Y pensar que estamos en el siglo XXI
Palabras desesperadas, despojadas de pretextos y diseminadas urbi et orbe con la intención deliberada de insubordinar a la conciencia internacional, si es que existe, para que indignada y en acción solidaria evite que una rémora del Medioevo continúe: la lapidación de mujeres. Dos hijos, dos voces de hermanos al unísono: "Hoy extendemos nuestras manos a la gente de todo el mundo. Hace ya cinco años que vivimos asustados y aterrorizados, despojados del amor maternal. ¿Puede el mundo ser tan cruel hasta el punto de observar esta catástrofe sin hacer nada?"
La causa de Sakineh Mohammadi Ashtiana, condenada en Irán a morir en la ignominia y el dolor extremo por adulterio, es la de todo aquel que crea en la justicia, en la igualdad, en fin, en los derechos humanos más básicos. Lo suyo es una tragedia injustificada, en contradicción total con un siglo que ha superado las ideologías y roto las fronteras de los dogmas. En apariencia tan solo, porque esos rincones de ferocidad, de intolerancia y prejuicios asentados con firmeza contra todo lo que luzca diferente, contra todo el que ose ser diferente, se reproducen por doquier. No somos los dominicanos, lamentablemente, la excepción.
La lapidación es una práctica horrenda, una muestra de crueldad incalificable asociada con tradiciones tribales del Oriente Medio anteriores al Islam y que, paradójicamente, no valida el Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Se practicaba en la antigüedad precristiana en Judea, como se desprende de la narración evangélica sobre Jesús y su reacción ante el castigo que se impondría a la mujer adúltera. Como prescripción de castigo aparece en una suerte de evangelio apócrifo llamado Hadith, posterior a la muerte del Profeta, Mahoma, y que supuestamente recoge sus enseñanzas. Tras la revolución fundamentalista islámica que abatió la dictadura pro occidental del Sha, la lapidación fue consignada en el Código Penal como pena para el adulterio, de acuerdo a la ley islámica sharia.
Curiosamente, el parlamento afgano aprobó recientemente la sharia, con la consecuente imposición del apartheid femenino y la total subordinación al hombre, sus reclamos sexuales incluidos. Bajo ese manto legal, se relega la mujer a las tareas hogareñas, se la excluye de determinadas profesiones liberales y se la coloca en condición de inferioridad en el divorcio y la custodia de los hijos. Y mientras a la mujer se la obliga a la fidelidad, al hombre se le permite hasta cuatro mujeres.
Es en ese mismo Afganistán donde soldados occidentales tratan de imponer la democracia a punta de fusil, y donde un presidente electo firmó la legislación que devuelve la mujer al infierno de los talibanes, descrito con realismo por Laura Bush, la esposa del ex presidente norteamericano, en sus memorias, "Spoken from the heart", y quien asumió con vehemencia comprensible la defensa de los derechos de las afganas.
A Sakineh la acusaron de mantener "relaciones ilícitas" con dos hombres y condenaron a 99 latigazos. Cómo sobrevivió al castigo, ejecutado en presencia del hijo mayor que rehusó abandonar a la madre en momento tan supremo, es ya sorprendente. Luego, los cargos cambiaron a asociación criminal para, con uno de los alegados amantes, asesinar al esposo. Declarada inocente, pero encontrada culpable de adulterio por tres de cinco jueces, fue sentenciada a morir apedreada. Dos veces condenada y juzgada por lo mismo, pese a que ni siquiera habla y entiende bien el farsi dada su pertenencia a una etnia turca. La inobservancia del principio del non bis in idem es la estampa del subdesarrollo y de la anemia de las instituciones, como en su oportunidad se ha visto en el trópico dominicano. De sus 43 años, cinco los lleva Sakineh encerrada. Agotadas ya todas sus posibilidades judiciales, cada día es la antesala de una muerte horrible, extremadamente cruel.
