Algo más que merengue

Con este texto comienza sus colaboraciones con Diario Libre el famoso merenguero dominicano Wilfrido Vargas

Los Hijos del Rey, arriba, a la izquierda, Sergio Vargas

WILFRIDO VARGAS

SANTO DOMINGO. En esta etapa de la vida en la cual no pienso dejar de hacer lo único que sé, que es música, también quiero dar rienda suelta a una pasión que he llevado por dentro durante mucho tiempo: escribir. Quiero advertir que, todo lo que exponga es sólo mi opinión personal, mi punto de vista. El de alguien que ha dedicado toda su vida a la música, por lo que me tomaré el derecho de decir lo que pienso y publicarlo.

En este primer artículo he querido comenzar con Sergio Vargas. ¿Por qué? Porque tenemos más cosas en común que el apellido, entre ellas el estilo innato o tal vez heredado de La Trova. También porque cuando comenzó su carrera se le dijo: Así no se canta merengue, mientras a mí, cuando comencé, se me dijo: Así no se toca merengue. Y hubo razón para tales aseveraciones, en ambos casos, porque al no ser merengueros ninguno de los dos, tuvimos que bandeárnosla cómo pudimos, cómo lo imaginábamos, cómo nos identificábamos, cómo nos era natural o más bien como lo entendíamos.

Al comenzar los dos como trovadores, ambos proyectos estaban condenados a morir en el intento, a no ser por encontrar oportunamente una tabla de salvación que tenía la siguiente lectura: No te venzas, la pasión es fuerza. Si a esto le agregamos un poquito de suerte y humor, digamos que la aceptación fue más que suerte y más fuerte que el rechazo. Más vale caer en gracia que ser gracioso.

La palabra trovador siempre la asocié con mi papá, porque cantaba canciones que narraban experiencias de amor, de desamor y otras realidades, que aunque a mi corta edad no podía entender, me llenaban el alma. Mi padre representa para mí el trovador del ayer. Por eso, según recuerdo en mi propia experiencia con él, ese tipo de Trova huele a caoba, sabe a ron, suena a prosa acompañada de los acordes de una guitarra, mágicos boleros.

Podemos citar como ejemplo, la cultura de los tríos, como el caso de Los Panchos. Sergio se formó en ese mar de posibilidades interpretativas y me contó que aparte de esa influencia Dioni Fernández, quien para entonces era su director musical cuando era parte de la agrupación Los Hijos del Rey, lo indujo a escuchar Soul y Blues.

El inconsciente trabaja con la precisión de un malabarista, y como ya esta era su visión de interpretación, terminó impregnándole ese estilo al merengue. No sabía, ni podía, cantar de otra manera.

Usualmente un trovador no es el tipo de intérprete que se asocia a la música festiva, por lo que sería extraño oír cantar merengue ni al trovador del ayer ni el de hoy. El de hoy interpreta lo que se le denomina: La nueva Trova, una versión evolucionada del mismo formato, pero con canciones que social e intelectualmente, alcanzan el nivel poético de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat, entre otros.

Debo confesar que, cuando escuché por primera vez: La quiero a morir, era entendible que eso no era cantar merengue. Esa era la manera de volar libre sobre un ritmo que estructuralmente no es libre.

Sergio produce espontáneamente inflexiones sumamente agradables y un suave vibrato, recurso que utiliza con sorprendente éxito para añadir expresión a su estilo. Esos vibratos que no son propios del género, me puso en alerta y me llamó poderosamente la atención. ¿Qué es esto? Me pregunté, como quién revivía su propia historia cuando grabé con Sandy Reyes, El Pájaro Chogüi.

No es mi intención hacerle propaganda a Sergio, él tampoco la necesita. Pero, como una imagen vale más que mil palabras vamos a hacer el ejercicio de recordar o, si tiene un radio cerca, volver a escuchar: Un cigarrillo la lluvia y tú. Bolero que interpretó junto a Alberto Cortez, un compositor, cantante y poeta argentino. Esta imagen me economiza las mil palabras que necesitaría para exponer con claridad las condiciones interpretativas de un cantante como Sergio, capaz de realizar un trabajo con tanta dignidad, conciencia y talento, de acuerdo a las exigencias de un género de esa categoría.

