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El prójimo y el ruido

El derecho al silencio frente al ruido de colmadones, discotecas y templos

La contaminación sónica que invade barrios y ciudades tiene muchos responsables: discotecas que confunden diversión con estridencia, colmadones convertidos en bocinas permanentes y los incivilizados que creen que el volumen es una forma legítima de ocupar el espacio público.

Cuando el ruido procede de templos religiosos la contradicción se vuelve más evidente. El cristianismo coloca en el centro de su mensaje amar al prójimo como a uno mismo. De ese principio debería desprenderse el respeto a la tranquilidad del otro. Sin embargo, no siempre ocurre. La prédica amplificada hasta el exceso termina perturbando precisamente a ese prójimo cuya dignidad se invoca desde el púlpito.

El problema, por supuesto, no se agota en la conducta de quienes elevan los decibeles. También hay una responsabilidad pública. Durante un tiempo se impulsó una política antirruidos que muchos ciudadanos recibieron con alivio. Parecía, al fin, un intento serio de devolver algo de serenidad al espacio urbano.

Hoy esa política parece haberse diluido. Y cuando la autoridad se ausenta, el ruido avanza.

La crítica, por tanto, debe alcanzar a todos: a los establecimientos que viven de la estridencia, a los templos que olvidan el respeto debido al prójimo y a las autoridades que han dejado en suspenso una regulación necesaria para la convivencia

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