La nochebuena de Encarnación Mendoza

El escritor Juan Bosch. (Foto: Archivo General de la Nación)

“La mayoría de sus cuentos constituyen un reflejo de la realidad social y cultural del pueblo dominicano. Oriundo de uno de los pueblos cibaeños que atesoran una rica tradición, Bosch recoge en su narrativa, costumbres, tradiciones, creencias, mitos, cábalas, actitudes y cuanto conforma la cultura viva...”

(Bruno Rosario Candelier)

Una de las tradiciones que más respetan y rinden culto los dominicanos es aquella que consiste en cenar y compartir en familia la noche del veinticuatro de diciembre (nochebuena) de cada año. En otras palabras, nada atormenta más el alma de los nativos de la tierra del merengue que pasar esa noche separados o lejos de sus seres queridos. El ánimo se les desploma y la nostalgia embarga su espíritu.

El profesor Juan Bosch (1909- 2002) recrea magistralmente esa realidad en uno de sus más importantes textos narrativos: “La nochebuena de Encarnación Mendoza”, de su volumen “Cuentos escritos en el exilio” (2003), cuento que junto a “La mujer”, “Dos pesos de agua”, “Los amos” y “Luis Pie”, se registra entre los más relevantes o de más alta estatura literaria de quien con justicia ha sido considerado como el padre del cuento dominicano y uno de los más destacados cuentistas de la literatura hispanoamericana.

¿De qué trata el cuento? Su argumento es bastante sencillo:

Un fugitivo (Encarnación Mendoza) intenta llegar a su casa para pasar la nochebuena junto a su mujer e hijos. Para evitar que lo delaten, se oculta en un cañaveral. Un niño (Mundito), que llega allí con su perrito (Azabache), lo descubre; pero al verlo acostado, cubierto el rostro con un sombrero, piensa que está muerto y acto seguido le revela el hecho al sargento, comandante del central. La persecución se inicia y, en la huida, Encarnación Mendoza muere, asesinado por las balas de los soldados que lo perseguían. Luego se descubriría que el niño delator fue el propio hijo del prófugo, quien lo había denunciado, ignorando que se trataba de su padre.

“El negro cachorrillo correteó, jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado, empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose, cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre, sino algo imponente y terrible; era un cadáver” (p.66)

Encarnación Mendoza no resistía la tentación de pasar la nochebuena alejado de sus seres queridos. De ahí que decidió arriesgar su vida o vencer todas las barreras que pudieran impedirle materializar sus paternales propósitos:

“El propósito de Encarnación Mendoza – habla el narrador – era pasar la nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas ... En toda la comarca se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se encontrara ... No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus

hijos. Y los vería sólo una hora o dos durante la nochebuena... Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir... ” (págs.67 - 68)

Y los más tiernos, afectivos y sentimentales deseos afloraban a su mente. Además de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños, “necesitaba ver la casucha, la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos lo rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda... Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la nochebuena en su bohío... ” (Ídem)

Mas, extrañamente, en lugar del Diablo, la oposición la haría inconscientemente su inocente niño, Mundito, al denunciarlo a la policía, minutos después de haberlo visto tendido con el rostro cubierto por un sombrero, aparentemente muerto, en medio del cañaveral .Y en vez de morir de pena, moriría acribillado por los agentes del orden:

“Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban... ” (p.73)

El cadáver lo colocaron y amarraron atravesado en el lomo de un burro, y como era de noche y llovía, lo desamarraron y tiraron en la primera casa que encontraron: ¡oh sorpresa!, en la propia casa de Encarnación Mendoza.

“ - Hay m’shijo; se han quedao huérfano... han matao a Encarnación...” – se escuchó el desesperado grito de una mujer.

Entonces se oyó una voz infantil, en la que se confundían llanto y horror:

“-¡Mamá, mi mamá!.. ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!”

Lo lírico y lo épico; lo trágico y lo humano; lo fatal, lo sensorial y lo afectivo. Todos estos elementos se funden en un solo tejido narrativo para producir uno de los textos más conmovedores e íntimamente articulado a la realidad sociocultural del pueblo dominicano.

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura

dcaba5@hotmail.com

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura dcaba5@hotmail.com