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La guerra en Irán

El desafío de un cambio político en Irán ante la resistencia teocrática

La República Islámica de Irán constituye un factor de inestabilidad en Oriente Medio, es el mayor patrocinador del terrorismo global y lleva años enriqueciendo uranio con intenciones de desarrollar armas nucleares. Por tanto no caben comparaciones con la invasión a Irak en dos mil tres, ya que ese régimen sí representa un riesgo existencial para Israel y un peligro para la seguridad nacional estadounidense y la de sus aliados en el Golfo Pérsico.

Por tanto, razones sobran para intentar producir un cambio político en ese país, que fue el motivo esbozado por Donald Trump para justificar los ataques que ejecutan Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní desde hace ya más de tres semanas.

Todo indica que buscaban aplicar un modelo similar al que viene funcionando en Venezuela: decapitar el gobierno mostrando una fortaleza militar intimidante y tutelar una transición con elementos colaboracionistas dentro del régimen.

El problema es que al parecer no contaron con las características religiosas de esa revolución, una condición teocrática que converge con el nacionalismo como factor de unidad. A diferencia del chavismo, las lealtades de estos no nacen de intereses pecuniarios anidados en entramados corruptos.    

Características que sumadas a años de preparación táctica ante posibles enfrentamientos con sus vecinos y condiciones geoestratégicas, permitiría a la tiranía de los ayatolás resistir mucho más de lo que sus adversarios proyectaron. 

Porque Irán no sólo está demostrando su capacidad para soportar los bombardeos y prolongar la guerra, única opción ante un enemigo infinitamente superior, sino que además está probando un enorme potencial para hacer daño a la economía mundial.  

Antes del inicio de las conflagraciones, por el Estrecho de Ormuz circulaba el veinte por ciento del consumo global de hidrocarburos, y para cerrarlo de facto Irán no necesitó ni de avanzadas plataformas lanzadoras de misiles ni una poderosa armada. Para impedir el paso de tanqueros basta la amenaza que suponen unos drones poco costosos dirigidos a decenas de kilómetros de distancia, mismos artefactos que impactan instalaciones de extracción y procesamiento de gas y petróleo en los países vecinos, destruyendo parte de sus capacidades productivas.

Las consecuencias son incrementos en los precios de los commodities energéticos, mercados financieros globales deprimidos y volátiles y políticas monetarias nerviosas y expectantes ante posibles efectos inflacionarios. 

Se espera que esta guerra no se extienda demasiado. Que el régimen islámico se desplome sobre las cenizas de los incesantes bombardeos, o que la política doble el pulso a Trump obligándolo a declarar objetivos cumplidos y salirse por la puerta trasera de un conflicto impopular, incluso entre sus más leales seguidores.

Mientras tanto en el país ya se sienten los efectos de una guerra tan lejana como indeseada, semanas consecutivas con aumentos en los precios de los combustibles molesta y presiona los bolsillos de la gente. Y a pesar de que el gobierno anunció que cuenta con recursos para proteger los sectores más vulnerables, los dominicanos debemos estar conscientes de que la economía se puede resentir bastante si este conflicto se prolonga en el tiempo.

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