Al menos tiene la solidaridad de sus hijos, atrapados junto a ella en el laberinto kafkiano de la justicia iraní, cada vez más imposible e inflexible. Sólo resta una opción, y es que una de las altísimas cuatro autoridades clericales y civiles conmute la sentencia. Los pronósticos no son buenos, si se parte de la inutilidad de los esfuerzos filiales en su trajinar por media geografía iraní llevando cartas y peticiones que nadie lee ni escucha. La mala suerte está echada, y la única esperanza es el mundo al que han tocado vía la internet y los medios de comunicación internacionales.
Las reacciones son ya muchas y algunas conllevan mucho peso. Como las del Foreign Office británico, de la jefa de Política Exterior de la Unión Europea, Amnesty International, del Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, del Congreso de los Estados Unidos y de toda una constelación de celebridades.
Sakineh no debería morir apedreada, porque se supone que el Irán rehén de una autoproclamada ortodoxia musulmana y de una teocracia de antiguallas, decretó en el 2002 una moratoria en las lapidaciones ante la imposibilidad de contener el horror provocado por las noticias que se filtraban sobre ejecuciones en villorrios apartados.
En ese círculo de fanatismo y desprecio a la mujer, la antigua Persia no orbita sin compañía. También en Arabia Saudita, parte de Pakistán, Nigeria y Somalia existe la lapidación. Pero, como informa "The Times", que ha llevado la voz cantante en el coro contra ese oprobio, Irán "es el campeón de este acto supremamente bárbaro". Se calcula que centenares de alegados adúlteros han sufrido el castigo atroz después que los mulás tomaran el poder en 1979.
Allí la pena de muerte se aplica hasta a menores y es sentencia común por cargos propios de la Inquisición, como la apostasía. El ahorcamiento, por ejemplo, se lleva a cabo levantando a la víctima con una grúa para conseguir que la muerte sea por asfixia y por tanto más larga y dolorosa y no instantánea como ocurre con la horca común.
Uno de esos episodios, ventilado por un periodista franco-persa, es la base de uno de los filmes más impactantes y angustiosos que he visto, llevado el argumento con agilidad y destreza estética por un grupo de actores cuya nacionalidad iraní denota la intención veraz del director: "La lapidación de Soraya M" (The stoning of Soraya M).
El calvario de Soraya y Sakineh es la consecuencia lógica del prejuicio acendrado contra la mujer que aún persiste en nuestros días, y que en algunos países ha mutado en leyes bárbaras observadas sin escrúpulos y adaptadas a la medida de un machismo ancestral. En esas cortes no hay representación femenina y basta la "sabiduría" de los jueces para prescindir de pruebas y argumentaciones. La presunción de inocencia es inexistente. Soraya, como en otros casos documentados, fue la víctima de un matrimonio decidido por otros. Cuando el esposo quiso divorciarse para esposar a una joven de padre acomodado, no encontró camino más expedito que una acusación de adulterio, totalmente infundada pero corroborada por la autoridad religiosa de la aldea. Inocente y abandonada por unos hijos influenciados perversamente por el padre, murió lapidada. En esas cortes de infamia, el testimonio de la mujer vale la mitad del masculino.
Las escenas dramáticas de la lapidación de Soraya M no están restringidas a la magia del cine. Pueden encontrarse otras similares en la internet. Y hasta en el suplicio prevalece la duplicidad. Quien logre escapar del hoyo en que se le aprisiona para ser apedreado, queda en libertad. A la mujer se la entierra hasta el pecho; al hombre, hasta la cintura. Como es común en toda farsa, el ritual importa más que el hecho. A la mujer se la baña primero y se la recubre de un manto blanco. Incluso el tamaño de las piedras asesinas, el número de apedreadores y a la distancia que deben colocarse del acusado están reglamentados. El artículo 104 establece que las piedras no pueden ser tan grandes que maten al acusado de uno o dos golpes, o tan pequeñas como para no ser consideradas piedras.
