Deseos desde Washington D.C.
Tengo amigos que cuando viajan captan fotográficamente todos los detalles y pueden recordar con precisión calles y lugares. No soy de esos. Colegas que recuerdan hasta nombres de restaurantes, tipos
Olvido al otro día lo que he bebido y comido. Otros que viajan con su guía Michelín y hacen recorridos persiguiendo aquellos restaurantes de dos o tres tenedores para disfrutar de espléndidos manjares y vinos de cosechas extraordinarias. Los aplaudo. Detrás de cada viaje busco la gente, las costumbres, el ambiente cultural, colecciono momentos y los hago míos para siempre. Si en el trajín del día apenas puedo comer un pan con queso, lo saboreo como el mejor arroz con habichuelas criollo. Eso no quiere decir que no disfrute de una comida sibarita o de un buen vino, tonto no soy.
Estoy en Washington. Es invierno, 30 grados. Voy disfrazado de primer mundo. Imposible no ver la Casa Blanca que, sospecho, no es tan blanca. Sentado en el parque Lafayette, rodeado de árboles desnudos apuntando al cielo, pretendo ver la cabeza de un abrumado Bush atisbando al exterior. Un grupo de japoneses toma fotos. Esta capital es demasiado silenciosa. Ciudad de temperamento y espíritu republicano, muy conservadora. Me siento intimidado y sospecho de todo. Sobre los techos alrededor del parque me encuentro grandes dispositivos de seguridad. Imagino que habrá alguien filmando mis movimientos, estudiando mis reacciones y algún decodificador del comportamiento humano me habrá desestimado calificándome de turista curioso, inofensivo tercermundista, sin depósitos en dólares que puedan afectar el balance económico del país. No me angustio.
Los edificios son todos pequeños. Ninguno puede estar más alto que el Capitolio. Hasta 13 pisos máximo, ¿extraño, verdad?
Steve es mi amigo gringo, lo conocí hace más de tres décadas.
Hacemos el tour. Paseo obligatorio por el Mall, el Obelisco, el Capitolio, la OEA etc. Bordear el río Potomac nos refresca. Frente a cada edificio van sus explicaciones inteligentes.
¿Vemos las iglesias? Me pregunta en su español domesticado.
San Juan el Divino es la primera, rigurosa, elegante, con bellos vitrales que dejan colar el tímido sol; luego la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, majestuosa iglesia no sólo por su hermoso arte sagrado, sino también por su arquitectura única y su riqueza en la cultura católica; y para balancear, una Mezquita, grandes alfombras, hombres descalzos que oran frente a la pared y, en un apartado, las mujeres sumidas en intensa meditación.
En cada una de las tres, pido a mi Dios por mi país. Es desde Washington –insisto–. Seguro que me hacen caso. y
Steve es mi amigo gringo, lo conocí hace más de tres décadas.
Hacemos el tour. Paseo obligatorio por el Mall, el Obelisco, el Capitolio, la OEA etc. Bordear el río Potomac nos refresca. Frente a cada edificio van sus explicaciones inteligentes.
¿Vemos las iglesias? Me pregunta en su español domesticado.
San Juan el Divino es la primera, rigurosa, elegante, con bellos vitrales que dejan colar el tímido sol; luego la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, majestuosa iglesia no sólo por su hermoso arte sagrado, sino también por su arquitectura única y su riqueza en la cultura católica; y para balancear, una Mezquita, grandes alfombras, hombres descalzos que oran frente a la pared y, en un apartado, las mujeres sumidas en intensa meditación.
En cada una de las tres, pido a mi Dios por mi país. Es desde Washington –insisto–. Seguro que me hacen caso. y
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