Testigos de la Historia

Era un lunes "cimarrón" en República Dominicana, dado que una legislación dispuso que los días feriados se trasladaran para el lunes o el viernes, como forma de quitarlo de en medio de la semana. El 26 de enero de cada año es una fecha de dominicanidad, pero en este año se arribó al natalicio 199 de Juan Pablo Duarte, convertido en feriado por ley, no el jueves 26, sino el lunes 30.

En la República vecina, poco después de las diez de la mañana, el sol brillaba y calentaba con la intensidad que suele hacerlo en los climas tropicales y caribeños. Puerto Príncipe, capital haitiana, inició muy temprano la faena de un día laboral.

Como paradoja, mientras nuestro viaje transcurría en el marco de las celebraciones propias del natalicio del artífice de la epopeya independentista dominicana, contra el dominio de 22 años de los vecinos haitianos, dos periodistas en licencia nos encontrábamos -ese lunes- inmerso en los avatares haitianos.

El regreso de aquel viaje de tres días no se produjo por la ruta fronteriza de Jimaní, provincia Independencia, bordeando el lago Azuei o Saumatre, nuestra puerta de entrada el viernes, sino por los caminos que llevan a la zona Sur de la parte Central de Haití, territorios fronterizos con Elías Piña.

El Ministro Consejero de la Embajada dominicana en Haití, el colega y amigo Pastor Vásquez, fue el compañero de viaje ideal, no solo porque es un buen tercio para conversaciones teóricas, sino que habla el francés y creole.

Salir de aquella capital un primer día de trabajo resulta una proeza, no solo porque el tránsito es caótico, sino porque los conductores deben cuidar de los transeúntes, que no tienen espacios en las aceras porque el mercado informal se adueñó de ellas.

Una mujer -me cuenta Pastor Vásquez- es la que lucha denodadamente desde la alcaldía de Petion Ville, con el fin de cambiar el rostro de aquellos cerros sembrados de mansiones, y de casuchas permitidas por el gobierno de Jean Bertrand Aristide. La alcaldesa Claire Mare Parent batalla con una población con bajos niveles educativos y recursos limitados en su afán de que el sector presente un mejor rostro.

Cuando llegamos a la rotonda en Croix-Des-Bouquets, Pastor me indica que debo girar a la izquierda para tomar a Montcabrer (Monte Cabrito), unas montañas "afeitadas" por la depredación humana.

En nuestro camino hacia la frontera de Belladère-Elías Piña, chiquitines y adolescentes van hacia sus escuelas con uniformes de colores disímiles. Niños y niñas que no hace tiempo dejaron de gatear, enfundados en ropas de llamativos colores, transitan en el ruedo de aquellas carreteras, donde los conductores amenazaban sus vidas por la velocidad de su desplazamiento.

El trazado y construcción de la carretera Montcabrer es de aparente calidad, permitiéndonos escalar unos 700 pies sobre el nivel del mar y contemplar el valle que se extiende hasta la Capital. El borde de precipicios rocosos convierte aquel camino en un deleite.

Cuando se llega a Ond Cheval (A Caballo), a orillas de la carretera, un cementerio centenario guarda con dignidad los huesos de quienes dejaron esta vida.

Nuestros ojos comprobaron más adelante que otros camposantos son rigurosamente respetados, cuya razón la explica el hecho de que buena parte de los haitianos practica el vudú, una costumbre religiosa con raíces en los pobladores traídos de Africa, según la cual los sacerdotes vudú tienen la capacidad de revivir a los difuntos y provocar la muerte.

Rodeado de casas con techos de cana, los vecinos de aquella comunidad ubicada a 21 kilómetros de Puerto Príncipe, cuidan a sus muertos como a los vivos. Los nichos, a pesar de su antigüedad, conservan intactas sus estructuras en blocks y cemento, tapiado el suelo de grama.

Aunque una parte de las verjas cayó por el peso del tiempo, los muchachos que pasan por ramilletes hacia las escuelas, son incapaces de tocar los cimientos que protegen los huesos de sus antepasados.

Por los senderos que avanzan hacia la frontera con Elías Piña, "Azaka", el Dios de los cultivos agrícolas en la religión vudú, no toma vacaciones: Diferente al 98 por ciento del territorio haitiano, que se encuentra desértico, estas zonas son más aptas para vivir por la cantidad de árboles y agricultura que conserva, al extremo de que la vegetación es similar a la de República Dominicana.

Para los campesinos, "Azaka" - una deidad que forma parte del sincretismo haitiano- tiene su magia especial en esta zona. Se puede percibir en todo el camino, pasando por Dessoutce, Tomazeau, Marceline Mare Rouge, Mirebelais, Las Cahobas, Dos Bois Rouge y, finalmente, en Belladère, la abundancia de agua, que hace florecer los cultivos de plátanos y otros rubros.

La placidez de todo el trayecto se vuelve añicos después de Las Cahobas, un poblado donde el presidente haitiano Charles Gérard, el 12 de marzo de 1844, lanzó la proclama de reconquista del territorio dominicano, liberado por los fundadores de la República, y en ese momento bajo el control de la Junta Central Gubernativa. Desde ahí hasta Elías Piña, se anda en un camino vecinal pésimo.

Se recuerda que quien haría frente al intento del presidente Gérard de llegar hasta las puertas de Santo Domingo, fue nada más y nada menos que Pedro Santana, un dominicano nacido en Hinche, la capital del Departamento Centro haitiano, y cuna de Carlomagno Peralte, uno de los líderes que se opuso a la primera invasión americana de 1915.

Pastor Vásquez comentó que cuando España firmó con Francia el Tratado de Basilea, no pocos dominico-españoles quedaron atrapados en Hinche sin poder volver a la parte Este de isla.

Un viaje extenuante por la distancia, pero lleno de nuevas experiencias, de expectativas acerca de un reencuentro con la historia, en los pueblos que le sirvieron de testigos.