Cuando Catalina se hizo invisible
Catalina, mi nieta de cuatro años, amaneció teológica y filosófica. Detesto cuando los niños se ponen inteligentes pues nos ponen en apuros a los adultos. Hace unos días su mamá quiso cortarle el pelo y ella se negó rotundamente alegando que le cambiaba su personalidad. ¿Han oído? SU PERSONALIDAD. Yo estoy escandalizado y chequeando si la niña ve telenovelas cuando nadie la ve, esto es demasiado.
"Cata" tiene catarro y por consiguiente no va a la escuela, está enfermita, tiene la carita triste y los ojos mojados.
Retardo mi salida de la casa para estar un tiempo más con ella, se anima de inmediato y saca de una inmensa funda sus juguetes favoritos, un caballo rosado, una muñeca casi calva, las ruinas de un castillo de la princesa Sofía y los infaltables lápices de colores; ella pretende que juguemos con todos esos elementos a la vez.
Agarro el caballo rosado de larga melena y, de repente, no sé de dónde le salió esto, me dispara una sin respuesta-pregunta:
-Abuelito [esto de abuelito no es siempre, generalmente soy abuelo, pero abuelito, influye el catarro y la alegría de verme a las 10:00 a.m. un lunes aún en la casa], y dónde vive Dios?
La miro y enmudezco, pero como sabedor de todas las respuestas le contesto:
-Dios está en todas partes.
Ella no se inmuta y continúa peinando la muñeca calva.
Me mira, abre sus ojos, me asusto -no vaya yo a confundirla con mis rápidas respuestas-.
-Pero dime un lugar donde pueda verlo -insiste.
-Dios -tartamudeo- está en todas partes pero es invisible, no lo podemos ver -afirmo categóricamente.
Suelta ella la muñeca y desparrama todos los lápices en el suelo, respiro aliviado, ha quedado mi nieta aparentemente complacida con mi respuesta.
-Y los ángeles, ¿también son invisibles?
-También.
-Tú sabes que Amalita me dijo que su tía estaba mudando... -es la capacidad de cambiar de tema que tienen los niños cuando no les interesan o no creen las respuestas que damos los adultos-.
- ¿Se está mudando? ¿Y para dónde?
-No ella no, sus dientes... ella fue a verla el otro día y me contó que no tenía dientes.
Mi prima, por las noches, descansa su dentadura y guarda su caja discretamente, pero jamás espera que la sorprendan desdentada.
-Bueno, algunos mayores pierden los dientes, pero con la ayuda de los dentistas, vuelven y los recuperan.
-Abuelo, píntame una casa.
Obedezco y hago lo mejor que puedo. Ella se recuesta sobre mí y, tocándome la barba, me dice:
-No vayas a trabajar, quédate conmigo, abuelito.
Se levanta y me dice:
-Ya sé, vamos a jugar que somos invisibles. Cierra los ojos. Obedezco, pero hago una ligera trampa y veo que ella los cierra también.
-Ahora, abuelito, tú y yo somos como los ángeles.
No digo nada y saco la muñeca calva de la funda y le digo tocándole la frente:
-Creo que tienes fiebre. Esto es demasiado para mí.
Agarro el caballo rosado de larga melena y, de repente, no sé de dónde le salió esto, me dispara una sin respuesta-pregunta:
-Abuelito [esto de abuelito no es siempre, generalmente soy abuelo, pero abuelito, influye el catarro y la alegría de verme a las 10:00 a.m. un lunes aún en la casa], y dónde vive Dios?
La miro y enmudezco, pero como sabedor de todas las respuestas le contesto:
-Dios está en todas partes.
Ella no se inmuta y continúa peinando la muñeca calva.
Me mira, abre sus ojos, me asusto -no vaya yo a confundirla con mis rápidas respuestas-.
-Pero dime un lugar donde pueda verlo -insiste.
-Dios -tartamudeo- está en todas partes pero es invisible, no lo podemos ver -afirmo categóricamente.
Suelta ella la muñeca y desparrama todos los lápices en el suelo, respiro aliviado, ha quedado mi nieta aparentemente complacida con mi respuesta.
-Y los ángeles, ¿también son invisibles?
-También.
-Tú sabes que Amalita me dijo que su tía estaba mudando... -es la capacidad de cambiar de tema que tienen los niños cuando no les interesan o no creen las respuestas que damos los adultos-.
- ¿Se está mudando? ¿Y para dónde?
-No ella no, sus dientes... ella fue a verla el otro día y me contó que no tenía dientes.
Mi prima, por las noches, descansa su dentadura y guarda su caja discretamente, pero jamás espera que la sorprendan desdentada.
-Bueno, algunos mayores pierden los dientes, pero con la ayuda de los dentistas, vuelven y los recuperan.
-Abuelo, píntame una casa.
Obedezco y hago lo mejor que puedo. Ella se recuesta sobre mí y, tocándome la barba, me dice:
-No vayas a trabajar, quédate conmigo, abuelito.
Se levanta y me dice:
-Ya sé, vamos a jugar que somos invisibles. Cierra los ojos. Obedezco, pero hago una ligera trampa y veo que ella los cierra también.
-Ahora, abuelito, tú y yo somos como los ángeles.
No digo nada y saco la muñeca calva de la funda y le digo tocándole la frente:
-Creo que tienes fiebre. Esto es demasiado para mí.