La piña de Monte Plata y la productividad como camino al valor
Proyectos de gran escala y producción orgánica

La productividad agrícola no se demuestra con entusiasmo, sino con cifras. Y en el caso de la piña, la República Dominicana ya dispone de una base suficiente para abrir una conversación seria sobre competitividad territorial. La agricultura dominicana creció 5.4 % en 2025 y el valor agregado agropecuario en su conjunto aumentó 3.7 %, según el Banco Central. Ese dato importa porque confirma que el campo no está inmóvil; se está moviendo. Pero también deja ver una verdad más exigente: crecer no es lo mismo que organizar valor. Ahí está la frontera real del desarrollo rural dominicano.
Dentro de ese panorama nacional, Monte Plata emerge como una provincia que obliga a ser leída con mayor atención. No solo por su vocación agrícola, sino por la posibilidad concreta de convertir un cultivo en una cadena exportadora con impacto territorial. Lo pude confirmar en una agenda completa de trabajo en la provincia, en conversación con productores, actores económicos y con la Cámara de Comercio y Producción de Monte Plata, presidida por Idhal de los Santos, donde quedó claro que el desafío central ya no es cuánto se produce, sino cuánto valor se es capaz de capturar a partir de lo que se produce.
Y en esa conversación hay un cultivo que resume con nitidez esa posibilidad: la piña.
Entre el municipio de Monte Plata, el distrito municipal de Chirino y Sabana Grande de Boyá, la piña ha dejado de ser un simple rubro agrícola para perfilarse como una economía con vocación exportadora. Ese matiz es decisivo. Porque una cosa es sembrar una fruta y otra muy distinta es construir marca, estandarizar calidad, proteger origen y colocar producto en mercados externos. La protección por parte de la ONAPI de marcas como Dorada Premium Pineapple y Sweet Crown Dominican Pineapples no es un detalle comercial menor: es una señal de que la provincia empieza a entender que la productividad también se expresa en identidad, reputación y diferenciación.
A eso se suma un hecho aún más concreto. Productores de la provincia han estructurado exportaciones hacia Francia, España y Portugal, con una meta de colocar 40 % de la producción en Europa y 60 % en el mercado local, a un precio de 9.5 dólares por caja de 12 kilos. Esa cifra cambia la naturaleza del debate. Ya no estamos hablando solo de una fruta que sale de una finca; estamos hablando de una cadena que empieza a medir su valor en función de mercado, empaque y destino.
Monte Plata no tiene un problema de vocación productiva. Tiene un reto de organización productiva. La provincia cuenta con condiciones naturales favorables, una ubicación territorial estratégica y experiencia acumulada. Pero las ventajas naturales, por sí solas, no generan desarrollo. Lo que lo genera es la capacidad de articular esas ventajas en una cadena de valor: producción, clasificación, empaque, certificación, transporte, marca y acceso sostenido a mercados.
Ahí aparece la discusión correcta sobre productividad.
La productividad de la piña no se mide solamente por cuántas frutas salen de una parcela. Se mide por cuántas salen con calidad exportable, por cuántas logran cumplir estándares, por cuánto precio adicional obtienen y por cuánto valor se queda en el territorio. Esa es la diferencia entre una agricultura de volumen y una agricultura de valor. Esa es la distancia entre producir para sobrevivir y producir para competir.
Los proyectos instalados en la provincia permiten dimensionar esa escala. Un proyecto de piña orgánica informó 100 hectáreas sembradas con una producción proyectada de 10 millones de piñas por ciclo, y otro proyecto ha reportado 620 hectáreas con capacidad para producir 35 millones de unidades al año con destino a Europa, Emiratos Árabes, Rusia y Puerto Rico. Eso quiere decir que Monte Plata ya no está jugando solo en lógica de finca; empieza a jugar en lógica de plataforma agroexportadora.
Y ahí entra un elemento que el artículo anterior insinuaba, pero que conviene decir con más fuerza: la proporcionalidad local del impacto.
La provincia tiene 205,498 habitantes. El municipio de Monte Plata tiene 52,926, Chirino 7,515 y Sabana Grande de Boyá 34,977. En territorios con esa escala poblacional, una cadena productiva bien organizada no solo mueve fruta: mueve empleo, transporte, clasificación, empaque, servicios y comercio local. Aun cuando no exista todavía una estadística pública consolidada que nos diga cuántos empleos directos genera exclusivamente la piña en cada municipio, la sola dimensión física de los proyectos y su vínculo con mercados externos permite concluir algo fundamental: en Monte Plata, la piña ya dejó de ser un cultivo aislado y comenzó a comportarse como una economía territorial.
Esa es, precisamente, la tarea de las instituciones locales. Y ahí la Cámara de Comercio y Producción de Monte Plata tiene una función que va más allá de la representación empresarial. Puede ayudar a ordenar la conversación económica de la provincia, conectar productores con mercados y empujar una visión compartida donde la productividad no sea solo una palabra técnica, sino una cultura de organización territorial. Cuando una cámara provincial contribuye a estructurar sectores, deja de ser observadora del crecimiento y pasa a ser parte de su arquitectura.
Por eso la piña de Monte Plata no debe leerse como una promesa agrícola ni como un caso simpático de diversificación rural. Debe leerse como una señal más profunda: la de una provincia que comienza a comprender que el desarrollo no dependerá de cuánto produce, sino de qué tan bien organiza lo que produce.
Porque al final, la diferencia entre una provincia que siembra y una provincia que progresa no está en la cantidad de fruta que sale de sus parcelas, sino en la capacidad que tiene para convertir esa fruta en empleo, marca, riqueza local y reputación exportadora.
Y ahí está la verdadera oportunidad de Monte Plata.
La piña de Monte Plata no vale solo por lo que produce: vale por lo que puede enseñar sobre cómo un territorio organiza su productividad para convertirse en valor.

Pablo Ulloa