Los ríos y los bosques
Hace muchos años, Don Enrique Armenteros concibió a través de la Fundación Progressio un hermoso proyecto al que, para infortunio de todos, no se le hizo caso, como suele suceder con las iniciativas buenas y desinteresadas.
En efecto, en 1987 propuso la ejecución de un plan nacional de reforestación mediante el cual el Estado efectuaría una inversión de RD$482 millones, en un plazo de nueve años consecutivos, con objeto de enfrentar la demanda de leña y carbón vegetal, de madera para pulpa y papel, y de madera aserrada. El objetivo era impulsar simultáneamente la protección de las cuencas hidrográficas y el desarrollo forestal.
Si ese plan se hubiera ejecutado, sus principales resultados hubieran sido, según los autores del estudio, “la creación de 26,000 empleos directos, una contribución potencial al PBI a precios de mercado de unos 570 millones de dólares y un ahorro de divisas del orden de los 191 millones de dólares al año.”
Ese proyecto fue la concepción de un visionario, que ha dedicado su vida a sembrar consciencia sobre la importancia de la preservación de las fuentes de agua, y aglutinó en ese propósito a un grupo de expertos inspirados. Desafortunadamente, no se les tuvo en cuenta.
Los enquistados en los centros de decisión optaron por construir obras multimillonarias como presas y centrales hidroeléctricas contando con disponer de manantiales inagotables, pero olvidaron cuidar con celo extremo al hado verde de las montañas e invertir en el bosque, que es la fuente de todas las aguas y maestro en el control de la erosión.
Como consecuencia, ha habido inversiones costosísimas en presas que han endeudado al país y enriquecido a los consorcios constructores y a sus socios locales, obras que no embalsan agua ni generan energía en la cantidad prevista; complejos hidroeléctricos cuyos cauces llenos de lodo pueden recorrerse caminando sin mojarse los pies; y ríos que al languidecer anuncian la sequía pavorosa, la falta de agua que amenaza con hacer insostenible la vida en esta martirizada tierra dominicana.
Este dominicano insigne vuelve a atormentar nuestra consciencia 28 años después de aquella propuesta, y nos recuerda que: “sin bosques no hay agua; sin bosques se sedimentan las presas; sin bosques se irán agotando los acueductos; sin bosques se irán secando los pozos y las corrientes subterráneas que los alimentan. Con bosques se atenuarían las inundaciones. Esa es la verdad. La lluvia es hija del bosque, no de las nubes.”
Cuanta razón tenía la Dirección Nacional de Parques cuando al publicar el folleto Se acaban nuestros ríos, aludiendo al río Inoa, decía que en 1942 medía 40 metros de ancho cerca de San José de las Matas pero se había reducido a un hilo de agua de solo tres metros porque “al desaparecer los árboles se acabó el Inoa como río.”
Y, decimos nosotros que puede comprobarse que se están acabando los bosques y con ellos todos los demás cursos de agua. Ya bien pudiera decirse que no existen ni el Yaque, ni el Yuna, ni el Camú. Son apenas caricaturas de lo que fueron. Y han desaparecido cientos de arroyos y fuentes de agua.
Por eso, Don Enrique, tejiendo de manera incansable sus pensamientos contraataca de nuevo advirtiendo que “es necesario pensar en un Pacto por el Bosque y el Agua. Ese no es un problema de un gobierno, de un grupo social o económico o de una generación. Se trata de una verdadera prioridad nacional, alrededor de la cual han de girar todas las voluntades y todos los recursos del pueblo dominicano. Seguirlo ignorando o seguir esperando soluciones fantásticas no es más que contribuir a empeorar la situación.”
Es cierto que al poner la mano sobre la llaga purulenta este buen señor expresó su desesperanza y frustración al afirmar que “los dominicanos no podemos sentirnos orgullosos de lo que a lo largo de todos estos años hemos hecho por la naturaleza. Más bien debíamos sentirnos avergonzados porque, al no hacer lo que debíamos, hemos permitido que el problema haya seguido creciendo…”.
A pesar de eso, quien escribe alberga ahora la ilusión, pues los sueños nunca deben abandonar a los seres humanos, de que pudiera ser que esos mismos dominicanos y sus dirigentes estuvieren dispuestos, ante la dimensión del daño ya causado, a asumir el reto, rehacerse de esa pesadilla e iniciar el camino de la renovación forestal.
En apoyo de esa línea de pensamiento, pedimos a las autoridades que retomen la propuesta de la Fundación Progressio, rehagan los cálculos y comiencen a ejecutar con carácter de urgencia este proyecto tan singular, que permitiría que en el horizonte lejano el país volviera a ser sostenible en términos de recursos de agua.
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