Miami en moto

La primera vez que visité Miami corrían los años sesenta. Trabajaba en Dominicana de Aviación y, por ser empleado, el boleto me costó diez pesos.

Me dejo llevar, la brisa ondea su melena, el sol calcina mi calva. Tengo la sonrisa en todo el cuerpo. Sé que la felicidad tiene que ser algo parecido a esto.
Ahorré durante unos meses e invité a mi hermano José y a mi mamá al viaje. Ha sido uno de los mejores viajes de mi vida. Como no teníamos dinero, nos hospedamos en un "guest house" al lado del Hotel Everglades, los tres en la misma habitación.

Recuerdo que me hice la promesa de que algún día regresaría y me hospedaría en ese hotel, que a nuestra inexperta opinión, nos lucía lujoso e imponente. En ese primer viaje fue la única vez que vi los delfines saltar. Años después me bañaba en la piscina del Everglades y el cantante Nelson Ned, que estaba de moda, compartía la "swimming pool" conmigo.

Miami, en sucesivos viajes, ha sido un intensivo de compras, viaje de negocios, chequeo médico, tránsito, celebración de bodas, encuentro de amigos o el tradicional viaje a Disney a llevar los niños, donde, asumiendo una paternidad ejemplar, damos a nuestros hijos el viaje que nunca tuvimos.

Nada como sumergirse en Wall Mart, Syms, Walgreens o tomar la ruta de Aventura Mall y perderse entre camisas, pantalones y zapatos "on sale", o conseguir aquello que nunca encuentro en mi país e indigestarme con chocolates de todo tipo.

Tuvo que mudarse Rita, mi hermana, a esta ciudad para que descubriera otro Miami más divertido. Sara, su hija, mi ahijada, tiene una moto.

Ellas viven en South Beach y son felices; eso aparentan. Desde el balcón del apartamento donde estoy se vive el mar Atlántico y desde el último piso tengo la ciudad iluminada a mis pies. ¡Cool man!

–Tío, ¿te atreves a irte conmigo en la moto? –¿Seguro que no me caigo? –Te abrazas a mí y no te dejo caer. Me dejo llevar, la brisa ondea su melena, el sol calcina mi calva. Tengo la sonrisa en todo el cuerpo. Sé que la felicidad tiene que ser algo parecido a esto. Un amigo me dijo hace mucho tiempo que esta era la ciudad donde los elefantes blancos venían a morir. Cuando me paseo por Collins Avenue y veo en las galerías un grupo de ancianos desde sus mecedoras mirando al vacío, recuerdo el comentario. Sara maneja juiciosamente y me va comentando el paisaje Art Deco. Una hilera de hoteles, bares, restaurantes comienzan a despertar. Una joven pasea su perro en un cochecito de niños, alguien saluda, unos novios se besan. La vida es bella. Nos detenemos y caminamos por la playa. Un sol implacable nos habla en inglés con acento cubano. Sara me mira sin sorprenderse y observa cómo lentamente me sumerjo en el mar. Al turista se le permiten todas las excentricidades ¿o no?