×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
Conflicto armado
Conflicto armado

Tres verdades sobre la guerra de Irak y sus consecuencias

Expandir imagen
Tres verdades sobre la guerra de Irak y sus consecuencias
Fotografía, fechada el 16 de abril de 2004, muestra al expresidente estadounidense George W. Bush (d) y al ex primer ministro británico Tony Blair. (EFE/SHAWN THEW)

Sin importar lo que el informe Chilcot divulgue, no se puede negar que este conflicto ha moldeado la historia reciente.

Después del “Brexit” viene el “Chilcot”. El Reino Unido — gobernado por personas que durante un largo tiempo supusieron enseñarle al mundo los matices de la gobernanza — está en peligro de convertirse en un sinónimo de inservible política e innecesaria autolesión. Esta investigación de la participación del Reino Unido en la guerra de Irak — presidida por Sir John Chilcot, un funcionario civil jubilado — ha tomado siete años y ahora, 13 años después de la invasión por parte de EEUU y del Reino Unido, finalmente presenta su informe en 12 volúmenes con un total de 2.6 millones de palabras.

Es difícil imaginar cuánto más se puede dañar la enturbiada reputación de Tony Blair, el ex primer ministro, y de sus lugartenientes, o si alguna investigación puede capturar la mezcla tóxica de ingenuidad, vanidad y estupidez que incitó esta desgracia cuando el Reino Unido decidió entrar en guerra junto al presidente de EEUU George W. Bush.

Sin embargo, cualesquiera que sean los hechos que el informe Chilcot establezca, existen por lo menos tres verdades más profundas sobre la guerra de Irak, la cual representó tanto un fracaso geopolítico como la destrucción de un estado y de una sociedad ya abatidos por la tiranía, las guerras y las sanciones. Y, además de estas conclusiones, se encuentra el hecho de que EEUU y el Reino Unido empezaron esta guerra de elección con no más consideración que la que los partidarios del “Brexit” pusieron de manifiesto.

En primer lugar, la guerra de Irak le ofreció al mundo un implacable espectáculo de los límites del poder de EEUU. El papel del Reino Unido fue, en ese sentido, una atracción secundaria. Obviamente, EEUU posee poder militar en una abundancia única. De lo que carece es de la capacidad de moldear a un más amplio Medio Oriente, desde Irak hasta Afganistán, o desde Siria hasta Libia. Por el contrario, EEUU y sus aliados parecen poseer la capacidad de ayudar a incubar amenazas de seguridad en el mundo entero. Uno de los resultados de lo ocurrido en Irak es el Estado Islámico (EI) — una iteración aún más salvaje del yihadismo que la de su precursor, Al Qaeda — como continuamos observando, no sólo en Al Raqa o Mosul, sino desde Daca hasta Medina, o desde Estambul hasta Bruselas. También ocurren matanzas regularmente en Bagdad que raramente se convierten en titulares.

No se considera una defensa el seguir repitiendo, como lo hace el Sr. Blair, que el mundo es un mejor lugar sin Sadam Husein. Decenas de pequeños ‘Sadams’ han tomado su lugar. El fortuito vuelco de un equilibrio milenario de poder entre suníes y chiíes desencadenó una masacre sectaria en toda la región y más allá de sus fronteras.

En segundo lugar, lo sucedido en Irak condujo a la situación en Siria. Sin duda, la guerra civil siria se desencadenó debido a los levantamientos en la región contra los déspotas árabes — la mayoría de ellos con la complicidad de Occidente — dejándoles a los disidentes poco espacio para reorganizarse, excepto las mezquitas, lo cual produjo una fórmula químicamente pura para la fabricación de islamistas y yihadistas. Pero los parámetros sectarios de Siria los estableció Irak. Y la política occidental de subcontratar apoyo para los rebeldes sirios en Turquía y en Arabia Saudita no sólo ayudó a crear el vacío que llenó el EI, sino que también ha ayudado a pulverizar a Siria y a Irak, creando un verdadero riesgo de que ocurra una implosión regional.

La frecuente comparación de Irak con la crisis de Suez de 1956, la última ‘obra’ del colonialismo francés y británico, no es satisfactoria. Aunque EEUU y Europa no tienen plan alguno para frenar la guerra por delegación entre la Arabia Saudita suní y el Irán chií que la guerra de Irak puso en marcha, ellos han conseguido que la Rusia de Vladimir Putin — una superpotencia depredadora aunque en declive — se vea sorprendentemente bien.

En tercer lugar, la insensatez de la ‘aventura’ en Irak, seguida por la irresponsabilidad de la política occidental en relación con Siria, ha ocasionado otras ineludibles, aunque indeseadas, consecuencias, en particular para el Reino Unido y para la Unión Europea. Es evidente, no sólo en retrospectiva, que el aumento repentino de refugiados provenientes de Siria y el acuerdo alcanzado con Turquía para controlarlo — el cual parecía ofrecerles a millones de turcos musulmanes la oportunidad de viajar libre de visas dentro Europa — iban a impulsar el voto en pro del “Brexit”.

En Washington, Londres y otras capitales occidentales, la consabida frase de que intervenir en Siria es “demasiado complicado”, especialmente tomando en cuenta la guerra de Irak, se ha convertido en un eslogan político. Esto oculta el hecho de que el Occidente ha estado interviniendo, sólo que no exitosamente. Y se convierte cada vez más proféticamente cierto que los cambiantes contornos de la guerra continúan empeorando. ¡Si tan sólo los Sres. Bush y Blair hubieran pensado que Irak era demasiado complicado!

Por David Gardner (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved

TEMAS -