Pedro García Cuartango, entre el azar y la necesidad
El enigma de Dios y la búsqueda filosófica de un columnista agnóstico
Descubrí a Pedro García Cuartango a través de sus columnas, que comparte con regularidad en sus redes sociales. Hay en su escritura una confianza en lo aparentemente irrelevante. Habla de su infancia, de su adolescencia, de recuerdos mínimos y de lo que ha leído.
Y, sin embargo, ahí ocurre algo profundamente humano: los lectores nos reconocemos.
Las ideas —dice— le llegan leyendo, caminando, recordando. A partir de ahí, conecta planos: una memoria, un libro, un personaje. Escribe con un estilo sencillo y directo, pero detrás hay una red de lecturas, una sensibilidad y una erudición que se transparenta.
Desde niño supo que quería ser periodista. Esperaba a su padre para arrebatarle los periódicos y leerlos con avidez. Durante años escribió editoriales y, en 2005, pidió pasar a la columna.
Desde entonces, ese espacio se ha convertido en su territorio más personal. En ABC, donde publica con regularidad, ha desarrollado series de textos que nacen de la curiosidad: amores imposibles, exploradores, trenes, ciudades, figuras históricas. Pequeñas obsesiones que se despliegan en el tiempo y, a veces, terminan compiladas en libros.
Se define, con convicción, como periodista y, sin embargo, su escritura está atravesada por preguntas que no se resuelven, sino que quedan abiertas.
Esa misma pulsión atraviesa su más reciente libro El enigma de Dios (2025), donde recorre el pensamiento de grandes filósofos mientras expone su propia experiencia: la fe de la infancia, la educación católica, el tránsito hacia el agnosticismo.
Sobre su columnismo, evita las definiciones. Solo quiere transmitir su visión del mundo y, así, aportar algo personal. Rechaza la columna estrictamente política e indaga en otras fuentes: lo que ve en la calle, un recuerdo, un libro, un fenómeno cultural. No pretende convencer ni persuadir, sino suscitar una reflexión.
Pero hay algo más. Cuartango insiste en que sus columnas se agotan en sí mismas, en la inmediatez del periódico, como esos papeles que al día siguiente ya han perdido su función.
Y, sin embargo, en las suyas hay algo que resiste: una forma de mirar en la que se entrelazan memoria, cultura y experiencia. Por eso uno vuelve a ellas.
Hay, además, una conciencia del azar que atraviesa su pensamiento. La vida —sostiene— es una combinación de azar y necesidad. En mi caso no ha sido distinto: llegué a él por casualidad y vuelvo a sus columnas por afinidad.