Por lo tanto sería deseable que Sergio Vargas, en un mundo tan cambiante, no cierre las puertas a nuevas aventuras aunque sean experimentales, porque su talento y estilo no tienen nada que envidiarles a intérpretes distintos a lo que por costumbre y comodidad ha hecho toda su vida, merengue.

Viéndolo así, permítanme soñar un poco. Un regalo significativo para el país sería que, este intérprete, se decidiera a hacer ese Cross Over pero a la inversa. ¿Pero, cómo así, a la inversa? Sencillo, si un trovador de Villa Altagracia, se arriesgó a cantar merengue obteniendo tanto éxito, quién quita que esta vez lo haga al revés. ¿Merecemos los dominicanos recibir de parte de “El negrito de Villa” una que otras composiciones al estilo de: Un Cigarrillo la lluvia y tú?

Tengo derecho a soñar con que este artículo lo inspire hacia un pensamiento musical que lo haga cambiar de dirección, con composiciones al estilo de la antes mencionada. Y esta afirmación no conflige en nada con su carrera de merenguero. Lo digo porque no es nada nuevo, toda vez que recordemos que Celia Cruz murió cantando Reggaetón, con La Negra tiene tumbao, solo por citar un caso.

Recuerdo que, en una cena que ofrecí a mi orquesta en la ciudad de Miami, cuando apenas se había oído hablar sobre Marc Anthony, advertí a los muchachos que estaban conmigo que se avecinaba una tormenta con el nombre de Marc Anthony. Nadie me entendió. Quizás ni el mismo Marc lograba imaginar lo que le depararía el destino, pero este zorro viejo sí, porque pude ver desde lejos los alcances extraordinarios de su desempeño como vocalista y el manejo de su potencial como artista integral. Ahora, si a condiciones vocales e interpretativas vamos, qué puede hacer Marc Anthony, Arjona y otros intérpretes del mundo de la música actual, que no pueda hacer Sergio?

Es lamentable que la pregunta se quede en el aire porque al parecer hacen falta más Cholo Brenes, el manejador artístico más visionario que conozco, quien supo trazar estrategias supremamente valiosas tanto para Sergio como para muchos otros artistas dominicanos, incluyéndome a mí.

Sergio Vargas y yo nos vemos en los aeropuertos. Me saluda con sus relajos. Pero, cuando aterrizamos en la seriedad expresa su sentimiento de respeto y admiración por mi trabajo, hasta el punto de que tiene en proyecto hacer una producción interpretando todas mis obras tal y cual se grabaron, incluyendo los mismos arreglos.

Lo he invitado a mi casa para hablar, en serio, de estas cosas. Yo también he quedado de ir a la suya. Pero por alguna razón nunca se concreta formalmente. En lugar de eso, Sergio me carga y me alza delante de la gente como si fuéramos muchachos. Y eso tiene su razón de ser porque en el fondo yo soy tan muchacho como él y de manera indirecta es otro de los hijos, al igual que Eddy, Rubby y tantos otros talentos que he tenido la suerte de engendrar. Digo de manera indirecta porque al igual que Villalona, él se desarrolló en la agrupación que yo formé, llamada Los hijos del Rey, cuyo nombre hacía alusión a los hijos del Rey del Caribe, como me decían en los 70 y 80.

Siempre cuenta con mucha gracia que no pudo participar directamente conmigo, en mi orquesta, porque para ese entonces yo necesitaba un cantante que diera un Si bemol y él no lo alcanzaba. En fin.

Quisiera terminar estas líneas con una crítica que ojalá no tome a mal. ¿Por qué Sergio se olvidó de sus condiciones iniciales de trovador y abandonó el espíritu natural que tiene cada artista de siempre llegar más y más allá?

Me gustaría verlo buscando esos productores actuales de primera línea y de prestigio que, son los responsables de los principales premios internacionales, para ponerlos al servicio de su talento. Él tiene con qué.