Tertulia, brisca y política
A las 12:15 apagué el motor del cuatro por cuatro. Escalar las escabrosas montañas hacia La Jagüita no es igual que hace tres o cuatro décadas. Salí del vehículo y bajo el follaje de los árboles de anacahuita, guanábana e higüero tomé asiento para disfrutar del viento frío que para estas fechas dispensa al visitante aquel paraje de San Cristóbal, ubicado a una altura que sobrepasa los 800 pies sobre el nivel del mar.
En el año 2006, todavía los lugareños no conocían la energía eléctrica. El agua de consumo humano aún se busca en norias cercanas a los arroyuelos. El nivel freático de las aguas es profundo y ha hecho fracasar los esfuerzos para extraer agua de pozos.
Como acontece desde tiempos remotos, la historia de los pueblos da cuenta de que la presencia de un extraño es una novedad, pues de acuerdo con la creencia, los foráneos traen historias nuevas sobre acontecimientos lejanos o cercanos. Quien deja tras si el polvo del camino, carga consigo buenas o malas nuevas, interpretaciones de la realidad distintas a las que se hacen localmente los campesinos, en medio de una mano de cartas o de brisca. Da igual cuál de ellas se prefiera jugar porque las dos buscan matar el ocio.
Desde que me acomodé en la silla de guanos, se colocaron en mi entorno hombres y mujeres del pedazo y, aunque en aquel paraje hace seis años un signo de civilización entró por los cables del tendido eléctrico, y donde los celulares inteligentes y los video juegos andan de mano en mano entre adultos y niños, las historias contadas por los recién llegados siguen siendo interesantes.
Para llegar hasta las escarpadas lomas de La Jagüita no es tan complicado como en los tiempos de mis antepasados. En los días de mercado- se recuerda entre conversación y chiste-, que los productores de aquí recorrían en mulos los abruptos caminos, serpenteando arbustos y fango, dejando atrás los caminos tortuosos hasta llegar al mercado de San Cristóbal a vender sus productos.
Peté cuenta que aquellos eran tiempos difíciles no solo por el estado de los caminos vecinales, y que nadie se atrevía a quemar una goma para exigir su arreglo, como ocurre de un tiempo a esta parte. Las vías de acceso se hacían con pico y pala por parte de cuadrillas de hombres contratadas por el gobierno.
Cuando el anfitrión pone a correr su película sobre el tiempo pasado, un vecino pasa por el frente agarrado de la punta de una soga, mientras del otro extremo hala una vaca que brama con angustia desesperante. Su bramido retumba en los más apartados rincones de aquellas lomas donde el silencio erigió un imperio imperturbable, solo matizado por los cantos de las aves. Vuelve a escucharse el lamento del animal, que no deja de transmitir al extraño una sensación de sufrimiento.
-¿Por qué brama la vaca?, se le preguntó al campesino. El hombre hizo una pausa y giró la atención hacia nosotros, con la cortesía del campesino, del hombre de campo, para responder:
-Es que dejé su becerro en el corral amarrado y la traje a pastar. La retornaré mañana al corral donde está su cría y dejará de bramar.
El primero en tomar la palabra luego de aquella lección sobre el bramido de la vaca fue José de la Rosa, un campesino de poco más de 60 años que, según dice, no conoce la Capital.
-Dígame usted que está al lado del hombre, ¿Leonel va en el 16?
-Jajajajaja-, me reí para botar el golpe con la pregunta que hizo José. Usted no pierde tiempo, le dije.
-¿Por qué, soy indiscreto?
-No se trata de indiscreción, sino de tiempo y circunstancias.
José no volvió a formular una pregunta de esa naturaleza, pero otro de los participantes me la dejó caer cuando me sacó aparte para hablar de otros asuntos.
Un balance de las obras realizadas en La Jagüita y de las facilidades en programas sociales implementados, resultó positivo para la administración peledeísta. Para estas familias la Tarjeta Solidaridad, el Bono-luz y el Seguro Nacional de Salud han venido a resolver un problema crucial para ellos y sus hijos.
Los programas sociales no se reducen a una caja de productos, que les llega a través del Plan Social de la Presidencia, sino por estos otros programas. Pregonar, pues, en estas lomas que se supriman los programas sociales es un soberano disparate. Y si lo dices y te descuida, te pican. Para el pequeño burgués que tiene sus problemas de educación, salud, trabajo y alimentación resueltos es cómodo plantearlo.
No es noticia para nadie, por otra parte, que la educación saca de la pobreza a la gente, pero mientras se llenan esas expectativas, los programas sociales resuelven lo del presente, sin que nos olvidemos del futuro. Si Leonel Fernández hubiese hecho caso a las voces agoreras que, en 1996, lo criticaron por los laboratorios de computadoras en las escuelas públicas, debido a que no teníamos resuelto el problema energético, a estas altura tuviéramos un ejército de analfabetos digitales. Y entonces, ésa fuera la crítica.
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