Bondad de la maleza y utilidad de las alimañas
Si nos encantan las mariposas, también tenemos que ser tolerantes con los "gusanos"
Santo Domingo. En el artículo anterior hablé de lo contundentes e inmediatos que resultan los daños que producen los animales silvestres que calificamos de "alimañas", y lo difícil que es apreciar los beneficios que nos dejan. Me referí, también, al hecho de que a veces eliminamos en nuestros hogares "alimañas" beneficiosas que son las que controlan las dañinas.
No estoy sugiriendo, desde luego, que debamos criar sapos y culebras como mascotas para tales fines. La ranita Clotilde, de la que hablaba la semana pasada, no está cautiva. Vive en mi casa, que es la suya, pero entra y sale con toda libertad. Es sólo un ejemplo de los beneficios que obtenemos si convivimos con la biodiversidad que nos circunda.
Con las "plagas" o "alimañas" sucede lo mismo que con la "maleza", no las podemos ver como tales en términos absolutos, sino que debemos evaluarlas en los diferentes ecosistemas en que operan. El mejor ejemplo es el de las termitas o comején. Cuando estos insectos se introducen en las viviendas, constituyen una verdadera calamidad ya que pueden destruir los muebles, los marcos de las puertas y todo lo que haya de madera en la casa.
Sin embargo, un nido de comején en un bosque o monte juega un papel de primerísimo orden, pues por la capacidad de estos insectos de desdoblar la celulosa, aceleran el proceso de descomposición de la madera, logrando en poco tiempo lo que podría tardar meses. Es importante tomar en cuenta que incluso algo que podría ser considerado enfermedad en determinadas circunstancias, puede formar parte de un proceso saludable y conveniente en un ambiente natural.
Una planta llena de microorganismos que destruyen sus hojas, sería considerada enferma si es parte de una plantación agrícola. El mismo fenómeno, si ocurre en un bosque, podría ser visto como algo natural que beneficia, a la larga, a la totalidad del ecosistema.
Lo mismo sucede con ciertas plantas cultivadas que son hospederos de mariposas. En las hojas de los alelíes, por ejemplo, se hospedan las larvas de una mariposa nocturna. El ejemplar que tengo en mi jardín se queda prácticamente sin hojas mientras dura el ciclo de estas mariposas. Los jardineros me recomiendan fumigar el árbol para salvarlo de tan destructiva plaga.
Prefiero, sin embargo, esperar que se cumpla el ciclo natural, y luego disfruto mucho más el renacer de las perfumadas flores blancas del alelí. Hay que superar esa suerte de esquizofrenia ecológica. Si nos encantan las mariposas, tenemos que ser tolerantes con los "gusanos".
Las plantas espinosas nos parecen hostiles y no entendemos qué propósito cumplen sus afiladas garras. Sin embargo, muchas de esas especies sobreviven porque gracias a sus "diminutas ferocidades" los herbívoros no pueden comérselas.
Pero estas espinas cumplen una función mucho más importante: protegen los ecosistemas al crear barreras infranqueables que impiden o dificultan el paso de los depredadores, especialmente de los humanos.
Cada vez que propongo viajes a la isla Saona para estudiar las iguanas o las palomas coronitas, los lugareños se quejan de lo impenetrable de ese bosque espinoso. Creo firmemente que estas especies han logrado sobrevivir, a pesar de la precaria vigilancia, gracias a la inhospitalidad de su entorno.
Muchas veces (como en los cadillos y en las guasábaras), las espinas están en los receptáculos de las semillas, de manera que cuando se adhieren a nuestra piel y a la de otros animales, nos "usan" para dispersar sus semillas, convirtiéndonos así en agentes involuntarios de su perpetuación.
destra@tricom.net
Sin embargo, un nido de comején en un bosque o monte juega un papel de primerísimo orden, pues por la capacidad de estos insectos de desdoblar la celulosa, aceleran el proceso de descomposición de la madera, logrando en poco tiempo lo que podría tardar meses. Es importante tomar en cuenta que incluso algo que podría ser considerado enfermedad en determinadas circunstancias, puede formar parte de un proceso saludable y conveniente en un ambiente natural.
Una planta llena de microorganismos que destruyen sus hojas, sería considerada enferma si es parte de una plantación agrícola. El mismo fenómeno, si ocurre en un bosque, podría ser visto como algo natural que beneficia, a la larga, a la totalidad del ecosistema.
Lo mismo sucede con ciertas plantas cultivadas que son hospederos de mariposas. En las hojas de los alelíes, por ejemplo, se hospedan las larvas de una mariposa nocturna. El ejemplar que tengo en mi jardín se queda prácticamente sin hojas mientras dura el ciclo de estas mariposas. Los jardineros me recomiendan fumigar el árbol para salvarlo de tan destructiva plaga.
Prefiero, sin embargo, esperar que se cumpla el ciclo natural, y luego disfruto mucho más el renacer de las perfumadas flores blancas del alelí. Hay que superar esa suerte de esquizofrenia ecológica. Si nos encantan las mariposas, tenemos que ser tolerantes con los "gusanos".
Las plantas espinosas nos parecen hostiles y no entendemos qué propósito cumplen sus afiladas garras. Sin embargo, muchas de esas especies sobreviven porque gracias a sus "diminutas ferocidades" los herbívoros no pueden comérselas.
Pero estas espinas cumplen una función mucho más importante: protegen los ecosistemas al crear barreras infranqueables que impiden o dificultan el paso de los depredadores, especialmente de los humanos.
Cada vez que propongo viajes a la isla Saona para estudiar las iguanas o las palomas coronitas, los lugareños se quejan de lo impenetrable de ese bosque espinoso. Creo firmemente que estas especies han logrado sobrevivir, a pesar de la precaria vigilancia, gracias a la inhospitalidad de su entorno.
Muchas veces (como en los cadillos y en las guasábaras), las espinas están en los receptáculos de las semillas, de manera que cuando se adhieren a nuestra piel y a la de otros animales, nos "usan" para dispersar sus semillas, convirtiéndonos así en agentes involuntarios de su perpetuación.
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