Relojes que marcan las transformaciones urbanísticas de la ciudad

Santo Domingo ha tenido varias etapas de esplendor urbanístico éstas tienen una referencia muy particular en los relojes públicos que se instalaron como parte de esos momentos de relumbrón.

Un reloj tropical, atractivo del Jardín Botánico.
Tanto como marcar el tiempo en diferentes escenarios y con un estilo que definen sus particulares y esmerados diseños, los relojes públicos de Santo Domingo definen etapas fundamentales del desarrollo urbanístico de la ciudad.

Del nacimiento de la "moderna" Ciudad Colonial, poco después de iniciado el siglo XVI, quedan como testimonios sus edificaciones empedradas y el Reloj del Sol, el cual, no por casualidad, fue construido en la calle Las Damas dos siglos después. Esta fue por mucho tiempo fue una de las principales vías urbanas de la isla.

La expansión que vivió luego la ciudad y que dio lugar a una nueva etapa de relumbrón en la construcción tuvo en el Palacio Consistorial, antigua sede gubernamental, una expresión peculiar con la instalación, a finales del siglo XIX, de un enorme reloj que marcó el paso del tiempo de los transeúntes de la frecuentada zona.

Fue con el levantamiento, hace ya 50 años, de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo, que la ciudad dio la bienvenida a un nuevo marcador del tiempo. El conjunto urbanístico que dio nuevas referencias arquitectónicas a la capital dominicana incluyó una sobria estructura en forma de torre para exhibir una pieza relojera de hechura alemana. Rafael Leonidas Trujillo puso de nuevo a la ciudad, en su mejor estilo, a seguir los pasos de las grandes ciudades europeas, en las que los relojes públicos constituían parte relevante de su identidad.

Como buen discípulo, Joaquín Balaguer siguió la obra trujillista con el cemento y la varilla y cuando tocó, por convicción o influencia de contratistas, dar a la ciudad una dimensión más ecológica, uno de los parques que marcaron el tono verde de Santo Domingo, el Jardín Botánico, tuvo como elemento destacado un gran reloj floral que todavía hoy, casi 30 años después de su construcción, es parte del paisaje del pulmón.

Con los elevados y túneles que dieron a la capital dominicana su rostro más moderno, a finales del siglo XX, el presidente Leonel Fernández también se sumó a sus antecesores como desarrollador a golpe de concreto y acero, con reloj público incluido. El bulevar de la avenida 27 de Febrero se estrenó con un conjunto escultórico del que formó parte un gran reloj de hierro, obra de El Artístico. La modernidad morada tenía también manecillas y compases.

Son cinco relojes que no solo han marcado cinco momentos de esplendor urbanístico. Son cinco piezas de arte público que también ponen en evidencia los invariables olvidos que padecen las obras estatales, transcurrido el tiempo. Durante largos periodos, y por falta de mantenimiento, sobre todo, estos relojes se han convertido en meros objetos decorativos. Su existencia también mide con precisión absoluta la capacidad de gestión oficial.

El reloj de sol

Construido en 1783 en la calle Las Damas, es una estructura en forma de paralepípedo montada sobre un pedestal de unos tres metros. Tiene dos secciones: una para indicar las horas de la mañana y otra las horas de la tarde. Ver la hora en este cuadrante solar implica acercarse a la gnomónica, que estudia todo lo relativo a los relojes de sol y permite establecer su lectura a partir de la posición del meridiano que corresponde al país donde está ubicado el instrumento.

Un reloj tropical

Con una inversión que convirtió en área protegida más de ocho kilómetros de área verde en el corazón de Santo Domingo, el Jardín Botánico Dr. Rafael Moscoso se convirtió en uno de los principales centros de atracción ecoturística de la ciudad. Y su reloj tropical en el primero de su especie en el país. Con un área de unos 20 metros de diámetro y agujas de cinco metros de longitud, las plantas tropicales que adornan la estructura cilíndrica dan un colorido especial a este marcador del tiempo.

El reloj de El Conde

Tanto como a la calle más comercial del casco antiguo, el reloj del Palacio Consistorial es también un marcador del tiempo para la Plaza de Colón y su huéspedes recurrentes y eventuales. Diseñado en Estados Unidos en 1868, con un peso de aproximadamente mil libras, sus manecillas gigantes mueven unas campanas de acero de un diámetro de 20 pulgadas. Según textos históricos, fue instalados antes de 1922, con un retraso derivado de la paralización de la construcción de la obra que lo acogería. El 31 de diciembre de 1999 vivió un segundo instante de esplendor cuando fue reinaugurado, tras una reparación que se prolongó varios años.

El reloj de la Feria

Rafael Leónidas Trujillo encargó la construcción del reloj de torre que formaría parte destacada de la obras de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo a unos reputados fabricantes alemanes con la intención de que su metrópoli -Ciudad Trujillo- tuviera un reloj similar al que mostraban las grandes ciudades europeas. El reloj identifica los cuartos de hora con melodías de cuatro, ocho, doce y dieciséis campanadas.

El revestimiento de lozas de ladrillo de la torre ha sido desde siempre un referente muy particular de sobriedad que puso sobre relieve la arquitectura del conjunto ferial.

Manecillas de acero

Instalado en 1999, el reloj del Bulevar de la avenida 27 de Febrero marcó un momento cumbre en la inauguración del conjunto de elevados y túneles que levantó la administración del presidente Leonel Fernández en Santo Domingo. Construido por el artista del hierro José Ignacio González, conocido como El Artístico, la obra coronó el muestrario artístico en que se constituyó el paseo.