Árboles, áreas protegidas y biodiversidad
Santo Domingo. Me referí hace unos días, a raíz de un incidente por la eliminación de unos laureles (Ficus benjamina) en el Mirador Sur, a la normativa de arbolado creada por el Ayuntamiento del DN, la cual apoyo, aunque discrepe de algunas de las acciones municipales (siembra de árboles en lugares inadecuados y muy cerca unos de otros) pues violan su propia normativa. La discusión se ha ido intensificando pero, lamentablemente, se ha politizado, lo que distorsiona los objetivos del debate y reduce su nivel. Para mantenerme al margen de ese conflicto, replantearé la posición que sobre arborización urbana he sostenido, con la prédica y con la práctica, por más de veinte años.
La discusión actual se ha limitado a la función de los árboles como objetos ornamentales y proveedores de sombra, olvidando funciones ecológicas fundamentales para la supervivencia de la inmensa variedad de seres vivos que habita en nuestra isla. En efecto, dada la fragilidad de los ecosistemas isleños y el crecimiento caótico e indetenible de las áreas urbanas, muchas especies de animales silvestres desaparecerían si no manejamos dichas áreas con criterios ecológicos, usando plantas nativas en la arborización de las ciudades. Es erróneo querer imponer en ambientes tropicales isleños, experiencias obtenidas en ecosistemas continentales templados, ya que entre ambos existen diferencias notables en los suelos, la fortaleza de los ecosistemas y la variedad de los organismos que se encuentran en ellos. Por eso carece de sentido decir, como he oído decir a más de un ex síndico y a uno que otro juez, que debemos reducir el porcentaje de áreas protegidas ( o de áreas verdes), porque países mucho más grande dedican un porcentaje menor para tales fines. La diferencia en extensión no es lo determinante. La vulnerabilidad de nuestros ecosistemas y su mayor índice de biodiversidad son factores cruciales al tomar estas decisiones, pues es mucho más lo que podemos perder y, por tanto, más lo que tenemos que proteger. El concepto de áreas protegidas, esencial para la conservación de la biodiversidad, puede crear la falsa ilusión de que la protección de estos escenarios es suficiente para tales fines. Sin espacios verdes que interconecten las áreas protegidas (los llamados "corredores ecológicos"), la función de las mismas se reduce y terminan convirtiéndose en trampas donde muchas especies desaparecerían por el empobrecimiento genético a que conduce el cruce entre parientes, consecuencia de la limitación espacial. Esta función la pueden suplir las áreas verdes urbanas, las orillas de los ríos y los bordes de las carreteras, siempre y cuando se use la vegetación adecuada.
Insisto en que ciertos árboles no deben sembrarse (y no debieron sembrarse nunca) en las áreas urbanas. Otros no debieron ser sembrados en los lugares en que hoy se encuentran. Miembros del fan club del Nim se disgustaron porque llamé a su ídolo "villano vegetal". No niego las cualidades de este árbol como insecticida o vermífugo, para hacer palillos de dientes y hasta para curar el "mal de amores". Quien quiera aprovechar esas virtudes que haga una plantación en su finca o lo siembre en el patio de su casa. A lo que me opongo es a que lo siembren en las áreas urbanas e inunden con él toda la isla, poniendo en riesgo nuestras áreas protegidas y la inmensa diversidad de vida que albergan.
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