Adefesio delicioso

Este es un llamado a despertar sus sentidos. Coman lo que les guste. Beban lo que les plazca. La moda marca tendencias, pero raras veces define paladares.

Ya no es suficiente para un chef tener el toque.
Tengo que admitir que la línea que separa la locura de la genialidad es cada vez más fina. Ya no es suficiente para un chef tener "el toque". El chef de hoy debe de ser ingeniero, arquitecto, escultor, pintor y hasta un poco malabarista (aunque no tanto como los pobres camareros que deben llegar de la cocina a la mesa sin estropear la obra del artista).

La decoración, que antes se limitaba a un poco de perejil rizado, se ha convertido en una selva de puerro frito por la cual el comensal debe hurgar un buen rato antes de encontrar lo que realmente ha ordenado. Cada día aparecen más personas en busca de lo exótico, de nuevas experiencias culinarias que estimulen sus sentidos, de platos con ingredientes asiáticos que no sepan pronunciar y productos que, hasta ahora, habían sido reservados para zares, reyes y emperadores.

¡Fenómeno! Soy de los que piensan que la apertura de mercados y culturas, conjugados con una globalización imparable, ha resultado en una diversificación inimaginable en los mercados gastronómicos.

Nuestra oferta culinaria ha pasado de ser meramente italiana, española y algo francesa, a tener un sinnúmero de opciones internacionales y regionales capaces de satisfacer los más exigentes paladares, tanto en ingredientes y platos como en vinos y bebidas espirituosas.

El problema, sin embargo, no está en la variedad ni en los métodos, mucho menos en su origen; el problema radica en cómo evaluamos esa oferta gastronómica. Originalidad, colorido, nombre o renombre, nivel de dificultad, moda del restaurante, todos puntos válidos para evaluar un plato siempre y cuando no se nos olvide el más importante de los factores: el sabor. Quienes han tenido la suerte de probar un suculento foie gras preparado vuelta y vuelta en una sartén al rojo vivo, rociado libremente con puerro fino recién cortado, sobre un brioche horneado y unas finas líneas de balsámico reducido, saben a lo que me refiero. También lo conocen, debo de admitir, aquellos que se han parado en El Boricua a degustar un buen trozo de chicharrón de cerdo acabado de preparar y acompañado de varios trozos de casabe frotados con ajo y rociados con aceite de oliva. Lo cierto es que a nuestro paladar no le importa quién esta sentado en la mesa de al lado, tampoco lo que lleva puesto ni en qué carro anda. No sabe si estás en La Línea comiendo chivo o en el mejor restaurante de París.

Este es un llamado a despertar sus sentidos. Coman lo que les guste. Beban lo que les plazca. La moda marca tendencias, pero raras veces define paladares. Al que le gusta lo Thai no necesariamente le va lo nuevo latino. Al que bebe tragos no se le debe de obligar a consumir vino. Lo más importante es mantenerse fiel a sus ideales y a sus gustos. El ser humano es el único animal que come y bebe por placer. Siendo esto así, ¿no creen ustedes que la experiencia debería ser placentera?