Discurso íntegro: Embajadora de EE. UU. defiende la libertad en acto por la independencia
Leah Francis Campos destaca la valentía de Charles Carroll en la firma de la Declaración de Independencia

La embajadora de Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos, aprovechó la celebración este 4 de julio del 250 aniversario de la independencia estadounidense para defender la libertad de expresión como "el oxígeno de la democracia", afirmar que la Constitución de su país fue concebida para limitar el poder del Estado y reivindicar al presidente Donald Trump como ejemplo de resistencia frente a intentos de silenciarlo mediante procesos judiciales y un atentado contra su vida.
Durante una recepción oficial del Día de la Independencia, celebrada anoche, Campos pronunció un discurso centrado en la libertad como eje de la identidad estadounidense y como valor compartido con la República Dominicana.
A continuación se reproduce su discurso de manera íntegra.
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¡Buenas noches! Good evening!
¡Qué honor tan especial que esta sea mi primera recepción del Día de la Independencia como embajadora en la República Dominicana, precisamente en este histórico 250.º aniversario de los Estados Unidos de América! ¡Un hito histórico que celebramos con gran alegría junto al pueblo dominicano, una nación que también sabe lo que significa luchar por la libertad!
Los Estados Unidos y la República Dominicana están unidos no solo por la geografía y la amistad, sino por algo más fundamental: la convicción compartida de que vale la pena luchar por la libertad — vale la pena sacrificarse por ella — y defenderla generación tras generación.
Esta noche, al conmemorar los 250 años de la independencia de los Estados Unidos de América, estos temas son relevantes para ambas naciones. No son temas exclusivamente estadounidenses, sino de todos los pueblos libres que alguna vez han tenido que elegir entre el confort y la valentía.
Si me permiten, me gustaría empezar esta noche compartiendo una historia con ustedes. Hace 250 años, en un salón caluroso de Filadelfia, un grupo de patriotas tomó una decisión que cambió el mundo.
Firmaron un documento que declaraba, en un lenguaje claro y decisivo, que todos los hombres son creados iguales, que la libertad no es un regalo de los reyes, sino un derecho innato otorgado por Dios a todo ser humano. Y que valía la pena luchar y sacrificarse por esa libertad otorgada por Dios.
Pero quiero hablarles de un hombre en particular entre los firmantes de la Declaración de Independencia. Su nombre era Charles Carroll —Charles Carroll of Carrollton, para ser precisos—.
Charles Carroll era el hombre más rico de las colonias americanas. Sus bienes, sus fundiciones de hierro, sus propiedades: representaban una fortuna que, en términos actuales, se compararía con las mayores del mundo.
Pero su riqueza no era lo único que hacía que fuese notable. Charles Carroll era también el único católico romano entre los firmantes de la Declaración de Independencia.
En la América colonial, los católicos vivían sometidos a profundas restricciones legales y sociales. Se les miraba con recelo, se les negaban ciertos derechos y muchos los consideraban leales a una potencia extranjera —el papa— en lugar de a la causa de la libertad estadounidense.
Para Carroll, firmar ese documento no fue simplemente un acto de desafío político. Fue una declaración de fe: la fe en que esta nueva nación —bajo Dios— sería una en la que la religión de un hombre no determinaría los límites de su libertad.
Y entonces llegó el momento que se me quedó grabado para siempre. Mientras se firmaba la Declaración, alguien en la sala hizo un comentario, entre broma y consuelo, de que los británicos nunca podrían señalar a ninguno de ellos para castigarlo.
Había demasiadas firmas, demasiados nombres. Quizás, pensaron, la unión hace la fuerza. Charles Carroll escuchó esto y se acercó a la mesa. Mojó la pluma y firmó —no sólo su nombre, sino su nombre y su dirección: Charles Carroll of Carrollton—. Para que no hubiese duda, y así la Corona supiese exactamente quién era y dónde encontrarlo.
