Selva y conocimiento en “El abrazo de la serpiente”
SANTO DOMINGO. En la mitología de origen europeo, la búsqueda de objetos mágicos es cosa frecuente: el Santo Grial, el Vellocino de Oro, el Anillo de los Nibelungos, la espada Excalibur, entre otros. Son elementos que el cine comercial recicla de manera constante. Distinto es el caso de la mitología americana, donde los elementos mágicos son de origen natural: la fuente de la juventud, el búfalo blanco, el águila ancestral y el jaguar, por mencionar algunos.
“El abrazo de la serpiente” nos habla de un mito amazónico, la existencia de una planta que puede curar.
Es un relato donde se combinan elementos de la narrativa moderna con las leyendas ancestrales de América. Ha sido galardonada con múltiples premios en distintos festivales y es la primera obra cinematográfica colombiana nominada a los Oscar, en la categoría mejor película extranjera.
El relato
Se nos cuentan alternadamente dos historias separadas en el tiempo y unidas por un personaje, Karamakate, último chamán de una tribu amazónica. En la primera, un joven Karamakate ayuda a Theodor, un etnógrafo alemán y a su ayudante nativo a buscar la yakruna, una planta considerada sagrada y única cura para la enfermedad del científico. En la segunda, cuarenta años después, el chamán acompaña a Richard, viajero estadounidense, que también busca la planta, pero por otros motivos. El guión está inspirado en los diarios de viaje de dos científicos reales, Theodor Koch-Grunberg y Richard Evans Schultes.
Selva y civilización
En el primer viaje, los personajes se enfrentan a la cruda realidad de la colonización de la selva por parte de industriales, que apoyados por los ejércitos de Colombia y Perú, esclavizan y exterminan a los pueblos nativos que viven en los territorios de los bosques de caucho. En el segundo viaje, Karamakate regresa a los mismos lugares que ya casi ha olvidado, y con su acompañante son testigos de las distorsiones sociales y culturales que la civilización ha creado.
Espiritualidad y ciencia
El filme plantea el enfrentamiento entre dos formas de ver el mundo: la ciencia y el animismo. La ciencia intenta capturar un conocimiento que se resiste a ser pesado y medido, pero la parafernalia de elementos tecnológicos solo estorba en la foresta. De su lado, el chaman es poseedor de un conocimiento basado en la conexión espiritual con su entorno. Cada planta y cada árbol contienen un saber que el chamán debe transmitir a la nueva generación. En medio de la vorágine verde, solo la mirada y el saber del indio es lo que permite sobrevivir. En el relato se plantea además un dilema. Manduca, el asistente de Theodor, es un indio que por propia iniciativa ayuda a los blancos y Karamakate le desprecia por ello. Sin embargo, Manduca piensa que la única manera de conservar la selva es enseñar a los científicos occidentales sus secretos, y actúa en consecuencia con ello.
La realización
Pese a lo complejo del rodaje, impecable es la puesta en escena. La fotografía en blanco y negro, además de situar la temporalidad, le aporta densidad, ya que permite concentrarse en las actuaciones y los diálogos. La mayoría de los personajes son interpretados por actores no profesionales, pero el resultado es óptimo. La progresión del drama es coherente con la historia, y el relato en paralelo está bien logrado.
Confirma, además, esta producción que cuando se narra acerca de lo propio se consigue la atención del mundo.
Recomendable para interesadas en el desarrollo cultural cinematográfico, y para quienes tienen inclinaciones ecologistas y espirituales.
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