Sin corruptos predilectos
Para que el adecentamiento de la vida pública gane cuerpo, la anticorrupción no debe tener culpables predilectos ni fines políticos partidistas. La politización desacredita esa noble causa y acrecienta el descreimiento, lo que ha ocurrido con el caso Odebrecht, que en diciembre próximo cumplirá el primer año de haber explotado, una fecha propicia para el balance y para preguntar qué se ha ganado. Las respuestas vendrían diversas, pero es poco probable que la mayoritaria sea que se ha avanzado en términos de institucionalidad. Creo que en la lucha contra la corrupción seguimos en un círculo vicioso, porque está al servicio de intereses particulares y porque la lideran falsos pontificadores sobre moralidad pública.
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