El principio de precautoriedad y la apuesta de Pascal

SANTO DOMINGO. Este principio, (de precaución sería lo correcto en español) que fue uno de los invocados por el PNUD para concluir que no era "viable ni pertinente" la instalación de una cementera en las proximidades del Parque Nacional de los Haitises, es de crucial importancia cuando hay que tomar decisiones en materia de salud o degradación ambiental.

El principio postula que si una actividad pudiera causar daño a la salud humana o al ambiente hay que tomar medidas precautorias (la más radical es suspender la actividad) aun en el caso de que no exista evidencia científicamente concluyente del daño. Basta con que la evaluación científica preliminar indique que existen indicios aceptables sobre efectos dañinos potenciales, para sugerir medidas de precaución. Cuando se sospecha que los daños podrían ser irreversibles, como es siempre el caso en un bosque primario como Los Haitises, la ausencia de una certeza científica concluyente no puede usarse como excusa para posponer las medidas preventivas contra la degradación. De modo que el principio aplica en aquellos casos en los cuales la evidencia científica es insuficiente, no concluyente o incierta. Este principio parece violar otro, vigente tanto en el ámbito jurídico como en el científico: "Quien afirma existencia, carga con la responsabilidad de la prueba". Si alguien me acusa de asesino, es él quien tiene que probar mi culpabilidad, no yo mi inocencia. Si alguien afirma que ha descubierto una cura contra el sida, no puede pretender que le creamos porque nadie ha demostrado que sea falso; es él quien tiene que probar que es verdadero. Sin embargo, el principio de precautoriedad no opera de este modo, sino que invierte el fardo (la carga) de la prueba. No era Semarena quien tenía que probar que la cementera tendría efectos nocivos sobre Los Haitises; era la empresa que propuso la obra quien tenía que demostrar convincentemente que la misma no impactaría negativamente este ecosistema irrepetible y frágil.

Igual ocurre con las especies exóticas potencialmente invasoras. No necesitamos pruebas contundentes de que lo sean. Si hay sospechas legítimas basta. Cuando las consecuencias de una acción son muy graves (es muy difícil erradicar especies invasoras), tenemos que ser más cauteloso. Si oímos que la probabilidad de lluvia es de un 17%, no dudamos en irnos a la playa; sin embargo, esa es la misma probabilidad de que nos toque la cámara cargada del revólver jugando a la ruleta rusa, juego que tiene muy pocos adeptos. Es evidente que no es lo mismo un baño lluvia que un baño de sangre. Dice Carl Jones, un especialista inglés, que si en un área hay gatos o ratas, tenemos que olvidar la presunción de inocencia y eliminarlos: son culpables hasta prueba en contrario.

Los religiosos se adelantan muchas veces a los científicos. Blaise Pascal, físico notable y creyente devoto, planteó el principio de la precautoriedad al formular su famosa apuesta sobre las ventajas de creer en Dios. Razonaba Pascal: Hay que escoger entre que Dios existe o no existe. Apueste a que Dios existe. Si gana, lo gana todo; en cambio si pierde (Dios no existe), no pierde nada. Por el contrario, si usted apuesta a que Dios no existe, si gana, no gana nada, pero si pierde, lo pierde todo. Lo sensato es, pues, apostar a que Dios existe.