Tenía todo que perder. Su fortuna. Su libertad. Su vida. Y, como católico en un mundo que miraba con profundo recelo su fe, quizá tenía incluso más que arriesgar que la mayoría. Aún así, firmó. Con valentía. Públicamente. Sin dar espacio a confusiones.
Eso es integridad. No es tener valor en ausencia del riesgo, sino tener valor frente al riesgo. Resulta que la libertad jamás ha sido conquistada por quienes no tenían nada que perder. Si no que siempre ha sido conquistada por quienes tenían todo que perder — y aun así la eligen.
A veces nos imaginamos a los padres fundadores, nuestros padres de la patria, como estatuas de mármol: atemporales, intrépidos, inevitables. Pero eran hombres y mujeres de carne y hueso, con familias, con fortunas, con un futuro que ponían en peligro.
La Declaración de Independencia fue, en el sentido más literal, un acto de traición contra el imperio más poderoso del mundo. Cada firma en ese documento era una posible sentencia de muerte. Y —sin embargo— firmaron.
Ese es el legado que celebramos esta noche. No solo una nación, no solo una bandera, no solo un conjunto de leyes, sino una elección.
Una elección tomada por personas que comprendían lo que les costaría y, aun así, lo pagaron. Una elección que decía: la libertad importa más que lo que pueda perder. Una elección que decía: arriesgaré mi vida para que otros puedan vivir en libertad.
La pregunta —¿qué estás dispuesto a perder por la libertad?— no quedó en el olvido en 1776. Se le plantea a cada generación. Se le plantea a la nuestra también, en este mismo momento.
La historia no siempre recoge los nombres de quienes luchan por la causa de la libertad. Los registros referentes a la libertad están llenos de ingresos que han quedado sin firmas. Pero no nos equivoquemos: esas contribuciones se acumulan. Se multiplican. Construyen, piedra a piedra, la arquitectura de una sociedad libre.
La libertad de la que disfrutamos hoy no es obra de unos pocos hombres grandes. Es la suma de innumerables actos de valor silencioso, pequeños sacrificios y decisiones cotidianas tomadas por personas que creían que valía la pena defender la libertad incluso cuando nadie miraba.
Nuestra contribución a la libertad no tiene por qué ser visible públicamente para ser real. No tiene por qué ser celebrada para que importe. Simplemente tiene que hacerse.
Me gustaría hablar de un pilar de la libertad que fue esencial en 1776 y sigue siéndolo actualmente: la libertad de expresión. Los padres fundadores entendieron que la libertad no puede sobrevivir en el silencio.
Los panfletos de Thomas Paine, los debates en el Congreso Continental, las discusiones en las plazas, las tabernas y los salones de las iglesias... todo ello no fue accesorio en la Revolución Americana. Fueron LA REVOLUCIÓN.
Las ideas, expresadas y escritas libremente, son las que convirtieron las reclamaciones en la declaración, la declaración en acción y la acción en nuestra patria.
Este 250.º aniversario del nacimiento del experimento más bello e inspirador de la historia —los Estados Unidos de América— nos recuerda que la Constitución de los Estados Unidos no se redactó para limitar el comportamiento de los ciudadanos. ¡No!
¡Se redactó para limitar el comportamiento del Estado! Y la libertad de expresión no es solamente una protección jurídica. Es el oxígeno de la democracia. Es la forma en que un pueblo libre delibera, discrepa, corrige el rumbo y exige responsabilidades al poder.
Cuando se reprime la libertad de expresión —cuando se silencian las ideas antes de que puedan ser escuchadas—, la libertad comienza a desgastarse, al principio de forma silenciosa y luego de golpe.
Doscientos cincuenta años después, la defensa de la libertad de expresión sigue siendo una de las cosas más importantes que podemos hacer por la libertad.
