, y de vez en cuando, como para subirle la parada a la broma, les concedía lo que pedían. Y venían nuevas carcajadas, y mucho que todos lo agradecíamos, porque si los leones pudiese reír, fuesen menos letales. Lo digo yo.
Todo eso lo tuve en cuenta hoy, por supuesto cuando le pasé la carta fechada el 29 de mayo, en Neyba, provincia de Bahoruco, en la que uno de los más activos "insumergibles", de nombre Lowenski Triste Acosta, le comunicaba que la gente del común pedía a gritos que él fuese nombrado Síndico Municipal, "...porque de lo poquito que se ha hecho en este pueblo, tal como el parque lleva Vuestro Ilustre Nombre, la planta eléctrica, el matadero, los actuales muebles municipales y algunas cositas más, las hice yo...", despidiéndose " con la misma lealtad y afectote de siempre". Como pueden ver, un merenguito, un portento para que el más pinto estallase en carcajadas.
Como teníamos un expediente detallado de cada "insumergible", y como los seguíamos con la misma pasión con que un entomólogo seguiría la trayectoria de un ejemplar único de escarabajo, no me costó trabajo buscar los antecedentes de Lowenski Triste Acosta, de Neyba, comprobando que había entrado en el selecto club con la carcajada que provocase con su carta del 20 de marzo de 1944, en la que relataba al jefe los problemas de salud del Oficial Encargado del Distrito Municipal de la localidad, de nombre Adriano L., los que ya no le permitían "montar a caballo". Por supuesto que tras ese preámbulo, terminaba con "... me permito, con anticipación, solicitarle ese cargo, pues Usted sabe que soy su amigo".
Tras la carcajada y el pasarse la mano por la frente, lo que significaba "concedan a este imbécil lo que pide", el señor Lowenski Triste Acosta fue nombrado en el cargo, sosteniéndose, apenas, durante medio año.
En su expediente, recordé, también figuraba una copia de la que Rafael F. Bonnelly, Secretario del Interior y Policía, enviase al Sr Gobernador de la provincia de Bahoruco, con fecha 14 de octubre de 1944, pidiéndole someter, a la mayor brevedad, una terna de candidatos para sustituir al Sr Lowenski Triste Acosta "... por continuar observando una actitud absolutamente inconveniente para el buen desenvolvimiento político y administrativo de esa jurisdicción".
Fue entonces que debí detenerme en esa búsqueda, a todo precio, de una carcajada del Jefe. Porque algo falló en mi aguzado olfato. Lo cierto es que, como quien no quiere, deslicé la última carta del avezado "insumergible de Neyba", como lo llamábamos, fechada recién, el pasado 22 de diciembre de 1945, en la que, sin gota de rubor y a pesar de su trayectoria, el Sr Lowenski Triste Acosta concluía su perorata con las siguientes palabras:
"... Le suplico favorecerme expidiendo mi nombramiento como Síndico Municipal, con lo cual su Excelencia me ayudaría a resolver el problema de la situación de mi familia".
Esperé, en puntillas, tras la puerta el estallido de la carcajada, que nunca llegó, y al cabo de cinco minutos solo escuché los carajos del Jefe, llamándome por mi nombre.
Hoy, con un "insumergible" menos en la nómina, tras verme obligado a tachar su nombre con un trazo rojo, no puedo explicarme si el Jefe durmió mal aquella noche o si empezaba su calvario con la próstata, lo cierto es que al entrar, solo lo escuché musitar aquel nombre, algo extraño, del "insumergible de Neyba".
No hacía falta más.
Tres bostezos cuando lee un documento
es "actuar de inmediato" y un murmurar
un nombre equivale a "mándenle a ese hijo
de puta un raso en servicio especial,
para que acabe de quitármelo de arriba".
Eso hemos aprendido a su lado
durante tantos años.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
El Jefe nos animó, sin decirlo, a conformar y organizar este mecanismo relajante que es ponerle ante sus ojos, cada cierto tiempo, una de aquellas cartas descaradas que "Los Insumergibles" podían mandarle desde cualquier punto del país donde viviesen, porque en rigor, estaban desperdigados por casi todas las provincias, o mejor dicho, casi cada provincia tenía un "insumergible". Aquella primera vez no tuvo más que insinuar, mirando de soslayo, no a la carta que recién acababa de leer, sino a uno de los premios ganados por sus caballos, y que usaba como pisapapel, que "... cada vez que llegue una de estas, me la pasan enseguida, como también las de Fulano, Mengano o Zutanejo, porque son iguales..." No hizo falta más, y como siempre hacíamos, sus más cercanos colaboradores nos quedamos en la oficina hasta bien entrada la madrugada hurgando en aquellas cartas lambonas y cara duras, buscando qué las hacía tan importantes a los ojos del Jefe, si se trataba de remitentes que no ostentaban cargos públicos ni partidistas, no poseían grados militares, ni compartían delaciones ni chismes confidenciales que debían ser conocidos por el Generalísimo. Y nos alumbramos, cuando estábamos casi al tirar la toalla.