La ejecución se lleva a cabo en público y los jueces y testigos lanzan los primeros proyectiles. El final de espanto sobreviene después de 20 ó 30 minutos, con la cabeza del reo grotescamente desfigurada y el cerebro destruido por las concusiones. Más que castigo es una tortura, endurecida por el escarnio, la anticipación del sufrimiento extremo y saber que entre los verdugos, como se retrata con fidelidad en "La lapidación de Soraya M", están vecinos y amigos de toda la vida. Destino final para el que no hay consuelo, y sí la incertidumbre de muchos porqués cuando el condenado se sabe inocente.
Curiosamente, el parlamento afgano aprobó recientemente la sharia, con la consecuente imposición del apartheid femenino y la total subordinación al hombre, sus reclamos sexuales incluidos. Bajo ese manto legal, se relega la mujer a las tareas hogareñas, se la excluye de determinadas profesiones liberales y se la coloca en condición de inferioridad en el divorcio y la custodia de los hijos. Y mientras a la mujer se la obliga a la fidelidad, al hombre se le permite hasta cuatro mujeres.
Es en ese mismo Afganistán donde soldados occidentales tratan de imponer la democracia a punta de fusil, y donde un presidente electo firmó la legislación que devuelve la mujer al infierno de los talibanes, descrito con realismo por Laura Bush, la esposa del ex presidente norteamericano, en sus memorias, "Spoken from the heart", y quien asumió con vehemencia comprensible la defensa de los derechos de las afganas.
A Sakineh la acusaron de mantener "relaciones ilícitas" con dos hombres y condenaron a 99 latigazos. Cómo sobrevivió al castigo, ejecutado en presencia del hijo mayor que rehusó abandonar a la madre en momento tan supremo, es ya sorprendente. Luego, los cargos cambiaron a asociación criminal para, con uno de los alegados amantes, asesinar al esposo. Declarada inocente, pero encontrada culpable de adulterio por tres de cinco jueces, fue sentenciada a morir apedreada. Dos veces condenada y juzgada por lo mismo, pese a que ni siquiera habla y entiende bien el farsi dada su pertenencia a una etnia turca. La inobservancia del principio del non bis in idem es la estampa del subdesarrollo y de la anemia de las instituciones, como en su oportunidad se ha visto en el trópico dominicano. De sus 43 años, cinco los lleva Sakineh encerrada. Agotadas ya todas sus posibilidades judiciales, cada día es la antesala de una muerte horrible, extremadamente cruel.
Al menos tiene la solidaridad de sus hijos, atrapados junto a ella en el laberinto kafkiano de la justicia iraní, cada vez más imposible e inflexible. Sólo resta una opción, y es que una de las altísimas cuatro autoridades clericales y civiles conmute la sentencia. Los pronósticos no son buenos, si se parte de la inutilidad de los esfuerzos filiales en su trajinar por media geografía iraní llevando cartas y peticiones que nadie lee ni escucha. La mala suerte está echada, y la única esperanza es el mundo al que han tocado vía la internet y los medios de comunicación internacionales.
Las reacciones son ya muchas y algunas conllevan mucho peso. Como las del Foreign Office británico, de la jefa de Política Exterior de la Unión Europea, Amnesty International, del Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, del Congreso de los Estados Unidos y de toda una constelación de celebridades.
Sakineh no debería morir apedreada, porque se supone que el Irán rehén de una autoproclamada ortodoxia musulmana y de una teocracia de antiguallas, decretó en el 2002 una moratoria en las lapidaciones ante la imposibilidad de contener el horror provocado por las noticias que se filtraban sobre ejecuciones en villorrios apartados.