Hace unos pocos años, nuestro propio presidente Donald Trump, se enfrentaba a los esfuerzos del establishment e incluso de los globalistas por silenciarlo mediante el uso de una batalla jurídica y medidas inconstitucionales, o Lawfare, para excluirlo de las boletas electorales y hasta amenazas de cárcel (encarcelamiento). Incluso intentaron asesinarlo.
Pero él nunca se rindió: jamás olvidaré aquel día en Butler, Pensilvania, cuando el presidente Trump se levantó en señal de desafío ante quienes deseaban silenciarlo diciendo: "FIGHT, FIGHT, FIGHT!"
La realidad es que la libertad de expresión no siempre resulta cómoda. No siempre es popular. Pero es necesaria. Una sociedad libre es aquella en la que se puede expresar opiniones y decir la verdad, incluso cuando sea incómoda —especialmente cuando sea incómoda—.
Así que esta noche, al conmemorar este logro extraordinario, quiero dejarles un reto —no solo una celebración—. Pregúntense: ¿Qué pide de mí y de mi vida, el ideal de la libertad? Quizá les pida que hablen cuando callar sería más fácil. Quizá les pida que se mantengan firmes cuando quedarse sentados no les costaría nada. Quizá les pida que contribuyan de una forma que nadie nunca notará, que ningún libro de historia registrará... pero que, aun así, es importante.
Charles Carroll of Carrollton no tenía por qué incluir su dirección con su firma. Podría haber firmado como todos los demás y dejar que la ambigüedad le protegiera. Pero eligió la claridad. Eligió la responsabilidad. Eligió la integridad —asumiendo un enorme riesgo personal, como hombre adinerado y como católico en un mundo que no siempre acogía con agrado su fe—.
Ese espíritu –conocido en mi país como "The Spirit of 1776"– no es exclusivo del 1776. Pertenece a toda persona, en toda generación, que elige la libertad por encima del confort, la verdad por encima de lo que le conviene, y la valentía por encima del interés propio.
Aquí, en la República Dominicana, nos mantenemos unidos como amigos y como aliados en esa misma causa.
Me vienen a la mente esas palabras inmortales grabadas en el hermoso escudo de la bandera dominicana, y también en los corazones de todo estadounidense amante de la libertad y temeroso de Dios: Dios, Patria y Libertad.
Que esas palabras sigan guiándonos con la certeza de que nuestras dos naciones, fundamentadas en valores cristianos, son un testimonio de lo que los pueblos libres pueden construir juntos.
Quiero felicitar de manera especial a los talentosos artistas dominicanos que han interpretado esta noche con tanta belleza nuestros himnos nacionales. Compartir su voz con el mundo requiere un tipo diferente de valentía: la valentía de dejarse ver y oír ante una gran multitud como la que se ha reunido aquí esta noche.
Las hermosas voces y el talento musical que hemos escuchado hasta ahora y que seguiremos escuchando esta noche son un reflejo de la Verdad, la Belleza y la Bondad del arte cuando es para la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Todos nos sentimos honrados por su presencia, y agradecidos por el talento que comparten.
¡Y un agradecimiento especial a mis compañeros de la Embajada de los Estados Unidos y a todos los que han trabajado tanto para garantizar que nuestra celebración del Día de la Independencia esté a la altura de nuestros 250 años de libertad —con una mención especial para Giselle Ares, Hannah Wiggers, y Paola Rivera— que han liderado el equipo y se han volcado en hacer que esta fiesta sea un momento especial! ¡Gracias a todos!
Para terminar, les dejo estas palabras a todos los que celebran esta noche el 250.º aniversario de la Independencia de Estados Unidos junto a mis compatriotas y a mí: Ojalá todos tengamos en nuestras vidas la valentía de Charles Carroll of Carrollton. Ojalá firmemos con valentía nuestros nombres —y nuestras direcciones— en defensa de la libertad.
Muchísimas gracias a todos por estar aquí para celebrarlo con nosotros. ¡Que siga la fiesta! ¡Que Dios bendiga a la República Dominicana! And may God continue blessing these United States of America! Happy Independence Day, America!