En efecto, lo que tenían en común Fulano, Mengano o Zutanejo era una desvergüenza de campeonato, una absoluta falta de sentido común y de sentido del ridículo propio, que les permitía escribir sus misivas, sin remordimiento ni tacto alguno, en las que lo mismo serruchaban el piso a un funcionario envejecido proponiéndose para sustituirlo, o se proclamaban "el único verdadero amigo que el Jefe tiene en este común...". Eran cartas abyectamente pedigüeñas, desaforadamente viles, tanto, que en vez de causar repulsión terminaban provocando carcajadas y el deseo de ver a uno de aquellos bufones en plena actuación circense. Por eso al Jefe les encantaba leerlas y retenía sus nombres, y de vez en cuando, como para subirle la parada a la broma, les concedía lo que pedían. Y venían nuevas carcajadas, y mucho que todos lo agradecíamos, porque si los leones pudiese reír, fuesen menos letales. Lo digo yo.
Todo eso lo tuve en cuenta hoy, por supuesto cuando le pasé la carta fechada el 29 de mayo, en Neyba, provincia de Bahoruco, en la que uno de los más activos "insumergibles", de nombre Lowenski Triste Acosta, le comunicaba que la gente del común pedía a gritos que él fuese nombrado Síndico Municipal, "...porque de lo poquito que se ha hecho en este pueblo, tal como el parque lleva Vuestro Ilustre Nombre, la planta eléctrica, el matadero, los actuales muebles municipales y algunas cositas más, las hice yo...", despidiéndose " con la misma lealtad y afectote de siempre". Como pueden ver, un merenguito, un portento para que el más pinto estallase en carcajadas.
Como teníamos un expediente detallado de cada "insumergible", y como los seguíamos con la misma pasión con que un entomólogo seguiría la trayectoria de un ejemplar único de escarabajo, no me costó trabajo buscar los antecedentes de Lowenski Triste Acosta, de Neyba, comprobando que había entrado en el selecto club con la carcajada que provocase con su carta del 20 de marzo de 1944, en la que relataba al jefe los problemas de salud del Oficial Encargado del Distrito Municipal de la localidad, de nombre Adriano L., los que ya no le permitían "montar a caballo". Por supuesto que tras ese preámbulo, terminaba con "... me permito, con anticipación, solicitarle ese cargo, pues Usted sabe que soy su amigo".
Tras la carcajada y el pasarse la mano por la frente, lo que significaba "concedan a este imbécil lo que pide", el señor Lowenski Triste Acosta fue nombrado en el cargo, sosteniéndose, apenas, durante medio año.
En su expediente, recordé, también figuraba una copia de la que Rafael F. Bonnelly, Secretario del Interior y Policía, enviase al Sr Gobernador de la provincia de Bahoruco, con fecha 14 de octubre de 1944, pidiéndole someter, a la mayor brevedad, una terna de candidatos para sustituir al Sr Lowenski Triste Acosta "... por continuar observando una actitud absolutamente inconveniente para el buen desenvolvimiento político y administrativo de esa jurisdicción".
Fue entonces que debí detenerme en esa búsqueda, a todo precio, de una carcajada del Jefe. Porque algo falló en mi aguzado olfato. Lo cierto es que, como quien no quiere, deslicé la última carta del avezado "insumergible de Neyba", como lo llamábamos, fechada recién, el pasado 22 de diciembre de 1945, en la que, sin gota de rubor y a pesar de su trayectoria, el Sr Lowenski Triste Acosta concluía su perorata con las siguientes palabras:
"... Le suplico favorecerme expidiendo mi nombramiento como Síndico Municipal, con lo cual su Excelencia me ayudaría a resolver el problema de la situación de mi familia".
Esperé, en puntillas, tras la puerta el estallido de la carcajada, que nunca llegó, y al cabo de cinco minutos solo escuché los carajos del Jefe, llamándome por mi nombre.
Hoy, con un "insumergible" menos en la nómina, tras verme obligado a tachar su nombre con un trazo rojo, no puedo explicarme si el Jefe durmió mal aquella noche o si empezaba su calvario con la próstata, lo cierto es que al entrar, solo lo escuché musitar aquel nombre, algo extraño, del "insumergible de Neyba".
No hacía falta más.
Tres bostezos cuando lee un documento
es "actuar de inmediato" y un murmurar
un nombre equivale a "mándenle a ese hijo
de puta un raso en servicio especial,
para que acabe de quitármelo de arriba".
Eso hemos aprendido a su lado
durante tantos años.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.