La fiebre del oro

Antes de conocerse en detalle las características de explotación, incluso la ubicación precisa de la mina de oro en San Juan, ya las voces de grupos ambientalistas, comunitarios y del mismísimo Obispo se alzaron en contra.

Nada de extrañar. Los desmanes medioambientales que no solo la minería, sino también la hotelería, la ganadería, los polleros y los constructores (incluido cualquier vecino que decide emprender por su cuenta) han sembrado por todo el país provocan esa reacción. Tampoco ayudó mucho el Ministro de Minas, que parecía más cómodo con detener el permiso (“si la comunidad no quiere...”) que con la mina misma.

El desarrollo de la Humanidad es el desarrollo de la minería. Olvidemos si nos conviene las lecciones de Historia: la Edad de Hierro, la de Bronce... (con cada metal la humanidad avanza) y pensemos en los aparatos que hoy nos conectan y de los que no nos podemos despegar. Los nuevos metales descubiertos y explotados nos llevan al espacio exterior, a la tecnología capaz de descubrirnos el bosón de Higgs. Al micro y al macro universo.

Pero es cierto, los controles y la seguridad, por experiencia aprendida, nunca son suficientes. El daño ambiental no se compensa ni repara y en cualquier parque nacional cabe una estupenda plantación de aguacate para el militar o político más cercano.

¿Puede hacerse bien, puede explotarse el subsuelo sin llevarse por delante la agricultura, los pocos bosques que quedan en la zona, los ríos? Se supone que la tecnología actual lo permite y que otros países lo logran. Aquí la falta de control y decisión política y los insalvables contactos personales que favorecen a un grupo lo hacen casi imposible. IAizpun@diariolibre.com

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