Tras las huellas de un maco pempén

Al centro, el autor del artículo, en plena labor de campo.
Jersey, Inglaterra. Son las 8:30 de una fría noche de verano que John Wilkinson, investigador de anfibios del Instituto Durrell de Conservación y Ecología, insiste en llamar "A Warm Night" ("Una cálida noche"), a pesar de las quejas mías y de Rubia Ismail, de Singapur, los dos "animales tropicales" del grupo. Completa la expedición el doctor Andrew Cunningham, veterinario investigador de la Sociedad Zoológica de Londres. Como suele suceder en verano en los países del Norte, caminamos, a pesar de la hora, a plena luz solar, en una pradera de arbustos cerca del Atlático que roe las costas de la isla de Jersey. El propósito de la expedición es rastrear alguno de los cinco Bufo bufo, sapo común europeo, pariente cercano de nuestro maco pempén (Bufo marinus), especie sudamericana introducida en muchos países para controlar insectos en los cañaverales, por lo que también se le conoce como "sapo de la caña".

El doctor Wilkinson liberó estos ejemplares en la zona luego de instalarles un transmisor que facilita el rastreo. Se trabajó sólo con cinco ejemplares por lo costoso de los transmisores, cada uno de los cuales cuesta 100 libras (RS$61,000). Es posible que a mis pacientes lectores se les haya ocurrido pensar que, como a los ingleses les sobra el dinero, lo malgastan en tonterías. Como derrochar dinero no ha sido nunca una tradición británica, y las personas mayores que pueden salvar a este grupo de la extinción adoran las cifras, analicemos fríamente el valor económico de los anfibios.

Comencemos por el valor de los anfibios como alimento. Francia importó, entre 1973 y 1987, 46,579 toneladas de ancas de rana (25 millones de ancas). Estados Unidos importa al año 2 mil toneladas de ancas, lo que significa una inversión anual de 25 millones de dólares. Sin embargo, como los anfibios controlan los insectos, la India y China han acordado reducir sus exportaciones para evitar las plagas de mosquitos.

Millones de alumnos en todo el mundo aprenden anatomía y fisiología practicando con sapos. Sólo en Estados Unidos, se utilizan uno 9 millones de sapos (360 toneladas) con fines educativos y de investigación. Los anfibios son el grupo de vertebrados más ampliamente usado en investigaciones sobre temas tan diversos como genética de poblaciones, desarrollo embrionario, circuitos y funciones cerebrales, estudios básicos sobre la visión, ecología de poblaciones y muchos otros. Las sustancias segregadas por la piel de los anfibios han dado origen a diversos medicamentos. En las secreciones del Epipedobates tricolor del Ecuador, se ha descubierto un calmante 200 veces más efectivo que la morfina y en otros se han detectado sustancias con poder antibacterial y antiviral, incluso una que por sus efectos sobre la actividad cerebral, podría contribuir al tratamiento de las enfermedades mentales. El caso más dramático es el de dos especies australianas que guardan sus crías en el estómago. Aunque ambas estén probablemente extintas, dio tiempo a descubrir en ellas la prostagladin E2, sustancia que regula la producción de ácidos en el estómago, protegiendo a las crías de los jugos gástricos de la madre. Este descubrimiento podría dar origen a un nuevo tratamiento de las úlceras gástricas.

Insisto en aclarar que no tengo nada contra la monarquía, pero como en el imaginario occidental persiste la idea de que un príncipe convertido en rana por un hechicero perverso es la más repugnante de las tragedias, desafío al más ferviente aristócrata, a que me muestre una familia real que haya contribuido más al bienestar de la humanidad que la antiquísima y noble dinastía de los anfibios.

guerrero.simon@gmail.com