La protesta del Falpo frente a la Suprema Corte de Justicia encierra mucha violencia. Más que la que quieren ver los que “entienden” a los “muchachos”. Ni son muchachos ni es un gesto que se deba pasar por alto.

Fue un acto tan primario y tan ofensivo que hay que cortar en seco las ganas de repetirlo, no fuera que el grupo pensara repetir tan brillante estrategia. Por muchas diferencias que se tengan con las autoridades del Poder Judicial, el respeto a las instituciones debe prevalecer. Es el primer peldaño para alcanzar la institucionalidad a la que aspiramos.

Es verdad; los responsables máximos de algunas instituciones (no necesariamente la SCJ) son a menudo indignos del cargo. Abusan de su posición en ocasiones de manera hasta ridícula. No hablamos solo de corrupción, de nepotismo o de tráfico de influencias. Es la exhibición de escoltas, pavoneos en carros oficiales, porteadores y personal de protocolo hasta para salir de la oficina...

Hay de todo: los que se cuelan en las filas, los que exigen mesa en los restaurantes y franqueadores para saltarse el tapón. Los que viajan en primera con su novia y los que la mandan un día antes para que no se note. Los que atropellan a los periodistas si no les gusta lo que dicen, los que les facilitan la vida... Pero no son todos. Y desde luego, hay que aprender a distinguir entre la institución y el funcionario que ocupa el cargo.

Pero entre todos los cargos, electos o nombrados, hay uno tipo particularmente interesante: el funcionario que nadie entiende por qué está en el puesto. El que nadie se explica por qué se enquista o encandena cargo tras cargo en todo tipo de carteras, temas y misiones sin ningún mérito reseñable.

“Su receta tendrá” o “es que sabe demasiado” son las respuestas que se obtiene cuando se indaga...

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