Informarse antes de aplaudir
Cuando la defensa de la democracia choca con la realidad política

Desde el pasado 2 de julio, la libertad de expresión anda en boca de todos. No tanto por su valor intrínseco como por su defensa por la embajadora de los Estados Unidos durante la celebración de la independencia de su país.
Para la mayoría de los comentaristas en medios y redes, las palabras de la diplomática tuvieron un destinatario principal, sino único: el gobierno dominicano. Una llamada de atención, dedujeron, sobre la improcedencia de los artículos del Código Penal que diversos sectores, incluyendo el periodístico, consideran lesivos a la libre circulación de las ideas y la información.
Lo dicho por la embajadora es irrebatible: la libertad de expresión, y por ende de prensa, no es solo un bien jurídico si no un sólido pilar de la democracia. Atentar contra ella es debilitar el contrato social democrático y contaminar la mirada ciudadana sobre los asuntos públicos.
Por tanto, la advertencia no sobra, aunque el patriotismo de circunstancias, por razones meramente estéticas, debería disimular su entusiasmo con las opiniones tutelares, por muy justas que sean.
La razón es obvia: si bien sería necio disentir conceptualmente de la diplomática, el respaldo político y moral que su propio país ofrece a su vehemente opinión es pobrísimo. La primera enmienda de la Constitución estadounidense, que consagra de manera inequívoca la libertad de expresión, es cotidianamente vapuleada por un poder presidencial en guerra contra la palabra libre, esa que dice las verdades incómodas ponderadas por la embajadora.
Veamos algunos ejemplos. Hipersensible a la crítica, el 17 de febrero de 2017 Trump calificó a la prensa de «enemiga del pueblo», y una semana después endureció su retórica al decir que los periodistas «no tienen fuentes, solo se las inventan». La afirmación se convirtió en leitmotiv.
En este su segundo mandato, la Casa Blanca creó una lista de periodistas y comentaristas críticos, restringió el acceso de medios tradicionales y los sustituyó por «alternativos» parciales. El Pentágono también adoptó medidas restrictivas rechazadas incluso por la cadena Fox. La Comisión Federal de Comunicaciones ha amenazado a medios considerados adversos con retirarles permisos y frecuencias. Varios medios públicos han sido ahogados económicamente por no ofrecer «información imparcial».
Trump se ha cebado con las mujeres periodistas. «Cállate, cerdita», le dijo a Catherine Lucey, de Bloomberg News. «Eres una persona terrible y una reportera terrible», le espetó a Mary Bruce, de ABC News. «Estúpida, deshonesta y corrupta», le gritó a Kristen Welker, de NBC News. Elizabeth Williamson, del New York Times, fue investigada por el FBI por un reportaje sobre el director de esa agencia.
Sus quejas por una broma provocaron la suspensión temporal del programa de Jimmy Kimmel. Ha demandado a los periódicos New York Times por su cobertura de la guerra en Irán, al Wall Street Journal por publicar copia de la tarjeta que envió a Jeffrey Epstein con el dibujo de una mujer desnuda; a CNN por sus críticas a las acusaciones de fraude y, nuevamente, al New York Times por publicar su información impositiva.
La lista no se agota, es prolija. Como puede hacerlo cualquiera, refresqué mi memoria en la fabulosa hemeroteca de internet. Una tarea profiláctica que nos previene, entre otras cosas, de aplaudir como focas.

Clotilde Parra
Clotilde Parra