Cría pulpos...
La “Operación Antipulpo” ha conmocionado a la sociedad dominicana, por la cercanía de los implicados con el pasado presidente Danilo Medina y por la proximidad con la llegada de una nueva administación al poder. El escándalo recién comienza y sus implicaciones son insospechadas, por lo que restan largos meses de jaleo para que las aguas se aclaren y se conozca la profundidad de estas acusaciones.
Que dos hermanos del expresidente Danilo Medina estén implicados, según sostienen los fiscales, da a este culebrón de corrupción un sazón particular, y deja sobre la mesa la posibilidad de que el exmandatario sea pieza angular en el juicio, sin importar cuál sea su rol en la trama.
Pero si bien la “Operación Antipulpo” es todo un escándalo, lo cierto es que este tipo de maniobra no es un tema exclusivo de la República Domicana. La vinculación de figuras cercanas a los presidentes o de los propios gobernantes a esquemas corruptos se ha tornado en una realidad pasmosamente cotidiana en todo el Hemisferio.
El principal móvil de este fenómeno, que atenta con erosionar para siempre las bases de la democracia es el deseo de permanecer en la cúpula del Gobierno para contar con recursos inagotables que permitan despacharse con la cuchara grande a quienes financian o trabajan para las campañas políticas. El corazón de esta desgracia está localizado en los partidos políticos, que más que cumplir con su deber ideológico, se han convertido en focos de enriquecimiento ilícito y desmedidodesde Canadá hasta Argentina.
El problema, claro está, no son los partidos ni el sistema político en sí mismo, son quienes lo administran, los seres humanos que han decidido convertirse en una clase que se olvida de su compromiso con la honestidad y ve en la oportunidad de gobernar la entrada a una cuenta de banco que garantizará su futuro por siempre.
Ahí es donde está el desafío colectivo a corto plazo: iniciar la reforma de los valores de esa claque política. Se hace imperativo hacerle entender que el Gobierno está para servir y no para ser servido, porque si no, les pasará lo que les ocurre a los pulpos, que se tornan arrogantes y acaban asados sobre leña o servidos a la gallega.
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