Infinidad de matices

Muchas veces hemos hablado de eso que se llama la economía de la lengua. Nuestro idioma aprovecha sus recursos al máximo para sacarles todo el partido posible. Hay tantas cosas que decir, con infinidad de matices, pero disponemos de un número finito de elementos para decirlas. Así que la lengua se saca del sombrero la recategorización, un proceso que hace que las palabras puedan realizar funciones que en un principio no les correspondían.

Un sustantivo se pone a trabajar como adjetivo y se comporta como tal: La doña está piedra. Piedra es un sustantivo femenino que el DLE define como ‘sustancia mineral, más o menos dura y compacta’, pero, en el ejemplo, piedra está usado como adjetivo. Las características propias de la piedra se aplican para describir a una persona. Es un sustantivo que se ha recategorizado como adjetivo. También sucede muy frecuentemente a la inversa. Un adjetivo funciona como sustantivo: Los prudentes son moderados y cautos. En este ejemplo prudente es un adjetivo que utilizamos como si se tratara de un sustantivo.

Este proceso puede darse incluso dentro de la misma clase de palabras; por ejemplo, entre sustantivos de distinto tipo. Existen los nombres no contables, que usamos para designar sustancias que no se pueden contar pero sí medir, como cerveza o vino; pero la lengua, sabia, nos deja pedir tres cervecitas y tres vinitos. O a la inversa, nos permite convertir nombres contables en no contables: Es mucha mujer para ese trabajo. Y es que nuestra lengua es mucha lengua.

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