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Cuando la derecha global habla de censura

El uso de la desinformación como herramienta política contemporánea

Toda censura necesita un censor, así que comencemos poniéndonos de acuerdo (gramaticalmente) sobre el significado del término: censor es quien ejerce su función «imponiendo supresiones o cambios en algo». Un ejemplo: ordenar a una organización como el Instituto Smithsonian borrar toda mención del racismo como sistema de poder en la historia de los Estados Unidos. Vale decir, suprimir de la memoria colectiva la esclavitud y la segregación y silenciar los motivos mismos de la Guerra de Secesión. 

Lo paradójico es que quienes así actúan lo hacen en nombre de restituir la «verdad». La Historia —con mayúscula— es blanco acostumbrado de estos asaltos contra la memoria. Hace apenas unos días, el ultra español Santiago Abascal calificó de «islamista» a Blas Infante, declarado por ley padre de la patria andaluza, fusilado por el franquismo. Más cerca de nosotros, Javier Milei lanza un video justificando a los represores. El Smithsonian, Blas Infante y los represores argentinos son apenas botones de una inagotable muestra de ataques a las lecciones que el pasado deja al presente. Sin memoria, nos volvemos de plastilina. 

Pero la Historia no es la única obsesión de la derecha global. Con igual denuedo la emprende contra el derecho del ciudadano a información veraz sobre lo que acontece en su país y en el mundo. El argumentario es simple: advertir contra la desinformación y combatirla —dice— oculta el plan «progre» de embestir la libertad de expresión y pensamiento, de censurar a dos manos.

La contradicción derechista no es solo lingüística, es estrepitosamente política. Porque sucede que, nuevamente por ejemplo, el secretario de Estado Marco Rubio envió el 30 de marzo una comunicación a sus embajadas y consulados instruyendo a los titulares iniciar una campaña en defensa de los intereses estadounidenses.

El periódico británico The Guardian, que tuvo acceso al documento, resume en cinco las principales instrucciones: «contrarrestar los mensajes hostiles, ampliar el acceso a la información, exponer el comportamiento del adversario, dar voz a quienes apoyan los intereses estadounidenses a nivel local y promover lo que denomina "contar la historia de Estados Unidos"».

Concedamos que el interés es legítimo, ¿lo son los medios de concretarlo? Veamos: colaborar con la unidad de Operaciones Psicológicas del Departamento de Guerra y reclutar «a personas influyentes, académicos y líderes comunitarios locales en el extranjero para difundir mensajes de contrapropaganda». Más concretamente, hacer que las narrativas financiadas por Estados Unidos —agrega The Guardian— se perciban como orgánicas a nivel local, en lugar de dirigidas centralmente; lo que es igual a meter gato por liebre, a desinformar. Rubio también recomienda el uso de X como herramienta «innovadora» en beneficio del plan, pero no excluye Instagram ni otras redes sociales.

En conclusión: cuando la derecha global habla de censura, manipulación y desinformación se está mirando al espejo. Podrá no reconocer su propia fealdad, pero no evita que su imagen sea aterradora: la aniquilación de la libertad de expresión, del pensamiento crítico y del derecho a la información so pretexto de lo mismo que aniquila. Mayor falacia, ninguna.

Que conocer la verdad es requisito de la libertad no es teoría «progre», es sentencia bíblica: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». (El versículo no lo recita un actor en Pulp Fiction, se lee en Juan 8:32.)

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.