Es triste la muerte en primavera
SANTO DOMINGO. Tomo prestado este título de una canción del cantautor franco-belga Jacques Brel ("C'est dur de mourir au printemps") para relatar la primavera sangrienta que le ha tocado vivir este año a nuestros reptiles y mamíferos marinos. La estación más propicia al amor y a la vida comienza "oficialmente" el 21 de marzo en el Hemisferio Occidental. Pero en los trópicos, donde supuestamente no se percibe la diferencia entre las estaciones, la fiesta empieza mucho antes, y ya a mediados de febrero la vida estalla por todas partes. Si la muerte -como pretende Benedetti- es una traición de Dios, morir en la estación en que renace la vida es una paradoja absurda.
El saldo no pudo ser más trágico para estas criaturas durante los primeros meses de la estación de las flores. Primero llegó al Acuario Nacional una tortuga verde con un arpón rudimentario clavado a todo lo largo del cuerpo. Los esfuerzos desplegados por el equipo veterinario del Acuario fueron inútiles y al poco tiempo murió. Resulta insólito que muera en tan poco tiempo, y tan estúpidamente, una animal que tal vez surcaba los mares desde hace más de medio siglo. Luego le tocó el turno a los delfines. Varios ejemplares aparecieron muertos en diferentes playas del país. El caso más triste fue el de un delfín bebé nacido en cautiverio en un resort de la costa este, a quien una tormenta liberó de su prisión y lo devolvió al mar y que luego apareció descuartizado en una playa.
A los manatíes les fue mucho peor. Se sospecha que en esta temporada murieron cinco (tres con toda certeza) y un bebé solitario fue encontrado abandonado en Bávaro. Como es improbable que la madre lo abandonara, es casi seguro que algún desalmado la mató. Los manatíes no son muy hermosos que digamos (Cristóbal Colón, que los creyó sirenas, fue el primero que lo notó) pero no conozco ningún animal que luzca tan indefensamente tierno. Siempre que veo un manatí experimento una especie de remordimiento ancestral, una culpa difusa, como si me sintiera responsable del cúmulo de atrocidades cometidas por mis congéneres por más de cinco siglos contra esta indefensa criatura. En los manuales de zoología se destaca con frecuencia que los manatíes no tienen enemigos naturales. Pero además, y esto me parece más impresionante, los manatíes no son enemigos naturales de nadie, ni siquiera del pasto marino del que se alimentan, al que vivifican y renuevan constantemente. No son agresivos tampoco en la época del apareamiento. Cuando se ven amenazados, sólo saben defenderse escapando. El manatí, no la paloma, debería ser el símbolo de la paz.
La pérdida más dolorosa la sufrimos en plena primavera. Yacarla, hija del compañero Carlos Sosa, encargado del equipo de buceo del Acuario Nacional, nos dejó inexplicablemente a finales de marzo. Decía Heródoto que nadie es tan insensato que prefiera la guerra a la paz, porque mientras en la paz los hijos entierran a los padres, en la guerra los padres entierran a los hijos. Y nadie está diseñado para enterrar a un hijo. Nadie debería estar diseñado para matar un manatí. Ahora -consolación inútil- "ella puede oír crecer las margaritas. Tan dulcemente había crecido que apenas sabía que era mujer."
Los científicos se quejan cuando se extingue una especie que no había sido estudiada, pues ignoran los misterios que se pierden con ella. Igual sucede cuando muere alguien muy joven. "Cuántas posibles vidas se habrán ido, en esta pobre y diminuta muerte...Cuando yo muera morirá un pasado; con esta flor un porvenir ha muerto".
guerrero.simon@gmail.com
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