En ese círculo de fanatismo y desprecio a la mujer, la antigua Persia no orbita sin compañía. También en Arabia Saudita, parte de Pakistán, Nigeria y Somalia existe la lapidación. Pero, como informa "The Times", que ha llevado la voz cantante en el coro contra ese oprobio, Irán "es el campeón de este acto supremamente bárbaro". Se calcula que centenares de alegados adúlteros han sufrido el castigo atroz después que los mulás tomaran el poder en 1979.
Allí la pena de muerte se aplica hasta a menores y es sentencia común por cargos propios de la Inquisición, como la apostasía. El ahorcamiento, por ejemplo, se lleva a cabo levantando a la víctima con una grúa para conseguir que la muerte sea por asfixia y por tanto más larga y dolorosa y no instantánea como ocurre con la horca común.
Uno de esos episodios, ventilado por un periodista franco-persa, es la base de uno de los filmes más impactantes y angustiosos que he visto, llevado el argumento con agilidad y destreza estética por un grupo de actores cuya nacionalidad iraní denota la intención veraz del director: "La lapidación de Soraya M" (The stoning of Soraya M).
El calvario de Soraya y Sakineh es la consecuencia lógica del prejuicio acendrado contra la mujer que aún persiste en nuestros días, y que en algunos países ha mutado en leyes bárbaras observadas sin escrúpulos y adaptadas a la medida de un machismo ancestral. En esas cortes no hay representación femenina y basta la "sabiduría" de los jueces para prescindir de pruebas y argumentaciones. La presunción de inocencia es inexistente. Soraya, como en otros casos documentados, fue la víctima de un matrimonio decidido por otros. Cuando el esposo quiso divorciarse para esposar a una joven de padre acomodado, no encontró camino más expedito que una acusación de adulterio, totalmente infundada pero corroborada por la autoridad religiosa de la aldea. Inocente y abandonada por unos hijos influenciados perversamente por el padre, murió lapidada. En esas cortes de infamia, el testimonio de la mujer vale la mitad del masculino.
Las escenas dramáticas de la lapidación de Soraya M no están restringidas a la magia del cine. Pueden encontrarse otras similares en la internet. Y hasta en el suplicio prevalece la duplicidad. Quien logre escapar del hoyo en que se le aprisiona para ser apedreado, queda en libertad. A la mujer se la entierra hasta el pecho; al hombre, hasta la cintura. Como es común en toda farsa, el ritual importa más que el hecho. A la mujer se la baña primero y se la recubre de un manto blanco. Incluso el tamaño de las piedras asesinas, el número de apedreadores y a la distancia que deben colocarse del acusado están reglamentados. El artículo 104 establece que las piedras no pueden ser tan grandes que maten al acusado de uno o dos golpes, o tan pequeñas como para no ser consideradas piedras.
La ejecución se lleva a cabo en público y los jueces y testigos lanzan los primeros proyectiles. El final de espanto sobreviene después de 20 ó 30 minutos, con la cabeza del reo grotescamente desfigurada y el cerebro destruido por las concusiones. Más que castigo es una tortura, endurecida por el escarnio, la anticipación del sufrimiento extremo y saber que entre los verdugos, como se retrata con fidelidad en "La lapidación de Soraya M", están vecinos y amigos de toda la vida. Destino final para el que no hay consuelo, y sí la incertidumbre de muchos porqués cuando el condenado se sabe inocente.
Y pensar que estamos en el siglo XXI.
La lapidación es una práctica horrenda, una muestra
de crueldad incalificable asociada con tradiciones
tribales del Oriente Medio anteriores al Islam y que,
paradójicamente, no valida el Corán, el libro sagrado
de los musulmanes. Se practicaba en la antigüedad
precristiana en Judea, como se desprende
de la narración evangélica sobre Jesús.
de crueldad incalificable asociada con tradiciones
tribales del Oriente Medio anteriores al Islam y que,
paradójicamente, no valida el Corán, el libro sagrado
de los musulmanes. Se practicaba en la antigüedad
precristiana en Judea, como se desprende
de la narración evangélica sobre Jesús.
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