Conservación de especies nativas y endémicas en ambientes urbanos
Hay que sembrar plantas nativas etnobotánicas
SANTO DOMINGO. Pido excusas a los lectores por el artículo anterior (del cual éste es una continuación), pues aunque en el título prometía hablar de la importancia de los ecosistemas urbanos en la conservación de las especies autóctonas, terminé escribiendo sobre la importancia de la educación y la altanería de ciertos "intelectuales" y académicos. Retomemos el tema.
Otro proyecto concebido para hacer la ciudad más ecológicamente acogedora lo implementamos en la Ciudad Colonial.
En 1995, siendo asesor científico de la Dirección Nacional de Parques, propuse al Patronato de la Ciudad Colonial la introducción en esa zona de plantas nativas con propósitos no exclusivamente ecológicos, sino que apelé a criterios y razones de tipo cultural, consciente de los intereses estéticos y los compromisos históricos de los miembros de esta institución, en su gran mayoría historiadores y arquitectos.
El argumento que utilicé en mi propuesta fue el siguiente: ya que la Ciudad Colonial es Patrimonio de la Humanidad por su historia y por el valor de sus monumentos arquitectónicos, sembremos plantas nativas con valor etnobotánico, ya porque fueran árboles sagrados para los aborígenes como la Ceiba (Ceiba pentandra) o porque formaran parte de su dieta como el Yagrumo (Cecropia peltata).
En una primera fase se sembraron tres ceibas en la Plaza de España, las cuales sobreviven ahogadas por unos monstruosos "Laureles" que apenas les permiten respirar. Posteriormente, arborizamos la Plaza de San Antón, donde no había casi árboles, con plantas exclusivamente nativas. La ejecución de este proyecto fue posible gracias a la eficiencia y entusiasmo de los directivos del Patronato, en particular los arquitectos Diana Martínez y Federico Abréu. He dicho muchas veces que el manejo ecológico de los ambientes urbanos es fundamental para la conservación de nuestra fauna, pues como somos una pequeña isla con un desarrollo descontrolado y caótico, cada vez serán menos los espacios naturales disponibles para la vida silvestre.
En la medida en que las áreas urbanas sean más ecológicamente hospitalarias y permitan que las especies silvestres se adapten a vivir en ellas, más probabilidades tienen dichas especies de sobrevivir. De hecho, unas seis especies de aves endémicas (cotorras, pericos, pájaro bobo, carpintero, cigua palmera y cuatro ojos) se han establecido en la ciudad de Santo Domingo y en ciudades del interior. También varias especies de lagartos del género Anolis y algunos anfibios como el Osteopilus dominicensis (especie a la que pertenece Clotilde, la ranita que vive en mi cocina).
Lamentablemente, algunas especies sólo pueden verse en ciertas zonas de la ciudad como el Parque Mirador Norte, Parque Zoológico, el Jardín Botánico y sus alrededores, pues requieren de una determinada proporción de vegetación natural para sobrevivir. Tal es el caso del Barrancolí (Todus subulatus), del Chuachuá (Tordus plumbea) y del Saltacocote (Anolis baleatus), un hermoso y calumniado lagarto al que la gente atribuye la insólita conducta de saltar al cuello de los transeúntes con intenciones vampirescas. Lo que en realidad sucede es que a veces dos machos de esta especie, que habita mayormente en los árboles, combaten y en medio del fragor de la batalla pierden el equilibrio y caen. Si coincide que por el lugar cruzaba un Homo sapiens, lo más probable es que le caiga en la cabeza o entre el cuello y el hombro. Ni modo que le cayera en la planta de los pies. Créame el lector que él se asusta más que la persona y tiene sobradas razones históricas para ello: nunca un Saltacocote mató ni le hizo daño a un ser humano, mientras que nosotros los hemos masacrado casi hasta el exterminio.
destra@tricom.net
El argumento que utilicé en mi propuesta fue el siguiente: ya que la Ciudad Colonial es Patrimonio de la Humanidad por su historia y por el valor de sus monumentos arquitectónicos, sembremos plantas nativas con valor etnobotánico, ya porque fueran árboles sagrados para los aborígenes como la Ceiba (Ceiba pentandra) o porque formaran parte de su dieta como el Yagrumo (Cecropia peltata).
En una primera fase se sembraron tres ceibas en la Plaza de España, las cuales sobreviven ahogadas por unos monstruosos "Laureles" que apenas les permiten respirar. Posteriormente, arborizamos la Plaza de San Antón, donde no había casi árboles, con plantas exclusivamente nativas. La ejecución de este proyecto fue posible gracias a la eficiencia y entusiasmo de los directivos del Patronato, en particular los arquitectos Diana Martínez y Federico Abréu. He dicho muchas veces que el manejo ecológico de los ambientes urbanos es fundamental para la conservación de nuestra fauna, pues como somos una pequeña isla con un desarrollo descontrolado y caótico, cada vez serán menos los espacios naturales disponibles para la vida silvestre.
En la medida en que las áreas urbanas sean más ecológicamente hospitalarias y permitan que las especies silvestres se adapten a vivir en ellas, más probabilidades tienen dichas especies de sobrevivir. De hecho, unas seis especies de aves endémicas (cotorras, pericos, pájaro bobo, carpintero, cigua palmera y cuatro ojos) se han establecido en la ciudad de Santo Domingo y en ciudades del interior. También varias especies de lagartos del género Anolis y algunos anfibios como el Osteopilus dominicensis (especie a la que pertenece Clotilde, la ranita que vive en mi cocina).
Lamentablemente, algunas especies sólo pueden verse en ciertas zonas de la ciudad como el Parque Mirador Norte, Parque Zoológico, el Jardín Botánico y sus alrededores, pues requieren de una determinada proporción de vegetación natural para sobrevivir. Tal es el caso del Barrancolí (Todus subulatus), del Chuachuá (Tordus plumbea) y del Saltacocote (Anolis baleatus), un hermoso y calumniado lagarto al que la gente atribuye la insólita conducta de saltar al cuello de los transeúntes con intenciones vampirescas. Lo que en realidad sucede es que a veces dos machos de esta especie, que habita mayormente en los árboles, combaten y en medio del fragor de la batalla pierden el equilibrio y caen. Si coincide que por el lugar cruzaba un Homo sapiens, lo más probable es que le caiga en la cabeza o entre el cuello y el hombro. Ni modo que le cayera en la planta de los pies. Créame el lector que él se asusta más que la persona y tiene sobradas razones históricas para ello: nunca un Saltacocote mató ni le hizo daño a un ser humano, mientras que nosotros los hemos masacrado casi hasta el exterminio.
destra@tricom.net
En portadaVer todos
Departamento de Estado confirma la visita de Marco Rubio a República Dominicana
El alcalde de Nueva York asistió a la investidura de Trump, buscando un indulto del mandatario
Un nuevo incendio obliga a evacuar a miles de personas en Los Ángeles
El amargo legado de Wuhan cinco años después del confinamiento que aisló a China del mundo