¿Prolongar la vida o prolongar la muerte? El dilema médico en cuidados intensivos
El doctor Gabriel Smester reflexiona sobre uno de los dilemas más complejos de la medicina moderna: cuándo continuar interviniendo y cuándo detenerse para evitar prolongar el sufrimiento del paciente
En las unidades de cuidados intensivos, donde la tecnología y la medicina avanzan al máximo de sus capacidades, los médicos no solo luchan por salvar vidas: también enfrentan una de las decisiones más difíciles de la práctica clínica: determinar cuándo continuar tratando a un paciente y cuándo detener intervenciones que solo prolongan el proceso de morir.
“Hay una escena que se repite más de lo que muchos quieren admitir”, refiere el neumólogo e intensivista Gabriel Smester.
“Un paciente yace en una cama de cuidados intensivos. Está conectado a un ventilador, monitores y bombas de infusión. Hay números en la pantalla, alarmas, medicamentos para mantener presión”, describe.
A su alrededor, todo parece indicar que la medicina sigue en movimiento. Sin embargo, el especialista advierte que no siempre eso significa que exista una posibilidad real de recuperación.
“A veces, lo que permanece no es la posibilidad real de recuperación, sino la dificultad de aceptar que la muerte ha llegado antes de que el corazón se detenga”, explica.
El intensivista señala que su labor no consiste únicamente en prolongar la vida, sino también en reconocer cuándo continuar interviniendo deja de ser un acto médico y se convierte en una forma de sufrimiento.
Durante años, se ha sostenido la idea de que el deber del médico es preservar la vida bajo cualquier circunstancia. No obstante, Smester considera que esta visión, aplicada sin matices, puede resultar perjudicial.
“La medicina no existe para prolongar funciones biológicas a cualquier precio. Existe para cuidar seres humanos”, afirma.
En ese contexto, plantea una interrogante clave dentro de la medicina intensiva: “¿estamos prolongando la vida o prolongando la muerte?”.
Cuándo no es una opción
El especialista distingue entre pacientes que pueden recuperarse y aquellos en los que las intervenciones ya no ofrecen una posibilidad real de reversión. En estos últimos casos, advierte sobre el riesgo del encarnizamiento terapéutico.
“Continuar tratamientos desproporcionados, no porque ayuden al paciente, sino porque no sabemos cómo aceptar el final”, señala, al tiempo que reconoce que esta práctica suele estar motivada por el miedo, tanto del personal médico como de las familias.
Según explica, el resultado puede ser la prolongación del sufrimiento bajo la apariencia de tratamiento, lo que lleva a la medicina a perder su propósito fundamental.
En este escenario, una de las decisiones más incomprendidas es la orden de no resucitar (DNR). El doctor enfatiza que esta no debe interpretarse como abandono del paciente. “Un DNR no es dejar de cuidar. Es cambiar el objetivo del cuidado”, aclara.
Concluye que, en pacientes sin posibilidad razonable de recuperación, la reanimación cardiopulmonar puede convertirse en una intervención agresiva e innecesaria.
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