¡Que suene la música!
Hasta aquí parece sencillo. La dificultad surge cuando ya nos hemos acostumbrado a un nombre escrito según las reglas de transcripción propias del inglés o del francés. Es una forma más de penetración lingüística y cultural, un poco más sutil, pero penetración al fin y al cabo. Estoy segura de que todos conocemos formas como Tchaikovski o Tchaikovsky. En este apellido se aplican dos de las reglas académicas para la transcripción: el grupo tch, que representa nuestro sonido /ch/ debe transcribirse ch en español; el sonido /i/ en interior de palabra o en posición final precedida de consonante debe transcribirse como i y no como y.
Todos las hemos leído y, probablemente, las seguiremos leyendo, porque nos resulta difícil adaptarnos a los cambios. Saludo la valentía y el compromiso con nuestra lengua de la Fundación Sinfonía y su preocupación por la corrección ortográfica. Tal vez lo que deje más huella sea no ya cómo escribamos un término concreto (y no sé si esto va a sonar poco académico) sino fomentar la conciencia ortográfica; no si escribimos Chaikovski o no, sino que nos pongamos a pensar si lo que escribimos es correcto o no, cuál es la razón de esta corrección y la trascendencia que tiene qué y cómo escribimos. Nada más y nada menos.
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