Cómo alcanzar la autoestima familiar

Una buena comunicación entre padres e hijos sigue siendo fundamental para fomentar seres humanos sanos y pro-activos.

1. Disponibilidad. Consiste en dedicar tiempo (que es lo que menos tenemos) a atender a nuestros hijos y pareja. Con los adolescentes, por ejemplo, no vale lo de "este tema ya lo hablaremos el sábado con tranquilidad, cariño". Para el sábado, tu hija de 13 años ya se ha emborrachado con una amiga y van a hacer lo que se les ocurra, porque el padre no estaba localizable. Hay que estar disponible, porque hay problemas que sólo se arreglan en el momento en que el otro se anima a plantearlos y pide ser escuchado. Recuerda que nuestros padres, al morir, sólo nos dejan el tiempo que pasaron con nosotros. Demos tiempo al otro.

2. Hablar menos y escuchar más. En muchas familias, cuando un padre o madre dice "hijo, tenemos que hablar", el chaval piensa "¡uy!, malo, malo". ¿Por qué? Porque sabe que los padres cuando dicen esta frase quieren decir "te voy a soltar un discurso por algo que no me ha gustado". Esto cambiaría si los padres se hicieran un propósito: dedicar el 75 por ciento del tiempo a escuchar y sólo el 25 por ciento a hablar. Escuchar a los hijos o al cónyuge es un esfuerzo activo. Hay que soltar el diario, quitar el volumen de la televisión, girar la cabeza hacia quien te habla, mirar a los ojos, expresar atención. Eso es escucha activa, que sirve para mejorar la autoestima de tu familia.


3. Coherencia en los padres y autoexigencia en los hijos. Uno es coherente cuando lo que piensa, siente, dice y hace es una sola y misma cosa. No tiene sentido decirle a los niños desde el sofá: "Eh, vosotros, ayudad a mamá a quitar la mesa". Hay que dar ejemplo primero. Tú, padre, has de quitar la mesa durante cinco días, que te vean. El quinto día dices a tu hijo: "venga, ahora entre los dos". Y dos días después: "estoy orgulloso de ti, ahora ya has aprendido y ya puedes quitar la mesa tú solo". Y él se sentirá orgulloso de quitar la mesa. Así aprenden a autoexigirse, que es mucho mejor que tenerlos vigilados 24 horas al día. Este es un progenitor potenciador, motivador, animador y protector al mismo tiempo. También pedimos a los niños que estudien pero, ¿nos ven a nosotros estudiar, leer revistas de nuestro oficio, ponernos al día en nuestra especialidad? Hemos de poder decir: "Mirad, hijos, nosotros también estudiamos".

4. Tener iniciativa, inquietudes y buen humor, especialmente con el cónyuge. Estos tres factores son útiles para la autoestima familiar. En cualquier familia, el buen humor no suele escasear; pero la rutina es un enemigo en las relaciones conyugales y con los hijos. El punto clave es que haya creatividad e iniciativa en la vida de pareja y eso se contagiará a toda la familia. Las mejores horas deben ser para compartir con el esposo o esposa. Ser papá o mamá no debe hacernos olvidar que somos "tú y yo, cariño, nosotros". Creatividad e iniciativa protegen a la pareja de la rutina. Cuando hay rutina, es fácil que uno de los dos busque "la magia" añorada fuera, en otras relaciones. Por el contrario, si la pareja va bien, los hijos aprenden su "educación sentimental" simplemente viendo cómo se tratan papá y mamá, viendo que se admiran, se alaban, son cómplices. "Cuando sea mayor trataré a mi mujer como papá a mamá", piensan los niños entusiasmados. Eso les da autoestima.

5. Aceptar nuestras limitaciones, y las de los nuestros. Hay que conocer y aceptar tus limitaciones, las de tu cónyuge, las de tus hijos. Pero es importantísimo no criticar al otro ante la familia, no criticar a tu cónyuge ante los niños, o a un niño ante los hermanos, comparando a un hermano "bueno" con uno "malo". Eso hace sufrir al hijo y le quita autoestima. Es mejor llevarlo aparte y hablar.

6. Reconocer y afirmar lo que vale la otra persona. Seamos sinceros: no tiene sentido que andemos llamando "campeón" a nuestro niño que nunca ha ganado nada. Si ha perdido un partido de fútbol no le llames campeón. Ha de aprender a tolerar la frustración, acompañado eso sí. También hemos de saber, -grandes y pequeños-, que somos buenos en unas cosas y no en otras. "Hijo, pareces bueno en A y en B, pero creo que C no es lo tuyo". Reafirmemos al otro en lo que vale, y se verá a sí mismo como lo que es, una persona valiosa".

7. Estimular la autonomía personal. Uno se hace bueno a medida que va haciendo cosas buenas. Es importante que lo entiendan los hijos. Lo que se hace es importante: hacer cosas buenas nos hace buenos a nosotros. Esta idea ayuda a tener autonomía personal, hacer las cosas por nosotros mismos, para mejorar nosotros.

8. Diseñar un proyecto personal. No irás muy lejos si no sabes dónde quieres ir. Quedarte quieto no es factible, uno tiende a volver, a quedarse atrás. Necesitas un proyecto personal para crecer, atender y ayudar a discernir y potenciar los proyectos de los tuyos.

9. Aspiraciones altas y realistas. Hemos de jugar entre lo posible y lo deseable. Si aspiramos alto, nos valoraremos bien, tendremos autoestima. Pero, ¿es factible? Debemos conjugar un alto nivel de aspiraciones con la realidad de nuestras capacidades y recursos.

10. Elegir buenos amigos y amigas. El individualismo es el cáncer del siglo XXI. Nosotros y nuestros hijos estamos atados a máquinas gratificantes: el DVD, la televisión, la videoconsola, el internet…El trabajo en solitario va minando la amistad verdadera. ¡Los amigos comprometen mucho y al individualismo no le gustan los compromisos!

Sin embargo, necesitamos más que nunca amigos humanos, personas, grandes y buenos amigos, con los que compartir muchas horas, conversaciones sinceras y cercanas, amistades de verdad, que te apoyen y conozcan auténticamente, que acepten tus fallos y potencien lo mejor en ti. Seleccionar amigos así para ti y para los tuyos es la mejor inversión. Una familia que trata de seguir estos principios contribuye a mejorar la estima en sus hijos y en ellos mismos.