De novios y bodas

Las palabras también se visten de gala en las bodas

Las palabras también se visten de gala en las bodas. (Shutterstock)

En mi familia celebramos un acontecimiento feliz: la boda de un hijo. Una ocasión especial que nos hace volver la vista atrás y mirar hacia delante, a los tiempos que pasaron y a los que están por llegar.

Entre preparativos, ajetreos y nervios de última hora a mí me ha dado por pensar, como siempre, en las palabras.

Empecemos por los novios. El novio y la novia del español tienen su origen en el latín novius, de novus ‘nuevo’. Ya los novios no se casan tan nuevos, pero sigue valiéndonos la palabra.

Además, por si no se habían fijado, se aplica tanto a las personas que van a casarse como a los recién casados.

Llegamos a la ceremonia. El Diccionario de la lengua española define ceremonia como la ‘acción o acto exterior arreglado, por ley, estatuto o costumbre, para dar culto a las cosas divinas, o reverencia y honor a las profanas’.

Como en nuestro caso es una ceremonia civil, nos acogemos a dar reverencia y honor a algo tan profano y tan hermoso como el amor.

Se ha celebrado la boda o se han celebrado las bodas; de ambas formas podemos decirlo aunque se trate de una sola ceremonia, porque la palabra boda se usa también en plural con el mismo significado.

Y tiene sentido. La palabra boda nace de la palabra latina vota, plural de votum, que significa en esta lengua ‘voto, promesa’.

Esas promesas siguen siendo lo más trascendente de unas bodas. Con la evolución de su uso nuestra boda no solo se refiere a la ceremonia, sino que abarca también la fiesta con la que esta se celebra.

Entre las más famosas están las bodas de Caná; aunque yo siempre he preferido las bodas de Camacho, que tan bien nos retrató Cervantes en el Quijote. No podían faltar los sinónimos: nupcias, casamiento, enlace, esponsales o desposorio, y si quieren matices coloquiales un poco despectivos acudan a casorio o bodorrio.

Pasemos al convite. Ahora se le llama la recepción o el banquete. Para mí de toda la vida de Dios ha sido el convite; una palabra que el español ha tomado del catalán convit, derivado del latín medieval convitare, de donde también surge nuestro convidar.

En el convite nos espera la familia y empezamos a darnos cuenta de que, con la boda, algunos de sus miembros han cambiado de nombre.

Los novios tienen suegros y suegras, cuñados y cuñadas, incluso concuñados y concuñadas. Los padres de los novios consuegro y consuegra. Y, por supuesto, por encima de todo, tienen nuera o yerno.

Detengámonos por un momento en estas dos palabras y en sus definiciones. En el Diccionario de la lengua española hasta 1992 la nuera se definía como la ‘mujer del hijo de una persona’ y el yerno como el ‘marido de la hija de una persona’.

Si consultan el mismo diccionario en su edición más reciente encontrarán que algo muy importante ha cambiado: la nuera es el ‘cónyuge femenino del hijo o de la hija de una persona’ y el yerno, el ‘cónyuge masculino de la hija o del hijo de una persona’.

Algunas cosas nunca cambian, como la alegría de celebrar unas bodas; en otras hemos cambiado, para bien, y los diccionarios han cambiado con nosotros.

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.