El guardián fonético
Conocí los primeros libros de Gabriel García Márquez a finales de los años sesenta. Venían publicados por la pequeña editora de Jorge Álvarez, en Argentina. La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba e Isabel viendo llover en Macondo. Cuando salió la edición de Sudamericana de Cien años de soledad, me incorporé a su lectura. De inmediato me di cuenta de que la tradicional novela de la tierra, con temática social y realista, había dado paso a un nuevo modelo narrativo. Con Cien años de soledad, Gabriel García Márquez ponía el sello final a la narrativa de los estilos de Icaza, Gallegos, Alegría, y otros. A partir de Cien años de soledad la novela de la tierra alcanzaba niveles de imaginación que obligaban a la revisión de la nueva literatura hispanoamericana. Según narra Carlos Fuentes, cuando recibió el manuscrito de la novela de García Márquez, se lo envió a Julio Cortázar señalándole que era una especie de Quijote hispanoamericano. Lo mismo pensaba nuestro Juan Bosch. Cien años de soledad como El Quijote cambió el destino de la novela realista, incorporó la ruralidad de modo diferente, convirtió en imaginación los recuerdos de infancia, y como lo hiciera Cervantes al superar para siempre los libros de caballería, García Márquez superó el realismo sociológico de la novela de la tierra, convirtiéndola en lo que se llamó realismo mágico, cuyos inicios parecen remontarse a escritores como Eca de Queiroz, y Machado de Assis con obras como El Mandarín y Quincas Borba, respectivamente. A partir de este texto fundador, hemos respirado un aire nuevo, y podemos crear una lengua nueva sin temor a la crítica académica más represiva. Nos podemos convertir, gracias a la magia que nos brinda el autor de El general en su laberinto, en desmedidos manejadores del idioma, o en domadores de la propia memoria. Durante el 70 aniversario del nacimiento de Juan Bosch, García Márquez estuvo con nosotros en las celebraciones. Para mi fue un gran momento la lectura del discurso que se me pidiera para homenajear al gran maestro del cuento en aquel acto inolvidable celebrado en el club Mauricio Báez, donde García Márquez volvió a repetir que había sido Bosch quien la había enseñado cómo debía de hacerse un cuento. Ahora que Cien años de soledad ha cumplido cuarenta años, me doy cuenta de que un libro puede ser un compañero durante gran parte de la vida, y de que éste de Gabo, es una especie de guardián fonético, porque lo leo en voz alta en ocasiones para sentirme hispanoamericano por cuenta del novelista.
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