El oro bajo la almohada
La riqueza minera no es una metáfora, es un motor económico real
¿Qué queremos? ¿Guardar las riquezas y seguir siendo pobres? ¿Dormir sobre el tesoro y pasar hambre calentándolo con el cuerpo, como quien esconde dinero debajo del colchón? La realidad acaba de volver a ser impertinente. Solo en 2025, la minería aportó al fisco dominicano más de 40,000 millones de pesos. Es mucho dinero, no una metáfora o una promesa.
Las cifras hablan claro, la recaudación por impuesto a la minería saltó más de 200 % y alcanzó RD$40,068 millones en apenas un año. Es, con diferencia, uno de los motores más dinámicos del crecimiento de los ingresos del Estado. Sin embargo, seguimos tratándola como si fuera una culpa, como si tocar esa riqueza fuera un pecado original.
La noticia verdaderamente preocupante es que el permiso en la cordillera Septentrional sea solo de exploración. Exploramos. Miramos. Medimos. Y luego, ¿qué? ¿Archivamos el informe y volvemos a la virtuosa escasez? Es como celebrar que tenemos una despensa llena y decidir morir de hambre para no ensuciar los platos.
El debate serio no es minería sí o no. Esa es una discusión adolescente. El único debate adulto es cómo. Con qué reglas, con qué controles, con qué exigencias ambientales, con qué retorno social. La sostenibilidad no es un conjuro para inmovilizar la riqueza, sino una técnica para explotarla sin destruir lo que la hace posible.
Un país pobre no puede darse el lujo de despreciar activos que ya hoy le están dando decenas de miles de millones de pesos. Un país responsable no puede explotarlos como un pirata borracho. Entre la devastación y la parálisis hay un camino de inteligencia, regulación y ambición.
Nada más inmoral que un país sentado sobre el oro que elige seguir sufriendo pobreza.

Aníbal de Castro