¿Por qué no logramos cambiar los hábitos?

Otro factor crítico es que solemos intentar cambiar conductas, pero no contextos. La evidencia muestra que los hábitos no viven en la motivación, sino en el ambiente

El fracaso de los propósitos de año nuevo no se debe a la falta de voluntad, sino a la resistencia biológica y neurológica del cerebro, que prioriza la eficiencia y la supervivencia sobre el cambio. (Shutterstock)

Cada cierre de año trae la misma narrativa: listas de propósitos, promesas de cambio, planes que comienzan con entusiasmo y se diluyen semanas después. No es falta de información. Tampoco es ignorancia. El fracaso en el cambio de hábitos tiene raíces mucho más profundas que la simple “falta de voluntad”.

El cerebro humano no está diseñado para el cambio sostenido, sino para la eficiencia. Los hábitos son circuitos neuronales automatizados que ahorran energía cognitiva. Cada vez que repetimos una conducta, fortalecemos sinapsis específicas en el estriado y la corteza prefrontal. Cambiar un hábito no es solo “decidir hacerlo distinto”, es competir contra rutas neuronales que llevan años (a veces décadas) reforzándose. Por eso el cerebro percibe el cambio como una amenaza, no como una mejora.

Un cuerpo agotado no sostiene nuevos hábitos

A esto se suma un entorno metabólicamente hostil. La privación de sueño, la inflamación crónica, la resistencia a la insulina, el estrés sostenido y la disfunción del eje HPA alteran neurotransmisores clave como la dopamina y la serotonina. Pedirle a un cuerpo agotado que tome decisiones saludables es como pedirle a un paciente anémico que corra una maratón.

Otro factor crítico es que solemos intentar cambiar conductas, pero no contextos. La evidencia muestra que los hábitos no viven en la motivación, sino en el ambiente. Horarios caóticos, alimentos ultraprocesados accesibles, trabajos sedentarios, estímulos constantes y recompensas inmediatas sabotean cualquier intención. El cerebro aprende por repetición y recompensa, no por discursos internos.

También fallamos porque abordamos el cambio desde el castigo. Dietas restrictivas, entrenamientos extremos, reglas rígidas. Este enfoque activa respuestas de estrés, aumenta cortisol y favorece ciclos de todo o nada. Desde la fisiología, el cuerpo responde protegiéndose, no cooperando. El resultado es predecible: abandono, culpa y reinicio del ciclo.

¿Qué estrategias sí muestran resultados sostenibles?

Primero, reducir la fricción. Cambiar el entorno antes que la fuerza de voluntad: disponibilidad de alimentos reales, estructura de horarios, rutinas simples.

Segundo, microcambios. El cerebro consolida mejor modificaciones pequeñas y repetidas que transformaciones radicales. Tercero, regular el sistema, no solo la conducta: sueño, estrés, dolor, salud digestiva y estado metabólico deben abordarse como base terapéutica, no como accesorios.

Cuarto, identidad antes que objetivo. La evidencia en psicología conductual es clara: las personas sostienen hábitos que son coherentes con cómo se perciben a sí mismas, no con metas externas. “Soy alguien que se cuida” tiene más impacto que “quiero bajar 10 libras”.

Cerrar el año no debería ser un acto de juicio, sino de análisis clínico personal. ¿Qué variables biológicas, emocionales y ambientales estuvieron en juego? ¿Qué fue realista y qué no? Cambiar hábitos no es una falla moral, es un proceso fisiológico, neurológico y contextual.

El cuerpo no resiste el cambio porque sea débil. Resiste porque está intentando sobrevivir. Entender eso es el primer paso para, por fin, cambiar de verdad.

Especialidad en Nutriología Clínica en INTEC. Master en Nutrición y Alimentación en Universidad de Barcelona (UB). Ejerce su práctica profesional en NEP CENTER.